Ceuta, 27 de enero de 2025.
Después de descansar un rato tras el almuerzo he pensado en lo que iba a hacer esta tarde. Todas mis dudas se han resuelto cuando me he asomado por la ventana y he contemplado un cielo de increíble belleza con nubes que parecían ángeles. Sin pensármelo mucho, me he vestido a toda prisa y me he dirigido al Monte Hacho. En mi camino he observado que el encuentro entre las nubes jaspeadas y el frente de la borrasca Herminia había dibujado un arcoíris de vivas tonalidades.


Mi siguiente parada ha sido el mirador de San Antonio, que ya había sido alcanzado por Herminia. El viento sopla con inusitada furia desplazando a gran velocidad a las oscuras nubes y sucesivas cortinas de lluvia que iban barriendo Ceuta. La mayoría de estas cortinas eran empujadas hacia el Estrecho de Gibraltar, como si una mano invisible protegiera a Ceuta o puede que las nube sepan que éste es un lugar sagrado que debe ser respetado.

He aguntado de pie, de manera estoica, el empuje del viento que cimbreaba con violencia los árboles que rodean la ermita.

En los minutos previos al atardecer las nubes altas empezaron a adoptar una tonalidad purpurea de la que emergió la figura de Anubis. Mira con asombro a Ceuta y sigue su camino arrastrando el velo de la noche. A su paso deja un auténtico diluvio y un viento huracanado que hacía imposible mantenerse erguido. No recuerdo una tempestad atlántica como ésta. Algo oscuro y tenebroso procedente del otro lado del Atlántico se cierne sobre Europa.

Ciertamente resulta muy inquietante lo que he presenciado esta tarde, pero al elevar la mirada he contemplado el firmamento despejado y a la brillante Venus. Esta imagen me ha tranquilizado.
