Ceuta, 24 de julio de 2025.
Ayer por la tarde regresé a Ceuta para acompañar a mi madre durante una semana. Ceuta me recibió con un atardecer impresionante.
Hoy me he levantado muy temprano para presencia el alba. He salido de casa a las 6:20 h y a las 7:00 h estaba en Punta Almina. Allí dos personas habían parado su coche. Uno de ellos portaba una cámara fotográfica. Era evidente que veníamos a lo mismo.

Hoy el día ha amanecido nuboso y temía que el amanecer quedara deslucido, pero al asomarme a la bahía norte he divisado una luminosa franja anaranjada en el horizonte.

Ya en Punta Almina, mi mirada se ha centrado en una aureola rojiza que se iba extendiendo por las nubes y reflejando en el azul oscuro del mar. Ha durado apenas un minuto, suficiente para grabarlo en mi memoria y fotografiarlo. Luego me he sentado un rato a plasmar por escrito mis sensaciones y sentimientos con la vista puesta en la plateada superficie marina. Hoy es un auténtico espejo en el que se miran las nubes sobre un mar azul que me recuerda a los ojos de mi padre, al que echo mucho de menos.

Siempre que salgo a pasear para tomar fotografías me acuerdo de él y de las veces que salimos juntos a disfrutar de la belleza de Ceuta. Ojalá lo hubiéramos hecho más veces. Yo sigo solo, haciendo lo mismo, únicamente acompañado de mi cuaderno y mi bolígrafo.

Desciendo por las escaleras al fuerte de Punta Almina. La cobertura vegetal ha disminuido. Las únicas flores que observo son las de los torviscos y las zarzas. Estas últimas muestran sus frutos, todavía demasiado amargos para mi gusto.

El fuerte de Punta Almina sigue abandonado y sus estancias llenas de todo tipo de residuos. Es una situación impropia de un edificio declarado Bien de Interés Cultural. El estado de la Sirena de Punta Almina no es mucho mejor. Las autoridades autonómicas han anunciado que pronto tienen previsto iniciar su recuperación y habilitación como sede de la Consejería de Medio Ambiente.

Mientras rodeo el inmueble de la Sirena pienso en la posibilidad de este lugar como recurso educativo, cultural y turístico. Se me ocurren muchos argumentos para explicar este sitio en el que se armonizan a la perfección la naturaleza, la mitología y la historia.
El sol ya ha salido y yo me detengo a escuchar con atención el sonido de este lugar. El sonido dominante es el del mar, el cual ha ido modelando la figura de Ceuta y utilizando sus acantilados como arpas musicales. Luego se suman el graznido de las gaviotas, los chicharras y el agudo chirrido de los cernícalos que sobrevuelan este punto del litoral.

El coro de las chicharras es ensordecedor en las inmediaciones de la Punta de las Cuevas. Deben de contarse por miles las que han tomado el Monte Hacho.
No podía dejar de visitar la tumba de mi padre y ponerle flores silvestres tomadas de los alrededores. No estaba en Ceuta cuando se cumplió el primer aniversario de su fallecimiento, pero hoy quería estar con él un rato. Sé lo que reposa en el nicho son sus restos físicos, pues su alma se encuentra cerca de Dios. Fue una persona bondadosa, alegre, honesta, trabajadora y muy cariñosa. La pena por su pérdida siempre me acompañará, junto al sentimiento de agradecimiento por haberme traído al mundo y educado como lo hizo conmigo y mis hermanos. Soy el que soy gracias a su dedicación, esfuerzo y cariño. He gozado de una vida feliz y plena gracias a mis padres. No nos ha faltado de nada, pero al mismo tiempo nos han inculcado el valor de las cosas y la importancia de ser buenas personas.

Estar aquí me provoca tristeza y un incontenible llanto. Sin embargo, pienso que no hay nada más reparador y saludable que dejar salir a los sentimientos. Esto es lo que nos hace humanos: el amor y la capacidad de expresarlo en palabras dichas o escritas.
Mi padre es afortunado, incluso después de fallecido, pues tienes quiénes le lloran y añoran. El cementerio está vacío. Muchos nichos denotan que nadie los visitan y cuidan. A la muerte le sigue el olvido de lo fuimos. Todo parece abocado al desvanecimiento eterno.
El tiempo no se detiene. Todo fluye, como escribió Heráclito. La tierra gira, el sol gira, la galaxia gira y el universo se expande en el infinito vacío, pero aquí estoy yo, sentado en la arena, mezcla de piedras disueltas por el mar. Observo las distintas tonalidades del mar que van del azul oscuro al turquesa, lo que contrasta con el homogéneo celeste del cielo. Hago real este momento único e irrepetible.

Después de desayunar me he acercado a la playa de San Antonio. Hoy el mar está algo agitado debido al viento de poniente. Me descalzo para pasear por la arena mojada y sentir el frescor del agua marina en mis pies. Es una sensación agradable y placentera andar en el borde liminar entre el mar y la tierra.

El mar se levanta a unos metros de la orilla y cabalga hasta derrumbarse sobre la arena y volverse espuma blanca. El agua rebusca entre las rocas sobre la que me he sentado a escribir y luego regresa de nuevo al mar. También devuelve lo que nosotros, los humanos, le arrojamos, como un bidón de plástico.
Al cerrar los ojos se hace más audible el sonido de las olas que culmina en el chisporroteo metálico de la arena y de las piedras batidas por el mar. Por otro lado, se aprecia mejor la brisa marina impregnada del olor de las algas y de la sal.
Ya por la tarde regresé a la playa de los Corrales. Aproveché para darme un baño y disfrutar del atardecer. El cielo adquirió una intensa tonalidad dorada y en los últimos instantes del día el sol se reflejó en la espuma de las olas.

