Ceuta, 25 de enero de 2025.
Hacia tiempo que no bajaba por las sinuosas escaleras que llevan a la Playa Hermosa. He ido bajando y bajando hasta dar con el mejor punto para contemplar el alba. Cada peldaño que pisaba despertaba a las eufóricas gaviotas, como si vieran a un amigo largamente añorado. Además de las gaviotas, me rindieron honores un escuadrón de cormoranes en perfecta formación aérea.


En los instantes previos a la salida del sol, las nubes fueron pasando del rosa al dorado. Me llamaron la atención las nubes que, en forma de tridente, se desplegaban desde Cabo Negro, como si quisieran atrapar a Ceuta y no dejarla escapar.

Finalizado el amanecer, las gaviotas volvieron a posarse de manera plácida en los acantilados del Recinto, en las rocas y en las arenas del Sarchal. Allí bajé para disfrutar de la belleza de esta playa. Sentado en la misma orilla, sobre un manto de cantos rodados, observaba el sol asomándose entre las nubes para descorrer en el mar una estrecha alfombra blanca y en el cielo unas potencias luminosas que se proyectaban en el horizonte. Este espectáculo de luces y sombras no era sólo de mi agrado, sino también de las gaviotas que levantaban el vuelo para ser iluminadas por estas luces.

Al fijarme en las nubes localizo a la luna entrando en un fase oscura. Un fino ribete blanco es el que queda del satélite de la tierra. No queda mucho para que el sol rebase las nubes que han tomado el horizonte. Ya siento el calor, lo que me obliga a desabrocharme el chaquetón. La temperatura es muy agradable a esta hora de la mañana (9:15 h).

Los colores brotan de pronto en el paisaje y resaltan sus contornos. Las nubes se clarean y el celeste del cielo se intensifica, así como el azul del mar y el verde que cubre los acantilados.

Me tumbo un rato en los cantos para meditar y al levantarme aparece, de improviso, una perra loba preciosa y se pone a mi lado para que la acaricie y juegue con ella. Siempre he despertado la simpatía de los animales. El amor que les profeso es correspondido.

Unos metros más adelante me he encontrado de nuevo a la perra con su dueño, que permanece sentado en un tronco dejado por el mar en la orilla durante uno de los últimos temporales de levante. Me he acercado a él para establecer una amigable conversación. Se llama Hamido y su perra Kira. Es de Ceuta y tiene sesenta y siete años, aunque parece más mayor. No ha debido tener una vida fácil. Su padre fue soldado de Regulares y se criaron en las inmediaciones del santuario de Sidi Embarek. Su casa estaba junto al arroyo de las Colmenas. Con añoranza me ha hablado del agua que discurría casi todo el año por el arroyo, así como se ha referido a las chumberas y las vides que se extendían por toda esta zona. Aquel lugar era un paraíso. Contaban con veinte o treinta ovejas que sacaban dos o tres horas todas las tardes para pastar. Ahora, me dice, todo ha desaparecido. El arroyo ha sido canalizado y rellenado, y las vides y chumberas eliminadas para dejar espacio a nuevas edificaciones.

Mirando el mar, Hamido me ha explicado que el tiempo de su infancia se podía coger pescado hasta con las manos. Por desgracia, en este momento, no hay peces en ningún lado.

Le he preguntado si sabía algo del carácter sagrado de Ceuta para los musulmanes y su respuesta ha sido que esta tierra ha sido espacio de paso y residencia de importantes ulemas y científicos, pero la juventud de ahora no sabe nada de esto ni parece importarle. Todos están nerviosos y no respetan las tradiciones ni tampoco a las personas mayores. A él, por el conrario, le gusta la tranquilidad y la soledad. Su pensamiento lo concreta en esta frase: “al final, después de todo, son estos momentos lo que nos vamos a llevar”.
Dándole vueltas a la conversación mantenida con Hamido voy subiendo las escaleras contiguas al fuerte de Sarchal y encuentro, en distintos puntos, fragmentos de cerámica medieval islámica. Son señales que concuerdan con la descripción que me ha hecho Hamido de la Ceuta de su infancia.
