Ceuta, 13 de septiembre de 2025.
Después de pasar buena parte del verano en Granada, me apetecía estar cerca del mar. He contemplado el amanecer desde el mirador de Santo Matoso. Daba la sensación de que hoy el sol lucía con mayor fuerza, como si el verano se resistiera a abandonarnos. De hecho, es lo que está sucediendo. Estamos teniendo unas temperaturas excesivamente altas para las fechas en las que nos encontramos. No obstante, la humedad es tan elevada que me he tenido que poner una sudadera cuando he bajado a la cala del Desnarigado. Nada más llegar aquí, he escuchado un gran revuelo de aves procedente de la entrada de la bahía abierta en la fachada del Monte Hacho. Atraídos por la abundancia de peces en las costas de Ceuta, entre finales de verano y comienzos de otoño, se concentraban en el lugar un gran número de gaviotas y delfines para alimentarse. Estas concentraciones de vida son frecuentes en esta época del año, avalando la consideración de Ceuta como un santuario de la vida.

Los pronósticos meteorológicos decían que íbamos a tener un día muy nuboso, pero no ha sido así. Es cierto que se concentra la neblina sobre el horizonte, como también lo es que ondulados y delgados cirros se extienden por el cielo, pero la tónica dominante es el celeste. El mar está en calma y sirve de espejo a las escarpadas laderas del Monte Hacho, doradas por los rayos solares de las primeras horas de la mañana.

Siento la humedad adherida a mi cuerpo y percibo el intenso olor a mar que penetra en la cala. El sonido del mar resulta relajante. A él se suma el graznido de los cuervos que sobrevuelan este sitio. Al afinar mis sentidos capto el olor a los pinos y a los helechos secos que cubren ambas laderas de la vaguada del Desnarigado.

Este tipo de experiencias sensitivas me reconfortan y me conectan con el espíritu de Ceuta. Siento una emoción serena que me eleva a otro plano de la realidad más sutil, conocido como “malakut”, mundo intermedio o imaginal, en el que se difuminan las fronteras del tiempo y del espacio. Es un mundo simbólico, dotado de un lenguaje propio, que cuesta entender.
En este lugar intermedio tomas conciencia de que eres, al mismo tiempo, un ser insignificante y un milagro del cosmos capaz de concebirlo, imaginarlo y estudiarlo. Pienso y escribo sobre el universo sentado en el saliente de una ensenada, mientras percibo una rica gama de sensaciones que logran emocionarme y activar mi creatividad. Cuento, además, con la capacidad para traducir sensaciones, emociones e ideas en palabras que otras personas pueden leer y así conseguir que sientan y piensen lo mismo que yo en este momento ¡No es esto un milagro, un don divino que debemos cultivar y hacer crecer para que dé abundantes frutos! Sin embargo, cuán pocos son conscientes del gran milagro que es la vida, en especial la vida deliberada y expresiva.
La vida es continuamente arrebatada en guerras y otras formas de violencia que denigran la condición humana. Detrás de esta violencia está el deseo de algunos de imponer sus ideas a los demás, así como la avaricia para poseer más y más cosas. Muchos desean que les admiren sus seguidores y les teman sus adversarios. Desean alcanzar la inmortalidad de los dioses. Ignoran que este tipo de idea de Dios pertenece al pasado y una estructura de la consciencia obsoleta de marcado carácter patriarcal.
Estamos siendo testigos de una transición de una estructura de consciencia mental defectuosa a una integral que está haciendo posible al regreso del “alma del mundo”, personificada en Sophia Aeternae (la sabiduría eterna). Con su regreso la tierra volverá a ser considerada la cripta del templo de la vida.
