JOSÉ MANUEL PÉREZ RIVERA, ARQUEÓLOGO Y ESCRITOR
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Ceuta, 7 de enero de 2025.

Por más que lo observo, no deja de asombrarme el extraordinario círculo que, tomando como centro el Monte Hacho, une Europa y África. Hoy el cielo está despejado, a excepción de unas delgadas y alargadas nubes en la parte africana. En la europea una ligera bruma difumina el paisaje costero.

Hay que prestar atención para el escuchar el débil murmullo del mar que está en calma. Su intenso azul contrasta con el atenuado celeste del cielo.

Una pareja de bulbul naranjero reciben al sol con un melodioso y alegre canto, mientras que vuelan de arbusto en arbusto junto al faro de Ceuta. Su felicidad es contagiosa y se incrementa cuando el sol emerge del curvilíneo horizonte y va elevándose hasta iluminar mi cuerpo. El sol también descubre la piel verde que protege las paredes del Monte Hacho y deja ver las pequeñas flores blancas de los tamarindos.

Mi vista se recrea en la amplia variedad de matices de verdes que cubren el marronaceo Monte Hacho y el impresionante azul del mar.

Después de desayunar he recorrido una zona que hace tiempo no visitaba: el arroyo del Infierno. Durante varios años ha estado cerrado el acceso al embalse del mismo nombre.

Uno de los últimos grandes incendios forestales afectó a este magnífico entorno natural. Se han perdido algunos alcornoques centenarios, pero otros han logrado sobrevivir gracias al grueso corcho que envuelven sus troncos. Ahora están ennegrecidos, pero sus hojas verdes demuestran que mantienen su vitalidad. Bajo uno de estos alcornoques aoman las restos de una estancia rectangular construida con piedras y unidas con el mismo barro ocre que arrastrado por las aguas del arroyo. Desconozco la antigüedad de estos muros que, unidos a los alcornoques quemados, me han sugerido la idea del paso del tiempo y el declive de nuestra decadente civilización.

Acto seguido me acerco a unas enormes higueras bajo cuyas sombras han echado flores unos hermosos narcisos. La higuera más frondosa hunde sus raíces en una antigua mina que visité hace unos años junto a un grupo de amigos. De manera sincrónica, hoy he visto a uno de ellos, David, mientras contemplaba el amanecer.

La exploración de esta mina, hoy oculta bajo una gran cantidad de tierra, la hicimos poco antes del confinamiento por la COVID-19. Tanto Jotono como yo fuimos ayudados para salir de la boca de la mina, lo que interpretamos como un signo de renacimiento. Unos meses antes escribí bajo esta higuera, desconociendo la cercanía de la mina, un relato místico. También conservo una fotografía con mi padre en esta misma higuera. Desde luego, esta higuera es otro de mis árboles sagrados con los que me gusta conversar.

Tanto a la ida como a la vuelta me ha llamado la atención una alto, elegante y elegante alcornoque. La mayoría de sus congéneres son bajos y rechonchos, pero éste sobresale por su porte majestuoso. Ha crecido en el mismo cauce de un arroyuelo protegido por una profunda rambla que debe llevar mucha agua cuando llueve.

Protegido del viento ha crecido buscando el cielo. Durante decenios toda su aspiración ha sido crecer y crecer para sus hojas sean tocadas por el sol y mecidas por el viento. Me imagino la alegría y satisfacción que tuvo que sentir cuando, por primera vez, el sol calentó su copa después de tantos y tantos años conociendo solo la sombra y el fresco aliento del bosque se cuela por el arroyuelo.

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