Ceuta, 14 de diciembre de 2024.
Amanecer de extraordinaria belleza el de esta mañana. El rojo carmesí se extiende por todo el horizonte tras unas algodonosas nubes de tonalidad violacea. Los colores van cambiando hacia tonos anaranjados, si bien todo el matiz rojo se concentra en el punto donde saldrá el sol en unos minutos.

Una pareja de cuervos llegan siempre a esta hora y toman posiciones. Uno de ellos se encarama a un poste y el otro contempla el espectáculo que inaugura el nuevo día. Vuelan, emitiendo sus particulares graznidos, hasta los muros de la fortaleza del Hacho.

El viento de levante empieza a soplar con moderada intensidad trayendo a Ceuta su característico frío húmedo. El levante ondula la superficie marina y da la sensación de que el mar abraza a Ceuta y quisiera filtrarse por todas sus hendiduras para disolverla, como si fuera un terrón de azúcar.
El sol se eleva tras las nubes dorándolas y logrando que contraste con el cielo celeste.

Después de desayunar he paseado por el sendero de “La Casa del Conde” para coger frutos y flores con los que decorar el portal de Belén.

En el camino de regreso me he parado en un punto del sendero desde el que se divisa la ladera occidental del arroyo de Calamocarro, en cuya vertiente superior se conservan los restos de las torres medievales de la Fuente de la Higuera y la Huerta de Regulares. También se contempla el Estrecho de Gibraltar y la bahía de Algeciras. He querido acompañar a un grupo de margaritas que han abierto sus pétalos para captar la intensa luz que llega hasta aquí y disfruta del paisaje. Siento que son unas afortunadas por haber brotado en este lugar, con estas magníficas vistas. Yo me he sentado junto a ellas y me considero igual de afortunado por haber nacido aquí, en Ceuta.


Acaricio el fino y tierno tallo de las margaritas que tengo más cerca y entre nosotros se establece unos vínculos especiales de cercanía, simpatía y complicidad. Entre tantas plantas que hay en el campo han sido ellas las elegidas para ser acariciadas por un ser humano, del que se han hecho amigo. Una ráfaga de viento atraviesa el sendero en este instante. Es la naturaleza la que me devuelve el gesto de mimar las flores y con su aliento me envuelve y acaricia mi cuerpo, además de dejarme una fragancia indescriptible.

Cerca de los resto de la llamada “Casa del Conde” se mantienen erguidos un grupo del alcornoques centenarios. Me acerco al más antiguo de ellos para acariciarlo y mostrarle mi respeto. Me dice que mire a su alrededor y que le diga lo que veo, siento y pienso. Mi respuesta espontánea es que lo que observo es belleza, serenidad y armonía. Experimento, de manera consciente, la inspiración del aire fresco y perfumado de la naturaleza y con él una sensación de energía vital que recorre mi cuerpo y me hace sentir vivo y entusiasmado.
- Has sido capaz de percibirlo, sentirlo y expresarlo-, me dice el sabio alcornoque.
