JOSÉ MANUEL PÉREZ RIVERA, ARQUEÓLOGO Y ESCRITOR
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Ceuta, 1 de febrero de 2025.

Hoy iniciamos el mes de febrero. La temperatura es baja, aunque no comparable al frío que hace en la península ibérica. No obstante, siento el frío en la mano mientras escribo quince minutos antes de la salida del sol. El horizonte está despejado. Unas finas y alargadas nubes se extienden en diagonal desde las estribaciones de Hauss para disolverse en la bahía sur de Ceuta. Un embolsamiento de las ruidosas gaviotas de Adouin flotan cerca de los acantilados del Camino de Ronda, a los que se van dirigiendo para posarse.

 

Mientras observo los movimientos en la colonia flotante de las gaviotas de Adouin presto atención al cambio en el color de las nubes que pasan del fresa al rosa.

El alba se va marcando en el limpio horizonte con una concentración de luz radiante a punto de explosionar. El impulso instintivo me lleva a elevar los brazos y abrir las manos en posición oferente. Esta misma figura, representada en el talismán hallado en la calle Galea, la reconozco en el cielo al asomarme al Estrecho de Gibraltar cerca de la torre de Aranguren.

Me he sentado a escribir sobre un tronco cortado del que un día fue un alto eucalipto. Desde aquí diviso todo el Estrecho de Gibraltar, cuyas orillas son visibles en este día despejado de poniente. Me considero un hombre privilegiado por tener la oportunidad de contemplar este evocador paisaje que siempre ha despertado la imaginación de los seres humanos desde la prehistoria hasta la actualidad. Este lugar fue concebido como un mirador destacado de la magia y sacralidad de la confluencia de dos mares y dos continentes.

Desde Aranguren subo por una estrecha y empinada senda abierta entre la maleza que al traspasarla me sitúa en un doble encrucijada. La de la derecha lleva a un camino de fuerte pendiente descendente que descarto por el momento. Prefiero seguir el repiqueteo de un picapinos. Esta ruta alternativa atraviesa grandes ejemplares de suaves escobones y pinchudos ergenes de los que han brotado las primeras flores. También han florecido las llamadas “Varitas de San José” que atraen a los abejorros.

Cerca de la cima de Anyera las margaritas abren con timidez sus pétalos dejando ver su corona amarilla. Se asoman curiosas a ver a los senderistas.

No sin esfuerzo he llegado a la torre de Anyera erigida sobre el punto más elevado de Ceuta. Todo tiene recompensa, pues me encuentro varios ejemplares de la bella flor de “Sangre de doncella”.

Para descender a Aranguren tomo una senda alternativa que confluye en un mismo camino.

Empieza a hacer calor. Son las 11:50 y el sol está cerca de alcanzar su cenit. La subida de la temperatura potencia la fragancia del bosque que se mezcla con brisa fresca de procedente del inmenso océano Atlántico. En las zonas más expuestas el viento cimbrea los árboles sacándoles de su letargo y mutismo.

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