JOSÉ MANUEL PÉREZ RIVERA, ARQUEÓLOGO Y ESCRITOR
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Ceuta, 20 de junio de 2021.

Sin que hiciera falta que sonara el despertador, hoy me he levantado a las 6:25 h. He terminado de preparar mis cosas y me he dirigido al Monte Hacho para contemplar el alba. El día ha amanecido nuboso, incluso chispeaba un poco cuando me he asomado al mirador desde el que se observa la bella y coqueta cala del Desnarigado. No era éste lugar el que había elegido para ver el amanecer, sino el fuerte de Punta Almina. En la escalera que da acceso a esta fortificación dieciochesca me he parado a disfrutar del espectáculo que esta madrugada nos ha regalado la naturaleza. Falta poco menos de un minuto para la salida del sol y ya proyecta sobre un mar gris azulado una franja purpúrea de una belleza extraordinaria.

Entre las grises nubes cargadas de agua y el redondeado horizonte ha emergido el sol con toda su magnificencia pintando las nubes de púrpura y al frente de lluvia de oro. Da la impresión de que la lluvia es el resultado del deshilachado del borde inferior de nubes, como si se disolviera en su avance hacia el Mediterráneo.

El frente de lluvia es inmenso y pasa sobre Ceuta dejando algunas gotas que no llegan a mojar el suelo. Lo que sí logra es intensificar el olor a tierra mojada y al del frescor de las plantas.

En los acantilados sobre los que se asentaba el fuerte de las Cuevas, hoy en día destruido, graznan cientos de gaviotas. Deben andar algo nerviosas por la presencia de una prímula que acabo de observar sobrevolando la antigua sirena de Punta Almina.

Poco a poco el día se va aclarando sin que se deje ver el sol, que se oculta tras las nubes. No obstante, ofrece señales de su presencia proyectando haces de luces sobre el mar en calma. El cielo se vuelve turquesa ofreciendo una estampa que hace pensar en el sentido de la eternidad. Tan desbordante belleza, como la que tengo delante, despierta el aprecio de lo eterno que se deja notar cuando nos centramos en el presente y dejamos a un lado el miedo y el deseo.

Me siento un hombre muy afortunado por haber nacido en este lugar y renacido en la madurez para ser capaz de valorar la sacralidad y magia de Ceuta. Este renacimiento se lo debo a Sophia y al viejo sabio al-Khidr que custodian la fuente del agua de la vida. De este milagroso manantial brota un agua con una doble propiedad: vitaliza y aporta sabiduría a quién bebe de ella.

Las nubes ya no pueden contener la luz del sol y se resquebrajan dejando caer haces luminosos sobre el mar. La lluvia vuelve a hacer acto de presencia, pero me resisto a buscar refugio. No quiero perderme ningún detalla de lo que está pasando en el cielo. Quién sabe si los arcoíris harán acto de presencia en esta mañana dominical de finales de la primavera.

Las previsiones meteorológicas han fallado de manera estrepitosa y los cielos despejados no se ven por ningún lado. No me quejo de esta inesperada circunstancia. Las nubes aportan personalidad al día y nos dejan imágenes memorables como las que he captado esta mañana con mi cámara fotográfica.

Más tarde he visitado los miradores de Benzú y Beliunex. Este último ha sido rehabilitado por una Escuela Taller del SEPE promovida por el sindicato UGT. Me parece una buena iniciativa que mejora el aprovechamiento de un recurso natural y cultural tan importante como son nuestras vistas panorámicas. Desde aquí se puede contemplar la bahía de Beliunex y el Estrecho de Gibraltar. Tal y como se indica en uno de los paneles informativos, estamos en un punto idóneo para la observación del paso migratorio de las rapaces, como los gavilanes, milanos negros o alimoches, entre otras muchas especies. Justo cuando levanto la mirada del cuaderno veo un abejero a cierta altura.

A pocos metros del mirador de Beliunex he coincido con mi amigo Jesús, más conocido en las redes sociales con el apodo de Hari Suso. Hemos estado hablando de nuestro mutuo interés por las antiguas minas existentes en Ceuta y de otros secretos que esconde nuestra ciudad. He aprovechado la ocasión para felicitarle por su labor de difusión de la naturaleza ceutí.

En mi camino a Benzú he parado para fotografiar unas bellísimas flores con forma de corazón e intensa tonalidad lila, llamadas flor de la viuda o alfileres. He observado que hay muchas en los bordes de la carretera de García Aldave y son un auténtico regalo para la mirada.

Termino la mañana, como es habitual en el cafetín de Benzú para tomarme un buen vaso de té moruno. Esta bebida caliente me está sentando muy bien, pues la mañana está siendo fresca, algo impropio de comienzos de verano.

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