Ceuta, domingo, 4 de octubre de 2020.
Hoy el día ha amanecido menos frío y más despejado. La neblina que difuminaba el perfil de Ceuta ha desaparecido y esta circunstancia me ha permitido disfrutar aún más del amanecer desde el mirador de Isabel II.

Ayer me fijé que poco antes de llegar al mirado de Benzú habían situado un cartel indicando un sendero que desconocía: su nombre es La-Lala. No sé a quién se le habrá ocurrido este apelativo que suena concurso de Eurovisión. Pero bueno, eso es lo de menos.

Es un camino caracterizado por una fuerte pendiente y un denso pinar. Las vistas de la profunda rambla que se deja a la derecha durante el descenso resultan muy atractivas. El viento que ayer soplaba con cierta intensidad ha desaparecido y lo que hoy reina es el silencio tan sólo roto por el canto de las aves.

La senda acaba en la cerrada curva que sigue a la ubicación de las instalaciones de la empresa OBIMASA. Desde esta posición elevada se aprecia muy bien el vivero de esta instalación municipal dedicada a los temas ambientales en nuestra ciudad.

En vez de deshacer el camino, lo que hago es seguir la carretera. Deseaba ver de cerca el alcornocal situado unos metros más abajo. He seguido la carretera hasta llegar a un punto en el que se abre una senda que parece dibujada por las aguas de escorrentía. Sin pensarlo mucho, he ido subiendo y subiendo. Mientras lo hacía, el alcornocal quedaba atrás y penetré en un abigarrado eucaliptal no exento de belleza.

La pendiente era cada vez más pronunciada, pero he continuado sin parar. Tengo que reconocer que he llegado algo extenuado. Nada que no alivie unos minutos de descanso. La elevada posición fue aprovechada para construir una instalación militar ahora en desuso. A pocos metros se sitúa la pista del Cojo. He tomado esta senda hasta llegar al centro Betel y a la carretera de circunvalación de García Aldave.

Estaba absorto en mis pensamientos y en la alegría que me aporta pasear por la naturaleza cuando he escuchado un extraño sonido procedente de unos eucaliptos próximos a la carretera. Parecía que alguien estaba golpeando el tronco de los árboles con un objeto punzante. Me ha costado algo de tiempo localizar a un precioso picapinos que se comunicaba con uno de sus congéneres mediante sus continuos picotazos en las cortezas de los árboles. He conseguido fotografiarlo y grabar un breve vídeo para que puedan disfrutar de esta hermosa ave mis familiares y amigos.

Me gustaría saber de qué estarían hablando estos picapinos y conocer su lenguaje para preguntarles por los secretos de los bosques de Ceuta. Muchas formas distintas de vida discurren paralelas a la humana sin que les prestemos la atención y el cuidado que merecen. La observación atenta del entorno amplia nuestro estrecho horizonte vital y nos resitúa en la naturaleza de la que formamos parte.
Llevados por cierto engreimiento pensamos que la consciencia es una capacidad exclusiva de los seres humanos, cuando las pruebas científicas que desmienten nuestros error de apreciación son cada vez más abundantes. Los árboles se comunican a través de una compleja red fúngica, las plantas tienen una vida secreta y las aves tienen su propio lenguaje.

Ante el paisaje que observo al levantar la vista de la libreta me siento un ser humano muy afortunado. Este regalo para los sentidos se me ha entregado junto a la capacidad de apreciarlos y cantarlos en forma de emotivas palabras que me gusta compartir con los demás.

Tras un rato de escritura he bajado hasta Benzú para desayunar. Es un auténtico lujo tomarme un buen té moruno escuchando el mar y el graznido de las gaviotas, al mismo tiempo que sobre la superficie añil del Estrecho de Gibraltar saltan los atunes para comer volaores. No menos emocionante supone contemplar desde mi mesa la figura del Atlante dormido. Me siento como Ulises, con la diferencia que mi amada Ítaca es esta misma tierra que piso. Acepto con gusto la inmortalidad que me ofrece la ninfa Calipso, hija del Atlante.
