Ceuta, 7 de marzo de 2026.
Hace diez minutos ha salido el sol tras una cortina de nubes. Una vez que el astro rey las ha superado en altura, el sol proyecta su haz luminoso en un mar aborregado.

Me recreo en el verde que cubre los acantilados del Sarchal y en el frescor que desprende la hierba impregnada con el rocío de la noche. De él beben un numeroso grupo de gorriones. Uno de ellos se encaramó a un muro para contemplar el mar con las primeras luces del día. Los estorninos cantan desde puntos altos y una grajilla se da un paseo cerca de la carretera.
Todas las chumberas del Sarchal han muerto debido a la plaga de la cochinilla. Las administraciones no hicieron nada para salvarlas. La dejación en las responsabilidades ambientales es constante. Un lugar de la belleza de Ceuta se encuentra abandonado a su “mala suerte”. Mientras reflexiono, paseo tranquilo y sereno por el dieciochesco Camino de Ronda. Dentro de un rato pasarán por aquí miles de personas durante la conocida prueba deportiva de la Cuna de la Legión. No tengo nada en contra del deporte, pero estoy de acuerdo con el profesor Juan de Mairena cuando dijo que no hay mejor actividad deportiva que pasear por la naturaleza recreándose en cada detalle. Ahora lo hago escribiendo junto a la pequeña cascada del arroyo de Fuentecubierta. No había visto antes discurrir tanta agua por este estrecho barranco que nace próximo a los muros de la fortaleza del Hacho.
Mirar las cosas con calma y detenimiento te permite hacer nuevos hallazgos. Al acercarme a ver caer el agua, me ha llamado la atención una mancha rojiza que indica la presencia de hierro. Cuando me aproximo para observarla, descubro que se trata de los restos de una antigua mina. No es la única que hay en los alrededores.

El santuario islámico de Sidi Bel Abbas Sabti contiene los elementos básicos de un espacio sagrado: fuerza telúrica, agua, higueras, luz deslumbrante, mar azul y, sobre todo, mucha vida. La fuerza vital de la naturaleza se percibe con intensidad en este lugar. Luego me he sentado junto a la mencionada cascada, localizada a los pies del portillo Fuentecubierta. He sentido frío y me ha subido la capucha de mi chaquetón. Entonces he visto mi sombra reflejada en el arroyo y, de manera súbita, me he reconocido en lo que fui y en lo que soy: un místico de la naturaleza.

El agua cae con fuerza a un palmo de mi cuerpo. Mi sombra desvela el carácter de mi alma, la del guardián del manantial del agua de la vida. Puedo tocarla con la mano y sentir su frescor, pureza y transparencia.

El agua, al igual que la vida, nunca se detiene y siempre encuentra su camino. Allí por donde pasa, renueva y revitaliza la naturaleza. Al Khidr es la propia agua de la vida. Todos podemos llegar a ser al-Khidr, si nos disolvemos en el agua de la vida y hacemos de nuestro corazón un manantial de bondad, verdad y belleza.
El verde de la naturaleza está por todas partes y se cuela incluso entre las rocas en forma de cobre.

El agua busca su camino entre las rocas para mezclarse con el inmenso mar. Al observar los muros del portillo de Fuentecubierta, me doy cuenta de su mal estado de conservación. Si no se interviene pronto, hay un serio peligro de derrumbe. Algunas piedras están, literalmente, colgadas en el aire.
La marea está baja, al menos un metro respecto a la pleamar. La influencia de la luna se hace notar.
Nubes blancas y estratificadas permanecen inmóviles en el cielo. Ahora ocultan al sol. A pesar de esta circunstancia, la intensidad de la luz me obliga a entornar los párpados. Tengo la compañía lejana de una garceta, de un alcatraz que prueba a pescar y de un cormorán que vuela hacia el centro de Ceuta. Por lo demás, disfruto de un triple sonido acuoso: el de la cascada, el del arroyuelo que se oculta tras las rocas de la orilla y el del propio mar.
Con mis prismáticos observo un estilizado charrán lanzándose en picado al mar para capturar un pescado. Me gusta seguir con la mirada el vuelo de las aves, sobre todo cuando planean sirviéndose de la brisa marina. Me transmiten una emocionante sensación de libertas. Debe hacer abundantes peces en este punto del litoral, pues es ahora un cormorán el que se lanza como un misil al mar.
Es fascinante la observación de la naturaleza en un espacio con tanta vida como Ceuta. El aspecto mucho menos agradable es toparme con una gran cantidad de basura y las manchas negras de chapapote de antiguos vertidos de fuel.
Al salir el sol regresan los vivos colores de la naturaleza de Ceuta, en especial el azul del mar.

De la soledad más absoluta, he pasado a presenciar el discurrir de la carrera de la Cuna de la Legión. Es un flujo continuo de personas por el Camino de Ronda. Supongo que están más pendientes de no perder el paso y dosificar las fuerzas que en contemplar la belleza que tienen a ambos lados del camino. El cielo se ha despejado y una luz radiante lo envuelve todo y penetra en el mar clareando sus profundidades.

