Ceuta, 1 de mayo de 2021.
Siempre que tengo previsto salir a escribir a la mañana siguiente duermo mal. Estoy intranquilo pensando que si no me despierto a tiempo puedo perder la oportunidad de disfrutar de una bello amanecer, como el que estoy presenciando en este momento.

El sol ha salido puntual a su cita desde un mar azul en calma. El horizonte está limpio y hace una temperatura muy agradable, mejorada, si cabe, gracias a los rayos solares que llegan hasta el promontorio rocoso de la cala del Amor sobre el que me he sentado a contemplar la aurora y a escribir. Este lugar transmite mucha fuerza y serenidad. Ahora de lo que disfruto es de la calidez del sol que alcanza el centro de mi ser. Siento que el sol exterior eleva el mío interior, provocándome una indescriptible sensación de placer íntimo, es como si el amanecer de la naturaleza coincidiera con el despertar de mi alma.

El intenso olor a mar resulta embriagador. Sus efluvios parecen proceder de la bella y coqueta ensenada a la que me asomo. Sus paredes rezuman la savia verde del Monte Hacho.
Me siento afortunado por tener este paraíso a veinte minutos de mi casa. No soy el primero que percibió la belleza de este lugar, como atestigua el santuario de Sidi Bel Abbas Sabti que tengo delante. Me lo imagino sentado donde yo estoy contemplando el amanecer y dándole gracias a Allah por iluminarlo y aportarle la sabiduría de la que hizo gala durante toda su vida.

Me acerco más al mar donde puedo tocarlo y escuchar de cerca la música que interpreta sirviéndose de las rocas. El tambor lo toca gracias a una galería excavada por el ser humano para extraer cobre y hierro. Cuenta la leyenda que Sidi Bel Abbas Sabti se introducía en una gruta natural existente en las inmediaciones de su santuario para meditar. Fue en Ceuta, su tierra natal, donde tuvo que adquirir esta costumbre que continuó ejerciendo en Marrakech. Su cenobio se encontraba en la montaña de Gueliz y la gruta se llamaba “Lalla Hawal” (la gruta de la Señora). Yo tuve la fortuna de encontrar hace seis años una gruta sagrada en la que practicaron un ritual de magia y en la que depositaron un colgante con la representación de una divinidad femenina, que por el lugar dónde apareció bien podría llamarse “La Señora de la Gruta”.
Grandes místicos musulmanes como Rumi o Ibn Arabi tuvieron encuentros con al-Khidr. También conversaron con Sophia Aeternae y otros con Fatima al-Zahra. Debía de presentarse ante ellos en sus retiros dentro de las grutas donde la diosa del inframundo les hablaba. Ella es la inspiradora de los místicos, la encarnación de la sabiduría y la belleza de la naturaleza. Ella nos habla y dirige el camino de nuestras vidas, como una candorosa madre que cuida de sus hijos. De su mano entro en el mundo imaginal y con los ojos del corazón contemplo una Ceuta resplandeciente y dibujada con colores blancos y verdes.

En mi recorrido imaginativo por Medina Sabta paso delante del cementerio antiguo de la ciudad en el que las principales tumbas están cubiertas con macabrillas de mármol situadas a pie de calle indicando los panteones de las familias más importantes de Ceuta. En dirección a la Medina, me detengo a observar una casa con un hermoso patio ajardinado en el que un sabio ceutí medita en un pequeño tabernáculo. Luego visito un espléndido hamman en el que entro aprovechando que no hay nadie. Mi estancia dura poco. Escucho las voces de un grupo de mujeres para quienes las primeras horas de la noche les pertenecen. Lejos de miradas indiscretas limpian sus bellos cuerpos: los purifican antes de dirigirse hasta el cercano santuario de la “Señora”. La muqqadima las espera. Una de ellas quería tener hijos, pero no lo lograba. Gracias a la “Señora” lo ha conseguido y viene a expresarle su agradecimiento. Sacrifican dos ovejas y se las comen. Las extremidades las queman en un hogar cercano y guardan las mandíbulas. Después recogen las cenizas y se dirigen a la gruta de la “Señora”, donde la mujer necesitada ser fecundada paso algún tiempo incubando.
Sirviéndose de la débil luz de un candil de platillo se desliza junto a la muqaddima al interior de la cámara inferior de la gruta. Allí depositan una jarra blanca con agua de la fuente de la Señora y en el orificio central deposita los restos del holocausto y otros objetos, como un par de pendientes y una bella caja de taracea de la que saca un colgante de plomo y lo pone bocabajo junto a las mandíbulas de uno de los animales sacrificados. Antes de irse invocan a la “Señora” y le muestran su agradecimiento por el bien otorgado y abandonan la gruta. Nadie puede saber lo que allí ha sucedido. Si los alfaquíes se enteran de la práctica de un ritual de este tipo pagarían su idolatría con sus vidas. La “Señora” sabe de este peligro y provoca el derrumbe de la gruta. El secreto ha quedado a salvo. No obstante, la “Señora” considera que su memoria no debe olvidarse del todo. Por esta razón planea que un ceutí la sacará del olvido transcurridos muchos siglos ayudado por los sabios y místicos que viven eternamente en Yabarsa.

Estos sabios también desean que se encuentre su ídolo pétreo, el betilo que esculpieron como una piedra protectora para la ciudad y como un símbolo de la confluencia de los dos mares. La gruta, el colgante y el betilo fueron la pista que pusieron en mis manos para que pudiera reconstruir el templo exterior de Ceuta o, dicho de otra forma, para que revitalizara el carácter sagrado, mágico y mítico de Ceuta. Era importante que el manantial del agua de la vida volviera a brotar y esto no ocurriría hasta que yo estuviera preparado para alojar a la “Benéfica Señora” en mi templo interior. Cuando esto sucedió en el domingo de Resurrección del pasado año, todos los elementos exteriores pasaron a mi interior. La gruta se transformó en la cripta de mi alma que acoge a la diosa y el betilo paso a ser la piedra filosofal y la imagen del sí-mismo. La piedra protectora de la que me hablaron en sueños los siete sabios Ceuta ahora soy yo. Soy la piedra rechazada e ignorada por muchos. Tiene que ser así. Lo importante es la consecución de la misión para la que fui traído a este mundo y reencarnado en un arqueólogo místico.
