JOSÉ MANUEL PÉREZ RIVERA, ARQUEÓLOGO Y ESCRITOR
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Ceuta, 28 de febrero de 2026.

El día está amaneciendo con más nubosidad de la esperada. Las nubes cubren buena parte del cielo. Se nota la humedad que acompaña al viento de levante, si bien el frío no es tan acusado como el del pasado fin de semana.

Escucho el sonido de las olas que tocan los acantilados del monte Hacho y se introducen en la cala del Desnarigado. A mis oídos también llegan los graznidos de las gaviotas, el kirikiri de los gallos y el canto de las currucas capirotadas. Las escandalosas gaviotas de Adouin se despiertan quince minutos antes de la salida del sol. Estos sonidos me relajan y conectan con la naturaleza y el cosmos. Ver el curvo horizonte me recuerda que vivo en una esfera que gira sobre su propio eje y se traslada alrededor de una estrella que llamamos sol. Su luz y calor son los que permiten la vida en la tierra.

Siento, en este momento, la fuerza vital a mi alrededor y en mi propio interior. Todo es impregnado de vida y este sentimiento y pensamiento me conmueven.

El sol ya ha salido, pero las nubes impiden verlo. Con su luz aprecio el manto verde y amarillo que cubre las laderas del monte Hacho, entre los que cantan los bulbues naranjeros y los mosquiteros comunes. También se han extendido los rojos lirios. Al aumentar la luz, se dejan ver los erguenes florecidos.

Los primeros síntomas de la primavera son evidentes. Animado por la tonalidad dorada de la ladera sur del monte Hacho, me dirijo al cortijo Morejón, donde escribí mi primer relato sobre la naturaleza de Ceuta. Hace mucho tiempo que no venía por aquí. Este lugar está lleno de vida. Por todos lados se escuchan los cantos de los pinzones, los cuales han encontrado en esta arboleda un refugio seguro.

En el entorno de las balsas ubicadas en las inmediaciones del edificio derruido son muy abundantes los bulbues naranjeros. Se acercan a mí para observarme y me dedican un recital de canto. Después se trasladan a la parte del monte y yo les sigo para seguir disfrutando de sus melodías. Los veo volar de una rama a otra de los eucaliptos. Mientras los escucho, me siento sobre una piedra a escribir junto a un pequeño grupo de alcornoques y encinas.

Intuyo una antigua alameda de alcornoques y encinas, por la que hace mucho tiempo que no pasa nadie. Paseo abriendo un camino inexplorado. Me siento como al-Khidr, el hombre verde, a cuyos pasos crecía la hierba. Desemboco en una estrecha senda que lleva hasta los muros de la fortaleza del Hacho, pero no la sigo. Prefiero tomar el camino descendente que conduce al edificio de la antigua Finca Morejón.

En el mismo banco en el que hace un rato me senté para descansar y escuchar a los pinzones, he desayunado.

Son las 9:50 h y el sol ha alcanzado suficiente altura para superar las nubes que cubren el horizonte. Es una sensación agradable la de estar sentado en un vetusto banco y recibir los rayos solares que encuentran hueco entre las ramas y troncos de los eucaliptos, cuyas hojas apenas se mueven por efecto de una suave brisa marina que refresca el ambiente.

Sobre el silencio se solapa el canto de los pinzones, el zumbido de las abejas y el aleteo de las aves. Llega un carbonero y empieza a cantar cerca de donde me encuentro.

Necesitaba este tiempo de relajación después de una semana de mucho trabajo. La naturaleza me ayuda a recuperar el equilibrio y elevar mi estado de ánimo. Tantas obligaciones me agotan y alteran mi sueño. Cuando parece que el horizonte se despeja, aparecen nuevos compromisos.

Es el silencio de la naturaleza o, más bien, sus sonidos, los que permiten que fluya, de manera libre, mi pensamiento. Aquí, en la soledad, no tengo las distracciones de las pantallas que secuestran nuestra atención. Recuperamos lo que verdaderamente somos: criaturas de la naturaleza dotadas de conciencia y, lo más importante, capaces de expresar nuestros sentimientos y pensamientos en palabras orales o escritas. Podemos y debemos ser la voz de la naturaleza, amenazada por los delirios de algunos seres humanos ansiosos de poder y dinero con el que alimentar sus insaciables egos. Unos egos que al crecer no dejan espacio para el alma, que languidece hasta ocultarse.

Con el sol en pleno auge se abren los pétalos de las vinagretas y la imagen resulta impresionante. Es un amarillo deslumbrante.

Merece la pena detenerse unos minutos para contemplar la belleza de la fortaleza del Hacho y la ladera de Fuente Cubierta con esa intensa tonalidad amarillo verdoso que surge de la fusión del verde de la hierba y el amarillo de las vinagretas. Entre ellas resaltan el verde oscuro de los lentiscos, erguenes y escobones, así como el negro de los grajos que anidan en los huecos abiertos en los muros de la fortaleza.

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