JOSÉ MANUEL PÉREZ RIVERA, ARQUEÓLOGO Y ESCRITOR
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Ceuta, sábado, 8 de mayo de 2021.

Las previsiones meteorológicas no han fallado y Ceuta ha amanecido cubierta de brumas. Al alba me he acercado al mirador de Isabel II. Unos metros antes de llegar, la niebla era tan espesa que apenas se distinguía la carretera. Sin embargo, al coronar el fuerte de Isabel II he contemplado con asombro el cielo despejado y un mullido manto de nubes cubriendo el Estrecho de Gibraltar y Ceuta. El sol había conseguido alcanzar suficiente altura para pintar de dorado la superficie nubosa.

Después de tomar algunas fotografías, me he dirigido al monte de la Tortuga. Desde aquí las vistas son impresionantes. Para escribir me he sentado a la entrada de una garita. De esta forma, estoy al resguardo del viento y la humedad, que es muy intensa por efecto de la niebla.

Me llega el sonido de las bocinas de los barcos que entran y salen de Ceuta, así como de las embarcaciones que atraviesan, en ambos sentidos, el Estrecho de Gibraltar. También he escuchado, a las 8:00 h en punto, el toque de corneta procedente de los cuarteles cercanos. La presencia militar sigue siendo importante en Ceuta.

A cada instante alzo la mirada para observar la lenta disipación de la niebla que comienza a dejar ver parte de la ciudad. La cima del monte Hacho no se ve, pero se distingue por el abultamiento que se aprecia en las nubes.

A las 8:30 h ya se distingue con claridad la bella figura de Ceuta. Lo que hace un rato era un espeso manto, ahora se ha transformado en un ligero tul que resalta su atractiva silueta.

Abandono el monte de la Tortuga y bajo por un sendero que conduce hasta la carretera. Coincide que por este camino pasa un nutrido grupo de personas corriendo a toda velocidad. Mi ritmo es mucho más lento. A cada instante me paro a observar las flores y a disfrutar de su extraordinaria variedad de formas, colores y fragancias. Toda esta belleza es un regalo de los dioses y diosas. Me viene a la cabeza la diosa Perséfone que ha regresado del reino de Hades para regalarnos la primavera.

Me adentro en el sendero de los helechos, todo pintado de un vivo color verde. Entre esta tonalidad destacan las flores de las calas y las campanillas. Me acerco a una de ellas y se convierte en una mariposa inmaculada. Voy aspirando el frescor de la vegetación y noto como recarga mi vitalidad. También presto atención al canto de las aves haciendo un vano esfuerzo para entender su lenguaje.

Tengo clara la meta de mi incursión en el bosque de Ceuta. Quiero llegar hasta los monumentales quejigos que hace algún tiempo identifiqué con la mítica pareja formada por Baucis y Filemón. Lo primero que he hecho al llegar ante ellos ha sido ver el rostro del mago Filemón.

La caminata me ha provocado calor, así que me he quitado la sudadera y la estoy utilizando como un improvisado cojín que he interpuesto entre mi espalda y el rugoso tronco del quejido bajo el que me he sentado a escribir.

Cierro los ojos y me relajo, lo que me permite percibir con más nitidez el intenso olor a hierba fresca y el silencio que sirve de fondo para la interpretación de la música de la naturaleza. Con los párpados cerrado notó mejor el juego de luces con el que se entretienen los árboles que me rodean.

Una agradable brisa, apenas perceptible, acaricia mi cuerpo y hacer salir a flote mi alma. Mi verdadero ser se deja ver y conversa con el espíritu de Ceuta. Él, o mejor dicho ella, se expresa en forma del aliento vital que renueva la naturaleza y la propia vida sobre la tierra, el cielo y el mar. Ella descorre su velo y me muestra sus senos para que me alimente y crezca mi sensibilidad y sabiduría antes de alojarse en mi templo interior haciendo brotar el manantial del que emana mi inspiración literaria. Sigo escribiendo a pesar de mi escaso éxito como escritor. Mis lectores son los dioses y diosas a los que les gusta que loen su creación. Les entristece que sean pocos los que se fijen en su obra y escuchen sus voces melodiosas y su música celestial.

Como es ya costumbre cuando salgo a la naturaleza a pasear, me he acercado hasta Benzú para desayunar con un buen vaso de té moruno. La humedad que reina esta mañana me obliga a ponerme la cazadora. No quiero renunciar a desayunar en la terraza del cafetín.

Desde la mesa en la que estoy desayunando contemplo el Atlante dormido sobre el que sobrevuelan unas nubes que dibujan la forma de un ángel. Me llega el sonido del mar y el graznido de las gaviotas. Es un recuerdo permanente de que Ceuta es un puerto de mar.

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