JOSÉ MANUEL PÉREZ RIVERA, ARQUEÓLOGO Y ESCRITOR
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Ceuta, 10 de noviembre de 2024.

Son las 7:40 h y estoy escribiendo en el mirador de Isabel II. Ceuta aún duerme y permanecen encendidas buena parte del alumbrado urbano, a pesar de que la claridad ha sustituido a la oscura noche.

No sopla nada de viento, lo que explica que las brumas matinales difuminen los trazos del paisaje. El mar parecce una balsa estancada, con una superficie que se asemeja a la plancha de plata sobre la que se ha repujado la silueta de Ceuta.

Al sureste de Ceuta las nubes se tornan rojizas y al emerger el sol lo hace tras un filtro azulado que crea un imagen bellísima.

El sol se muestra esta mañana como el centro ardiente de un mandala que proyecta que proyecta su luz dorada hacia los cuatro puntos cardinales con su eje principal dirigido a Occidente, donde aguardo que llegue su luz y su calor. Desde esta altura se aprecia la diferencia cromática entre la dorada bahía sur y la plateada bahía norte y en medio Ceuta conciliando a ambas.

Después de contemplar el amanecer me he adentrado en el bosque de alcornoques, haciendo una parada para coger agua en la fuente de la Higuera. La torre medieval del mismo nomre se encuentra en un estado de total abandono.

 

En mi paseo otoñal me he detenido a oler las flores de poleo y a fotografiar las frutas del bosque propias de esta estación del año, como las bellotas de los alcornoques o los rojizos frutos de los majuelos y los torviscos.

Esta mañana pensaba en este lugar que visito hoy y en el que me detengo a escribir un rato. En este sitio se encuentran varios alcornoques centenarios junto a una rambla que alimenta de agua al arroyo de Calamocarro. Aquí se pueden identificar una serie de muros perpendiculares al arroyo que debieron servir como azudes para las explotaciones agrícolas en esta zona durante el periodo medieval islámico de Ceuta. Esta sospecha se acrecienta y sostiene por la presencia en los alrededores de fragmentos cerámicos atribuidos a la mencionada época.

            Al empezar a escribir el sol ha superado las estribaciones del arroyo de Calamocarro y comienza a iluminar este lugar. Ahora se aprecia el verde de las hojas, el rojo de los helechos secos y el cobrizo de los troncos de los alcornoques centenarios bruñidos por las manos de los siglos.

            Yo me he sentado entre dos enormes alcornoques que entrelazan sus raíces y se acaricían con las puntas de sus ramas. Han brotado y crecido juntos y llevan muchos años presidiendo este lugar. Han sido testigos de muchos inviernos, primaveras, veranos y otoños. En esta estación renuevan sus dentadas hojas y dejan caer sus bellotas.

El sonido que provocan a caer me ponen en alerta, ya que sorprende entre el zumbido de los insectos, el canto de las aves y el repiqueteo lejano de un picapinos que merodea por este bosque. Por lo demás, el silencio es la tónica dominante. Tal y como dijo Marie Louise Von Franz en una entrevista, “los momentos realmente reconfortantes son los de la soledad y silencio en la naturaleza, únicamente en conexión con animales y plantas”.

            Yo me siento en este momento conectando con la naturaleza circundante. Varios carboneros me observan desde uno de los alcornoques. Sienten curiosidad por mi presencia.

            Aún a riesgo de resultar repetitivo, pienso que los seres humanos hemos sido creados para expresar la belleza de la naturaleza y el cosmos, así como para desvelar las verdades codificadas en la naturaleza. Estos árboles, entre los que me siento, nos ofrecen lecciones de gran valor y trascendencia. Como escribió Walt Whitman, sus principales virtudes son los de la permanencia, la continuidad y el arraigo a la tierra. Resisten el calor, el frío, la lluvia y hasta el fuego, en el caso de los alcornoques, algunos de los cuales muestran sus troncos ennegrecidos. Cumplen sus funciones ecológicas con desprendimiento y generosidad conectados por sus raíces con todo el bosque, como si se tratara de una única mente y un cuerpo viviente.

            Hago una visita a los castaños que sobrevivieron al devastador incendio de hace unos años. Aprovecho la sombra de uno de ellos para desprender de una capa de ropa. Hace calor y es necesario beber y andar fresco.

La mayoría de los zurrones de las castañas están abiertos. Es probable que fueran consumidos durane la tradicional festividad de “La Mochila”. Este día, coincidiente con el de Todos los Santos, los ceutíes salen al campo y es habitual consumir frutos otoñales.

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