JOSÉ MANUEL PÉREZ RIVERA, ARQUEÓLOGO Y ESCRITOR
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Ceuta, 18 de octubre de 2025.

Hoy no he dormido del todo bien. Me he despertado varias veces y luego me ha resultado difícil volver a conciliar el sueño. Cuando finalmente me he despertado eran las 7:45 h. Sin perder tiempo, he saltado de la cama para asomarme por la ventana y ver que panorama ofrecía el día. El cielo estaba despejado y la luna se encontraba a corta distancia de Venus. Ambos astros femeninos coincidían próximos en el firmamento.

Ya en el mirador de Santo Matoso pude observar que las nubes habían tomado posiciones en el cielo empujadas por el viento de levante. No soplaba tan fuerte como el pasado sábado, pero, como en la anterior ocasión que estuve aquí contemplando el amanecer, la superficie del mar estaba ondulada por efecto del viento.

Las temperaturas empiezan a bajar a primera hora de la mañana y ya se agradece vestir una sudadera y un pantalón largo.

Cinco minutos antes del alba se dibuja el curvilíneo horizonte trazado tomando como centro a Ceuta. Sobre él se acumula una nebulosa entre naranja y rojiza acompañada de unas nubes azuladas que se reflejan en el mar.

El sol, al superar las nubes, vierte su luz dorada sobre el mar y el paisaje del Monte Hacho. Los pinos recuperan su tonalidad verde y las rocas su color beige.

El comienzo del día es recibido con alegría por los bulbus naranjeros y las currucas. EL haz tendido sobre el mar abre una senda que conecta Ceuta con el sol. Es un camino sagrado y mágico por el que discurren las almas tres días después de abandonar el cuerpo, según la mitología persa.

Estreno mis nuevos prismáticos observando el paso, cercano a la costa, de varios ejemplares de pardelas cenicienta.

Después de una parada para desayunar, me he desplazado a la vertiente occidental del arroyo de Calamocarro. Lo decidí ayer tras recibir una serie de intuiciones que acudieron a mi mente en la sobremesa. Una de ellas me animaba a sentarme a escribir juntos a los árboles centenarios que han sobrevivido en Ceuta tras muchos siglos de alteración del medio natural de este lugar sagrado, mágico y mítico. Estos árboles inspiran mi pensamiento y me ayudan a conectar con el espíritu de Ceuta. Al nombrarlo se levanta una ligera brisa que agita las ramas de los grandes y longevos alcornoques entre los que me he sentado a escribir. El aire hace caer las bellotas, aún pequeñas y verdes. Cuando caen sobre los troncos del árbol devuelven un sonido amortiguado por el corcho que protege el tronco y las ramas de los alcornoques.

El corcho es suave, esponjoso y cálido, denotando que es un ser vivo. Su piel es arrugada, oscura y, en algunos casos, dorada.

Al escribir sobre estos enormes y vetustos alcornoques siento un cosquilleo en la planta de los pies, como si quisieran transformarse en raíces. Tal es la intensidad del impulso que experimento que me desprendo de las botas y los calcetines para, acto seguido, hundir mis pies entre la hojarasca. Dispongo la planta de mis pies en contacto directo con la tierra. Una gran energía recorre todo mi cuerpo procedente del suelo que piso. El alcornoque junto al que estoy sentado me dice que deseaba que yo experimentara lo que ellos sienten. Su calidez procede, según compruebo de manera directa, de la propia tierra por las que se abren paso sus raíces.

Esta noche soñé que recorría una antigua Medina y llegaba a una bellísima baño árabe en el que brotaba un gran manantial. Yo portaba un valioso libro entre las manos y procuré que no se mojara. A la vuelta de aquel lugar encontré, apoyado sobre un saliente, mi bastón de senderismo. Era un recordatorio que me enviaron estos árboles para que no olvidara cogerlo, ya que eran conocedores de la dificultad de llegar hasta aquí. Sin el bastón no lo hubiera logrado.

En el entorno de este lugar abundan los fragmentos de cerámica medieval y son reconocibles varios muros de azudes para contener el agua de las ramblas que desembocan en el arroyo de Calamocarro. Al Ansari (siglo XV) se refirió al asentamiento que ocupó este cauce natural de agua y a la existencia de baños y molinos de agua. Es posible que estos alcornoques germinaran en aquellos tiempos y aún mantengan en su memoria la imagen de este lugar en el periodo medieval.

Escucho caer una bellota y la busco entre las hojas secas que crujen al pisarlas con mis pies descalzos. Es pequeña, con el tamaño de una aceituna. La guardo en mi bolsillo. Voy a procurar que germine y cuando lo haga la plantaré en este hermoso paraje. Ella contiene la memoria de este lugar impresa en su ADN. El futuro de Ceuta depende, en buena medida, de nuestro esfuerzo por rememorar el pasado de una ciudad considerada sagrada y fuente de vitalidad y sabiduría. Ceuta atrajo a santos y sabios que hicieron de este sitio un faro de sacralidad y conocimiento.

La esplendorosa Ceuta del pasado permanece oculta tras los muros del llamado progreso y de la modernidad, tal y como me insisten en comunicarme los espíritus en sueños.

Vivimos en una época de agitación que puede contribuir, como el viento que de nuevo sopla, para desprender las hojas secas y renovar el mundo sin derribar lo construido en el pasado, sino integrándolo para obtener de cada época su mejor cosecha. Todo está presente en el inconsciente colectivo que estudió Carl Gustav Jung y que en el pasado llamaron Anima Mundi o Alma del Mundo. Tal y como dijo Marie Louise Von Franz, la renovación del mundo solo puede venir si conectamos de nuevo con las raíces del fondo creativo originario del inconsciente y con la tierra, como yo estoy haciendo de manera real y simbólica “con los pies en la tierra”.

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