Ceuta, 20 de noviembre de 2021.
Después de dejar a mis suegros en la estación marítima me he venido hasta la pista de la Lastra para aparcar el coche y emprender una ruta hasta el santuario de San José. Al bajar del coche he percibido una intensa y embriagadora mezcla de aromas del bosque realzada por las lluvias torrenciales del pasado jueves. Avanzo por el camino libreta en mano tomando nota de todas las sensaciones que logro captar con unos sentidos que parecen despertarse tras un prolongado letargo. Han sido muchas semanas sin poder pasear por el campo. Mi cuerpo y mi alma necesitaban revitalizarse absorbiendo el espíritu de Ceuta.

Además de potenciar la fragancia de la naturaleza, el agua caída estos días ha incrementado el verde de los pinos más jóvenes que jalonan la senda.
Al doblar una curva del camino, me encuentro de cara con el fresco aire de poniente que casi no le ha dejado tiempo al levante para retirarse a su guarida mediterránea. Sigo mi camino escuchando el silbido de Céfiro, el canto de las aves y el graznido de las gaviotas. Tengo la impresión de ser observado por la naturaleza con la misma atención con la que yo la percibo a ella. A mi paso me llaman algunos árboles jóvenes, como un acebuche o una encina. Quieren que me detenga a verlos para apreciar su juventud y lozana belleza, así como sus primeros frutos que contienen la posibilidad de la renovación de la vida.

En las cercanías de la entrada del santuario me llega un fuerte olor mentolado procedente de los enomes ejemplares de eucaliptos. En el tronco del más próximo al camino distingo dos grandes ojos que observan a los caminantes y custodían el acceso al templo. Inspiro y expiro con fuerza para que el aire mentolado penetre hasta los más profundos alveolos de mis pulmones. Unas hermosas tuyas me animan a que me pare junto a ellas para seguir escribiendo.


Así, casi sin darme cuenta, llego a la entrada del santuario. Una hermosa encina ha crecido junto a la cruz que indica el arranque del Santo Rosarío de San José. En este momento, los primeros rayos del sol, que han roto la membrana de las nubes, dotan de brillo a las hojas de un lentisco. Sobre el sendero han caído las hojas de enorme ficus situado en el pequeño oratorio dedicado a Fray Leopoldo. Accedo a él por una rústica escalinata de piedra y me acerco a acariciar el bondadoso rostro del milagroso beato al que tanta devoción tenemos en la familia. A mis suegros les hubiera encantado conocer este lugar. En estos días lo hemos intentado en dos ocasiones, pero, por distintos motivos, no hemos logrado llegar hasta aquí. Hoy lo visito solo, pero estoy seguro que pronto lo haré en compañía de la familia.

Después de rendir homenaje a Fray Leopoldo, sigo adentrándome en el valle sagrado, al que hace tiempo que no visito. La última vez que lo hice fue a finales del pasado verano y el campo estaba muy seco. Con el agua de esta semana la naturaleza se ha revitalizado, tal y como aprecio en las verdes hojas del algarrobo. Me llega un intenso olor a tierra mojada que alegra mi corazón.

La lluvia ha removido el terreno sacando a la luz restos de edificaciones del pasado siglo que ocuparon este lugar.

Las ramas de los centenarios alcornoques empiezan a cerrar el camino al interior del santuario, como si el bosque deseara recuperar la intimidad perdida en las últimas décadas. Por otro lado, me llegan sonidos del movimiento de las aves y no sé muy bien que otro tipo de fauna que tiene aquí su hogar. Me siento un intruso perturbando la paz de este sitio. Por todo el camino me voy encontrando con los huesos de los datiles que van dejando las aves que escucho entre los palmitos. También me topo con abundantes bellotas de alcornoques que buscan la renovación de este bosque. Mis bolsillo se llenan de ellas.

Las hojas de la vida se han vestido de otoño y se asoman por la barrandilla del camino para que las miremos y disfrutemos de su belleza. La gama cromática del otoño es innigualable. Comprende del rojo de las parras al intenso naranja de las marandinas que cuelgan de los árboles y de las que ya han caído al suelo. La luz atraviesa las hojas de las vides realzando su tonalidad rojiza.

Hago la perceptiva visita a la capilla de los arcángeles y me detengo a observar el Belén que alguien ha montado en esta coqueta capilla rural. A la salida restriego mis manos en las ramas de un romero y me llevo su aroma entre mis dedos.
A pesar de la lluvia de esta semana, el cauce del arroyo está seco, aunque son evidentes las huellas del paso de las aguas torrenciales del pasado jueves.
Aunque no la veo, me llegan los sonidos guturales de una paloma torcaz y una constante chirrido de un grillo.

La presencia de claveles frescos denota que el altar a la Virgen del Rosario sigue siendo frecuentado por sus fieles devotos. Yo le pido a ella por los míos y por el futuro de la humanidad. Para el mundo pido “paz y amor”, como reza en el piedra ubicada junto al manantial. Este amor debería traducirse en un sincero culto a la obra divina de la creación que incluye a todos los seres vivos que alberga la tierra.


Nuestra irracional fe en el progreso nos ha llevado a olvidar a Dios, tal y como se subraya en la contraportada de la obra “Sophia et l`ame du monde”. La muerte de Dios y la del ser humano son concomitantes de un mundo que ha perdido su alma. Mi manera de devolversa es haciendo uso del don que me han dado para la observación de la naturaleza y la escritura. Deseo que mi escritos hagan ver que la naturaleza no es un conjunto de objetos inertes sin consciencia. Toda la naturaleza formada parte del Anima Mundi que penetra y envuelve todo lo que vemos. Si queremos ver este mundio situado en “la confluencia de los dos mares” tenemos que hacerlo a través de los ojos del corazón.
El silencio que ahora percibo a mi alrededor me permite escuchar la voz de personificación del Alma del Mundo: Sophia Aeternae. Ella siente una lógica tristeza por el camino que ha tomado la humanidad y que parece conducirla a un terrible precipicio. Su tristeza se manifiesta en la lluvia que acaba de empezar. Estas gotas de agua son las lágrimas de la diosa por la ciega e insensible destrucción de la naturaleza.

Paseo bajo las lágrimas de Sophia. Es una sensación placentera sentir la lluvia en tu cuerpo y escuchar el repiqueteo de las gotas sobre las hojas de los árboles. Pienso que esta mañana me he dado un baño de realidad al percibir de manera consciente la naturaleza circundante logrando que el tiempo, como las nubes, abran un hueco para que se cuelen destellos de la eternidad. Esta mañana la frontera entre observador y observado se ha disipado. La naturaleza y yo nos hemos visto reflejados uno en el otro reconociéndonos y sintiéndonos coparticipes de una misma realidad más allá del tiempo y el espacio.
