JOSÉ MANUEL PÉREZ RIVERA, ARQUEÓLOGO Y ESCRITOR
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Ceuta, 11 de octubre de 2025.

Son las 7:55 h y me encuentro en el mirador de Santo Matoso. Después de la lluvia de anoche, el cielo está especialmente limpio, lo que permite observar a las estrellas Aldebarán y Sirio, además de a Júpiter y a la brillante Venus.

Sopla el viento de levante con relativa intensidad, ondulando la superficie del mar que ruge con fuerza contenida. Su imagen dista de la placidez y transparencia que ofrecía el pasado fin de semana.

El borde marítimo se engalana con un ribete blanco por efectos de las olas, en las que se mezclan las gaviotas que planean aprovechando el viento de cara. Dibujan un amplio círculo a cierta altura, pendientes, supongo, de lo que el mar revuelto les ofrezca de desayuno.

En los momentos previos al amanecer, las nubes se iluminan con una tonalidad rosácea. Esta luz incipiente permite identificar algunas pardelas cenicientas que vuelan rozando las olas.

Una aureola rosa, que pronto cambia a roja, surge en el cielo. Es el sol que, oculto entre una franja de nubes, empieza a asomarse por el horizonte. Del rojo, el horizonte pasa al dorado. El sol provoca una fuerte explosión de luz que se expande por todo el paisaje.

…El levante es más apreciable en la playa de Calamocarro. Me recibe un intenso aroma a agua marina mezclado con algas disueltas en un aerosol que se confunde con el humo de un incendio forestal. Aquí las olas cabalgan con fuerza y rapidez, alisando la fina y grisácea arena de la bahía norte de Ceuta.

Observo cómo crecen y cogen altura las olas para a continuación derrumbarse, dejando un rastro de espuma blanca. El estruendo que producen las olas al dejarse morir en la orilla retumba en mi alma.

Paseo por la arena mojada y endurecida por el batir de las olas. El mar ha dejado en la orilla una pequeña pala de plástico que robó a un niño cuando limpiaba su cubo. También me encuentro envases mezclados con las algas parduzcas y rojizas.

El mar, en su constante ir y venir, se lleva la arena consigo y deja a su paso un pedregal que cuesta sortear.

El camino al arroyo de Calamocarro está polvoriento. La lluvia de ayer no ha llegado a empapar la tierra seca tras el caluroso verano.

Ahora en otoño es el tiempo de la floración de la altabaca. El cauce del arroyo está completamente seco.

El otoño ha regresado con sus características tonalidades marrones y doradas de las hojas secas y la transmutación rojiza de las “Euphorbia cotinifolia” (lechero rojo). El toque verde lo aportan las adelfas y el blanco los brezos en flor.

La única agua que encuentro en el camino es la del manantial situado en la parte baja del arroyo. Aquí tienen los animales y las aves un lugar todo el año para beber y refrescarse.

Quien mantiene su aspecto imponente es el pino bicentenario, aferrado, como puede, a la escasa tierra que cubre sus raíces. Asciendo hasta él para acariciar su rasgado y crujiente rostro cuando paso mi mano por su delicada corteza. En apariencia duerme esbozando una sonrisa que me transmite serenidad y sabiduría.

El “Viejo Sabio” me dice que el espíritu de Ceuta me lleva hablando con claridad, desde hace tiempo, sobre quién soy y para qué he sido creado por la naturaleza. Al seguir mi destino, todos los obstáculos se han ido despejando para que cumpla mi misión: luchar por el patrimonio natural y cultural de este lugar mágico y sagrado. Se me han otorgado todos los bienes y recursos para alcanzar mis objetivos: sentido despierto, experiencias significativas, sensibilidad, sabiduría, imaginación, capacidad expresiva y poder de convocatoria. Mi voz es escuchada y mi escritura leída.

Al salir del arroyo de Calamocarro el mar seguía embravecido y había marcado una línea paralela a la costa que separa el verde de la naturaleza y el azul del mar.

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