Ceuta, 11 de abril de 2026.
Hoy el día ha amanecido gris, frío y ventoso. Después de dar una vuelta por el monte Hacho, me he acercado al arroyo de Calamocarro. Desde la última vez que vine he apreciado los cambios que ha traído la primavera a este lugar. Por fortuna, el arroyo sigue llevando agua y muchas flores se han abierto, como la de los mirabeles, los tréboles, los cardos, las viboreras, las rudas y los erguenes.


El agua se desplaza de manera lenta por el cauce del arroyo, emitiendo su particular sonido metálico. La presencia continua de agua ha propiciado el desarrollo de unas plantas acuáticas que imprimen un tono verdoso al fondo del cauce. Seguramente esta vegetación favorece una mayor biodiversidad al arroyo.

La principal razón de mi excursión por el arroyo de Calamocarro es visitar al “Viejo Sabio”. Este pino bicentenario, al que tanto quiero, sufrió los daños provocados por las borrascas del pasado invierno y se encuentra prácticamente tumbado. Lo único que evita su colapso son sus gruesas ramas. Unas ramas cada vez más secas y frágiles por el estado de las raíces del árbol. A pesar de sus problemas de salud, no ha perdido su majestuosidad. Al verlo de nuevo, he sentido esa exaltación del alma que siempre me provoca su contemplación. Me sucede lo mismo cuando veo el Yebel Musa, identificado en la antigüedad con el Atlante Dormido.

En la reunión que mantuvimos con el Consejero de Medio Ambiente nos dijeron que iban a instalar un sistema para sostener al “Viejo Sabio” y así evitar que acabe de tumbarse del todo, pero todavía no han hecho nada. El tiempo pasa y la salud del pino bicentenario se deteriora a pasos agigantados. Mucho me temo que lo van a dejar morir.
Soplan fuertes ráfagas de viento que agitan las ramas de los árboles y las plantas. También mueven las nubes, lo que incrementa la luminosidad del entorno. Este exceso de luz me obliga a entornar los párpados y caigo en un estado de somnolencia, incrementado por la falta de sueño que llevo arrastrando desde hace tiempo. Con los ojos cerrados, la imaginación toma el control de mi mente y me adentro en el mundo interior. Al desconectar la visión, quien toma posesión de la situación son los oídos, que captan con más detalle la fusión del sonido del agua que discurre por el arroyo y el del viento fresco de poniente.
Escucho igualmente el canto de una curruca capirotada, que se esconde entre los sauces; y las cuidadas melodías de los bulbues naranjeros. Algo más lejos, se oye la canción que entona un mirlo.
Mi olfato percibe la fragancia limonosa de los erguenes y la dulce del azahar de los naranjos de la antigua huerta Serrano.

En este estado de intensa percepción de los sonidos y los olores de la naturaleza, emprendo un “vuelo mágico” que me lleva hasta la luna. En estos días no dejo de pensar en las imágenes tomadas por la nave Artemis II desde la cara oculta de la luna. La contemplación del “amanecer de la tierra” desde nuestro satélite es algo increíble y de una belleza sobrecogedora. La superficie árida y baldía de la luna contrastaba con la esfera luminosa, azul, verde y blanca de la tierra, plena de vida. Como escribió Joseph Campbell, la tierra es un oasis de vida en el frío y oscuro firmamento. Nuestro planeta es un auténtico milagro cósmico al que muchos no parecen darle importancia, al explicarlo como el resultado de una serie de casualidades cósmicas. ¿No es menos milagroso que yo esté aquí reflexionando sobre la vida y la conciencia humana? ¿Cómo se explica que pueda percibir, sentir, emocionarme, pensar y expresar ideas elevadas que, a su vez, puedan despertar sensaciones similares a otras personas? Observando el daño que los seres humanos estamos provocando a este paraíso y a nuestros propios congéneres, uno se plantea si la existencia humana no será un experimento fallido del cosmos o de esa supraconciencia que llamamos Dios.
La misma inteligencia capaz de llevar a astronautas a la luna es la que ejerce la violencia, mata a otras personas o destruye la naturaleza y la atmósfera que permite la vida en la tierra. El mismo país que pone en órbita a una nave alrededor de la luna está dirigido por una demente que amenaza con aniquilar toda una civilización. El antagonismo entre vida y muerte parece irreconciliable. Tal y como sentenció Carl Gustav Jung, la principal amenaza para la permanencia de la tierra y de los seres humanos no es otra que nuestra disociada psique. La reconciliación de los opuestos requiere un proceso individual de introspección y reconocimiento de nuestra sombra. Hace falta prestar atención y escuchar la voz que nos habla desde nuestro interior, ya sea en sueños, estado visionario o meditación. Yo consigo escucharla cuando estoy, como ahora, en la soledad de la naturaleza, acompañado por los árboles, las aves y las plantas. Entonces el pensamiento fluye como el agua del arroyo junto al que me he sentado a escribir. Me transformo en el manantial del agua de la vida, en la voz de la naturaleza y de Dios, aunque siempre evitando caer en una inflamación egoica. Es fácil convertirse en un falso profeta, confundiendo la voz de tu ego con la de Dios.
¿Y si fuéramos la única forma de vida consciente del cosmos? ¿Y si la vida, tal y como la conocemos en la tierra fue irrepetible? ¿No merece la pena experimentar el éxtasis de estar vivo y de disfrutar de toda la belleza de este excepcional planeta? Hay algo más, lo sé. Nuestras vidas no son simples frutos del azar.
La imagen del “amanecer de la tierra” ha suscitado en mí un resultado paradójico. Más que querer visitar la luna, ha aumentado mi deseo de conocer y amar la tierra.
