Ceuta, 26 de febrero de 2023.
Ayer no pude dar mi paseo sabatino por la lluvia, así que lo he tenido que posponer a esta mañana de domingo. La lluvia se resiste a dejarnos. Cuando he llegado a la pista de la Lastra chispeaba y una nebulosa grisácea de agua envolvía la península de Ceuta, mientras que las nubes seguían su camino sin detenerse. Ceuta es bañada por el agua con la misma delicadeza que se hace con un recién nacido. Después de enjuagarla, un manto divino la cubrió y con sus rayos celestiales la secaba ante mi mirada atónita. Veía la imagen de una divinidad extendida sobre Ceuta. Cuando termino de mirarla, la diosa descorrió las nubes para calentarla y perfumarla con las fragancias que exhalaba el campo al recibir los primeros rayos solares. Tras presenciar este fascinante espectáculo, me dirigí al santuario de San José parándome a fotografiar las flores blancas de los brezos y las amarillas de las acacias.


El camino que lleva al corazón del santuario luce ya las formas y colores de la primavera. Aquí las plantas crecen gracias a la ambrosía de los dioses. Los margenes de la senda están plagados de vincas lilas, enormes bastones de San José, blancas calas, lirios y rojizos puntos de lágrimas de Cristo. Los lirios atraen a las aves de una manera casi hipnótica. Un carbonero introduce la cabeza en un lirio y se relame el pico sin inquietarle mi presencia a pocos metros. Me llega también el canto de los mirlos y de otras aves que no distingo. Lo que sí me llega con nitidez es el rítmico sonido del agua discurriendo por el cauce del arroyo. Mi propio riego sanguineo se armoniza con el agua del arroyo y me siento alegre y vital.


Me asombra el tamaño de las hojas de los acantos que aportan un verde oscuro a la impresionante gama de tonalidades que cubre todo el arroyo.
Las lluvias de este invierno han revitalizado el valle sagrado de San José y le han devuelto sus aguas, limpias, transparentes y musicales. Me deleito escuchando el sonido del agua vertiéndose en el manantial del santuario a pocos metros de la hornacina con la imagen de la Virgen del Rosario. La luz penetra en el corazón de este espacio sagrado iluminando la naturaleza y mi alma. Siento un profundo deseo de ser uno con este lugar y dejarme atrapar por su magia y sacralidad para convertir en palabras toda la belleza que tengo ante mis ojos.



El tiempo parece detenerse para dejar un hueco por el que se hace presente la eternidad. Miro al cielo buscando el espejo del mundo imaginal que refleja la imagen primigenia de Ceuta. Quisiera reconocer y estar presente el día en el que Perséfone paseé por este arroyo llevando a este lugar a su climax vital y de sublime belleza. Me gustaría ser invitado a la fiesta con la que los seres de la naturaleza celebran la primavera. Intentaría escribir una completa crónica de ese día para que constara en los anales de la historia. Este debería ser nuestro papel en la tierra: la de jardineros que colaboran con la naturaleza para lograr las mayores cotas de belleza y luego escribir la crónica de estos momentos únicos e irrepetibles.


Puede que haya en el infinito universo otros planetas con vida, pero lo que es seguro es que a Dios no le gusta repetir sus obras. Si hay otro planeta habitado será, sin duda, distinto al nuestro. El cosmos se hace consciente a través nuestra, gracias al don del pensamiento y al expresión artística. Las Musas siempre están a nuestro alrededor, pero sólo se muestran en la soledad humana y en la compañía de la naturaleza. Ahora siento que me rodean, como si fuera Apolo, y giran alrededor mía susurrándome al oido las palabras que escribo en mi cuaderno. Juegan conmigo transformándose en aves cantoras. Una de ellas se balancea en un lirio para llamar mi atención . Otra, Euterpe, se conviere en el agua que escucho de fondo.

Es hora de partir. Lo hago apenado, pues quisiera permanecer más tiempo en el santuario, pero contento por los momentos vividos.
