Ceuta, 4 de febrero de 2025.
Esta tarde he vuelto a tener una reunión de trabajo en el instituto y, al igual de la semana pasada, me he acercado a contemplar el atardecer a la barriada de Benzú. Hoy ha sido un día lluvioso, pero ha querido despedirse abriendo claros entre las nubes que iban del blanco inmaculado al gris oscuro.

Sentado enfrente del Atlante dormido, he seguido con la mirada el discurrir de las nubes que volaban a la altura suficiente para superar el rostro y el pecho del titán petrificado.

El sol se ha puesto a la altura de la cintura del gigante durmiente. Tras él el astro rey continúa su descenso antes de hundirse en el insondable océano Atlántico. Su luz crepuscular ilumina las nubes y pinta de azul aquellas cargadas de agua.

A las 18:37 h comienza a apreciarse un cambio de matiz en las nubes, las cuales, de manera inesperada, han dejado libre la imagen del Atlante. Sobre sus pies las nubes han ido tornando a una tonalidad purpurea que se ha ido extendiendo por la embocadura del Estrecho de Gibraltar.

El vino de la copa de Hera se ha derramado sobre la puertas del Hades y hasta es posible reconocer el fuego que los dioses han encendido para celebrar su simposium nocturno.

Yo participo desde Ceuta del festín de belleza y bebo de la copa de Hera que otorga la inmortalidad.
