JOSÉ MANUEL PÉREZ RIVERA, ARQUEÓLOGO Y ESCRITOR
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Ceuta, 10 de febrero de 2023.

Ayer se presentó en Ceuta un fuerte temporal de levante con la intención de quedarse con nosotros todo el fin de semana. Siempre suele aparecer por estas fechas, así que no nos coge de sorpresa. Lo recibimos con resignación, conocedores de su fuerza. Cuando llega nos atrapa y no permite que salgamos de esta pequeña península transfretana. No obstante, como compensación, nos regala estampas increíbles de aguas jaspeadas entremezcladas con zafiros azules.

Al amanecer de este tempestuoso día, los ojos de un Dios irracundo proyectan su mirada luminosa sobre el mar levantando olas enormes que cabalgan hasta la costa y dejaban una impronta blanquecina en las rocas.

Para contemplar más de cerca las olas bajo hasta la cala del Desnarigado. Impresiona la altura de las olas que entran con extraordinaria bravura en esta ensenada golpeando sin misericordia los acantilados que colorean la blanca agua marina batida por el viento.

El rugido del mar es ensordecedor y siniestro. Asusta la fuerza de una naturaleza que desata su furia contenida durante los apacibles meses de primavera y verano.

Furia desatada en esta tempestuosa mañana

Los ojos de un Dios iracundo se asoman

al mundo clamando venganza.

Lanza tremendas olas

Contra la península de Ceuta.

El  mar se viste con el mismo verde

Que la cobertura vegetal de los acantilados.

Las olas imitan el blanco de las gaviotas

Que se confunden con sus crestas

Y el cielo adopta el gris de sus alas.

El azul de Atlántico y el verde del Mediterráneo

Han sido separados por Eolo

En esta mítica confluencia de los dos mares.

Debe ser el efecto de la fuerza de la naturaleza

Que hoy se hace notar con especial fuerza.

Estoy sentando con la espalda apoyada en la pared norte de la sirena de Punta Almina y tengo delante el mojón que señala el punto más septentrional del continente africano. Aquí el viento de levante sopla con tal fuerza que cuesta mantenerse en pie y siento que el frío y la humedad transpasan la ropa  y hasta la piel.

Busco refugio en la cara occidental de la sirena de Punta Almina. El aliento de Euro no puede alcanzarme con tanta facilidad. Siento la paz que ofrece un refugio, una sensación que, desde nuestro origen como especie, el ser humano ha encontrado en cuevas y abrigos.

Cuenta la leyenda que en la cueva situada en el mismo acantilado en el que me encuentro vivía una bella sirena o Nereida. Un joven recluído en el penal ceutí aliviaba su pena paseando por este lugar y en cierta ocasión buscó resguardo de un temporal, como el de hoy, en la cueva marina y allí se encontró con la sirena. Ambos se enamoraron nada más cruzarse sus miradas y todos los días quedaban para compartir su amor en la recóndita cueva.

Un día el joven convicto no acudió a su cita y la sirena temió que le hubiera ocurrido alguna desgracia a su amado. Según pasaban los días, la tristeza se apoderó de la sirena hasta que una indiscreta gaviota le contó a la sirena que el dueño de su corazón se había prometido con una dama de la burguesía ceutí. Sintió entonces que su corazón se encogió y su cuerpo se metamorfoseó en una negra foca. Convertida en foca vivió un tiempo hasta que un día se adentró en el fondo del mar. Algunos dicen que en día de temporal, como el de hoy, regresa a su refugio para llorar su pena.

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