Ceuta, 11 de enero de 2025.
Cuesta encontrar palabras para describir la belleza del amanecer de esta madrugada. Las nubes disgregadas eran de un intenso color sangre y sobre el horizonte se había derramado un cántaro repleto de oro líquido. Me he quedado absorto, sin palabras, tomando fotografías y haciendo vídeos cortos.

El celeste de cielo empezaba a relucir tras las nubes y cuando pensaba que el fuego celeste se había extinguido, un nuevo foco rebrotó tras el fuerte del Desnarigado y rápidamente se extendió por toda la bahía sur.

La cámara fotográfica no era capaz de captar toda la belleza que contemplaba en la más absoluta soledad. El púrpura del cielo se proyectaba sobre el mar dando paso, de manera paulatina, a un dorado brillante como el oro puro y veteado con el celeste del nuevo día.

Estaba sintiendo en mi propio cuerpo el llamado síndrome de Stendhal. Ante el carrusel interminable de belleza, que no daba tregua a mi mirada, no pude aguantar las lágrimas. Esta emoción se hizo más fuerte al recordar que justo hace seis meses enterramos a mi padre, tras un funeral de cuerpo presente en la iglesia de los Remedios. Esta triste efemérides la rememoré el pasado jueves en un sueño numinoso. En mi episodio onírico funeral de mi padre se celebraba en la capilla del Santo Grial de la Catedral de Valencia. En el sueño la capilla del Grial estaba inundada de la misma luz dorada que he presenciado en la aurora de esta mañana en Ceuta.

Cumpliendo la voluntad expresada en el sueño, hoy van a pedir por el alma de mi padre en la misa sabatina de la Catedral de Valencia, gracias a las gestiones realizadas por mi amigo Rafael Monzó, gran estudioso del Grial de Valencia.
He tenido presenta a mi padre durante la contemplación del amanecer de esta mañana, quizás el más bello que recuerdo desde que empecé a escribir y a coleccionar amaneceres. La sensación de que estaba a mi lado era muy intensa, aunque ya no puedo besarlo y abrazarlo. En este instante se abre de nuevo el cielo y siento el calor del sol que entiendo es la manera que tiene mi padre de abrazarme desde el cielo.

Descargo mi pena llorando sin consuelo y al acabar me siento más aliviado. La naturaleza me reconforta aún más si cabe con su belleza. La luz transparenta el mar y resalta su tonalidad jaspeada que convierte a esta cala en una esmeralda incrustada en el Monte Hacho.

La brisa marina me envuelve con su fragancia marina y su húmedo frescor lo percibo con mayor grado debido al ocultamiento del sol por las nubes. Para entrar en calor decido pasear por la orilla en la que el mar ha devuelto restos de comida y plásticos.

El sonido de mis pisadas en la arena se mezcla con el de pausado rítmico ir y venir del mar.

Observando el día nuboso que están quedando a esta hora de la mañana (10:05 h) nadie diría que hoy se ha exhibido uno de los amaneceres más bellos de los que guardo memoria. Es muy probable que lo haya habido mejores, pero no siempre tenemos la ocasión de dedicar la mañana a la contemplación de la belleza de la naturaleza. Nos acucian las responsabilidades laborales y familiares. No obstante, son mayoría quienes pudiendo no sienten el impulso a asomarse a la belleza de la naturaleza y del cosmos. ¿Cuál es el motivo de esta mayoritaria insensibilidad ante la belleza? ¿El aprecio de la belleza es un don o el fruto de la educación? ¿Se puede enseñar a valorar la belleza y despertar el asombro ante los espectáculos de la naturaleza? ¿Por qué a algunos la contemplación de un amanecer como el de hoy nos hace llorar y a otros le resulta insustancial? Son preguntas que para responderlas se requiere una extensa reflexión.
En mi caso debo el gusto por la belleza a mi padre y a su incansable afán por capturar con su máquina fotográfica la belleza de Ceuta , sus colores y su luz. Sin embargo, no me considero un fotógrafo, como mi padres, sino un escritor deudor de los grandes trascendentalista americanos, como Emerson, Thoreau o Whitman. Este último fue el que me dio el empujón definitivo para salir a la naturaleza a escribir y a profundizar en el espíritu de Ceuta. La lectura del diario de Whitman convocó directamente a mi alma para alistarme en el pequeño ejército de los guardianes y reconstructores del templo sagrado de la naturaleza y el cosmos. Luchar por revitalizar el espíritu de Ceuta y restaurar el santuario de la que vida que ha sido y es constituye la misión que me fue confiada. Estoy intentado cumplirla con la ayuda de Sophia Aeternae.
