Ceuta, 25 de octubre de 2025.
Hace tiempo que no presenciaba un amanecer tan bello como el de hoy. A diferencia de las últimas semanas, esta mañana no sopla nada de viento y coincide con el hecho de que durante toda la semana ha soplado viento de poniente, lo que favorece que el cielo esté despejado de nubes. Algunas deshilachadas surgen como flechas rojizas y luminosas del horizonte perfectamente definido.

El intenso azul índigo del mar marca una clara línea de separación con el cielo celeste, aún oscurecido, que antecede al amanecer.
Los estilizados trazos de las nubes se van enrojeciendo, como la sangre, y se proyectan sobre una superficie marina que se asemeja a un espejo.

Las currucas capirotadas han tomado posiciones para acompañar al sol en su salida con una agradable melodía.
En los instantes previos al amanecer, el celeste del cielo se intensifica y sobre él destacan las líneas que marcan las nubes, que se confunden con las estelas que dejan los aviones. El azul del mar también cambia su tonalidad, asemejándose al del cielo. Todo está preparado para que el sol emerja del horizonte envuelto en una capa roja y dorada como el fuego. La concentración del ardiente fuego se extiende por el horizonte y cuesta mantener la mirada, a pesar de que todavía no ha salido el sol. A las 8:35 h sale lentamente y tengo la sensación de que el tiempo se ha detenido para permitir captar el sentido de la eternidad. Me retrotraigo al primer día de creación, al origen de la tierra, cuando sucedió el primer amanecer sin ningún testigo que levantara acta escrita de la belleza. Desde entonces, el sol ha dejado de salir por oriente, mostrando, cada día, una composición distinta.
Como escritor de la naturaleza, me afano en cristalizar estas experiencias para inmortalizarlas y compartirlas con los demás. Tengo la esperanza de que, al leer mis relatos y ver las imágenes que los acompañan, despierte en los lectores el aprecio de la belleza y el sentido trascendente de la existencia.
Aquí, sentado en el mirador de San Matoso, disfruto de la calidez de los primeros rayos solares y de la luz clara y limpia que envuelve a Ceuta. Esta luz despierta el verdor de los pinos y transparenta el mar donde la oscuridad encuentra refugio.

Como un noble orgulloso de sus posesiones, emprendo un recorrido por los miradores de Ceuta. Hoy es uno de estos días en los que el Estrecho es más estrecho de lo acostumbrado. Se pueden apreciar los detalles de la costa peninsular europea, aunque todavía se mantiene una tenue neblina. No obstante, vuelvo a experimentar esa sensación de paralización del tiempo, de íntima y profunda serenidad que relaciono con el paisaje mítico y sagrado que observo desde el mirador de Punta Almina. Los paisajes de la magnitud como el que tengo delante de mí, aunque modificados por el ser humano, mantienen su imperturbabilidad y su capacidad intacta para retrotraernos a otros tiempos. Puedo imaginar, sin gran dificultad, a los barcos fenicios, griegos, romanos, bizantinos y árabes surcando estas aguas y sintiendo a su tripulación emocionada por la sensación de navegar por un espacio sagrado que servía de puerta al mundo tenebroso y desconocido. Ahora hemos perdido el sentido de lo sagrado y el de los límites. Avanzamos sin ningún freno, llevándonos por delante todo lo que cruza por el camino.
…La neblina que se aprecia en la orilla europea del Estrecho de Ceuta también se deja ver en Ceuta. Una casi imperceptible banda nubosa se extiende a la altura del mirador de Isabel II.
Ahora me encuentro en el mirador de Benzú, que bien podría denominarse mirador del Atlante dormido. Su imponente figura siempre me conmueve y me recuerda el carácter sagrado y mítico de Ceuta.

Todo permanece impasible, quieto, como el mismo Atlante petrificado. Esta sensación que me acompaña toda la mañana invita a cerrar los ojos y mantener estático. Cuando lo hago, capto sensaciones antes desapercibidas, como la brisa de poniente masajeando mi cuerpo, el sonido del mar, el canto disperso de las aves o la fragancia a hierba seca. Llevamos muchos días sin que llueva en Ceuta y la vegetación está achicharrada.
Vuelvo a caer en un estado de somnolencia y acuden a mi mente las imágenes del amanecer de esta mañana, como esa súbita aparición de la luz que ha paralizado el tiempo y me mantiene en la “confluencia de los dos mares”. Estoy deliciosamente atrapado en el mundo imaginal, como si fuera el primer hombre que explora este sitio y toma posesión de él. Todo este lugar me pertenece. Lo he hecho traspasándolo a mi mundo interior. Se han borrado las fronteras entre ambos planos de la realidad. Vivo, al mismo tiempo, en los dos reinos. Mi mundo es ancho y profundo. Contiene lo que ha sido, es y será. Todo está ante mis ojos del corazón. Su imagen primigenia y prístina se reconstruye donde poso mi mirada. Sí, es un paraíso, un jardín arquetípico, que ha servido de inspiración al resto de jardines a lo largo de la historia. Es el jardín que Zeus regaló a Hera en el día de su boda. Veo el árbol de las manzanas de oro, la gruta de las cuatro fuentes, la isla de Calipso, al desdichado Odiseo anhelando a su mujer Penélope; a su hijo Telémaco; y a su Ítaca. Veo pasear al sabio e inmortal al-Khidr y a la hierba verde que crece a su paso, pues va derramando el agua de la vida mientras anda por la naturaleza.
Ya estando en casa, me he acordado de algo realmente extraño que me había sucedido mientras escribía sobre la eternidad contemplando el Atlante dormido. Mi móvil vibró y se apagó. Pensé que me habría quedado sin batería, pero al encenderlo comprobé que queda el 80% de carga. Interpreto este misterioso suceso con la apertura de una puerta a la eternidad durante esta mañana.
