Ceuta, 31 de diciembre de 2025.
Hoy es el último día del año y ha amanecido frío y húmedo. Sopla viento de levante, el cuál ha traído hasta Ceuta densas nubes que se asientan sobre el horizonte. Después de pasar parte de las fiestas navideñas en Granada, percibo con más intensidad el batir de las olas contra los acantilados del Desnarigado. La cercanía del momento del amanecer activa a las gaviotas que empiezan a sobrevolar este lugar emitiendo sus graznidos.
La nubosidad se concentra en la bahía de Algeciras, donde todo apunta a que está lloviendo en este instante. En el lado africano del Estrecho el panorama es distinto. El amanecer ha comenzado, aunque el sol es ocultado en buena parte por las nubes. Aún así consigo reconocer su redonda y dorada figura.

En el intento de ocultar el sol las nubes se tornan naranjas y blancas. Ambas tonalidades se proyectan sobre un mar que se parece a un espejo.

El sol, por fin, supera la cortina de nubes y dibuja sobre la superficie marina una senda dorada. Esta luz rasante, al tocar los acantilados del Hacho, resalta la paleta cromática, que va del verde intenso de la hierba que cubre los pardos gneiss, al azul del mar y el blanco de las olas. A mi padre le hubiera encantado fotografiar esta combinación de colores tan llamativa y especial. Al pensar en él reconozco su rostro en las blancas olas. Una prueba evidente de que siempre está a mi lado.

Hace justo un año mi padre ingresó en el hospital con principio de neumonía. Se tiró una buena temporada en el hospital y consiguió remontar. No obstante, su deterioro físico se aceleró y terminó enclaustrado en la cama. Las idas y venidas al hospital fueron constantes hasta su fallecimiento en casa el día diez de julio.
Con el recuerdo permanente de la imagen de mi padre visitó el santuario del arroyo de San José. Observo este lugar reverdecido y frondoso. Me siento compungido ante la fuerza de la naturaleza que me rodea. Una atmósfera silenciosa se expande por este sitio y me invita a meditar. El silencio llama al silencio, el tiempo a la eternidad y ambos acuden a mi interior. El aire fresco y perfumado entra rítmicamente en mis pulmones revitalizando mi cuerpo y mi alma.
El cielo se oscurece y comienza a llover. Lo hace de manera débil. El olor a tierra mojada es intenso. La oscuridad se incrementa, como si el día fuera a acabar en pocos minutos, pero son las 10:45 h de la mañana. Es el preludio de una lluvia mucho más fuerte que me obliga a buscar refugio en una de las pequeñas capillas que jalonan el sendero del santuario. En su interior han montado un humilde Belén.

Me entretengo viendo cómo las gotas de agua impactan contra las grandes hojas de las acantos y hacen brillar las piedras. La oscuridad se disipa ante la entrada en el valle del los rayos solares que han encontrado un hueco entre las nubes.
Una ligera brisa ayuda a las hojas a desprenderse del peso del agua acumulada. Las gotas de agua sobre las hojas son de una simple y singular belleza. Me llevo algunas de ellas a los dedos y bebo del agua recién caída del cielo.

En los puntos más abiertos del sendero las vinagretas abren sus pétalos para beneficiarse de la luz solar y para atraer a las abejas, cuyos zumbidos son audibles.


Entre las vinagretas han florecido muchas “Lágrimas de Cristo”. Disfruto de la bella composición que ofrecen todas las vinagretas con sus flores abiertas mirando al sol.


También se muestran algunas vincas y un grupo de lirios junto a una higuera seca. Me siento sobre un tronco a escribir y mantiene el calor del sol que hace un momento iluminó esta zona. La naturaleza es cambiante y cada día viste un ropaje distinto. Hoy, para despedir el año, se ha puesto un vestido verde oscuro con las lentejuelas doradas de las vinagretas.
