Ceuta, 5 de octubre de 2024.
Esta mañana, bien temprano, me desperté. Lo primero que hice fue asomarme por la ventana del cuarto de Sofía y mirar hacia el Hacho. Sobre la fortaleza se distinguía con claridad la constelación de la Osa Menor, con la estrella Polaris coincidente con la cúspide del emblemático promontorio.
El día estaba despejado y me acerqué al mirador de Punta Almina. Allí me encontré con la hija de mi añorado amigo Pepe Ferrero. Aguardaba de manera paciente a la posible visión del cometa que en estos días surcaba el firmamento para captar su imagen con su cámara fotográfica. También había un par de chicos que deseaban disfrutar del amanecer.

Se apoyaba en el curvilíneo horizonte una franja anaranjada que en las cercanías de punto en el que saldría el sol transmutó a un color rojizo de un brillo cegador. Unos minutos antes de la salida del sol se hizo visible una línea oblicua, blanca y luminosa, que al ser alcanzada por el sol parecía una lanza que atravesaba la ardiente y dorada esfera del astro rey. Son estas experiencias y estas imágenes las que se quedan grabadas en la memoria.

Después de una animada conversación con Ana Ferrero, me he acercado a las escaleras que conducen al fuerte de Punta Almina para escribir. Aquí tengo ya mi grupo de amigos, como las currucas y los pinzones que se acercan a verme. También he establecido amistad con Manuel y su cariñoso galgo francés al que llama Mozart. Siempre que Mozart me ve, se acerca a saludarme y besarme. Es muy cariñoso. Su amo estaba intrigado por mi habitual presencia en este lugar y me ha preguntado por lo que hago, a lo que le he contestado que soy escritor y fotógrafo. “Me lo imaginaba”, me ha respondido. “Es muy raro ver personas como usted”. “Sí, es cierto”. Le dije: “yo llevo escribiendo sobre la naturaleza de Ceuta desde hace muchos años y publicando mis relatos en libros y en colaboraciones en “El Faro de Ceuta”.
Manuel me pidió si podía hacerle una foto con su perro y no tuve ningún inconveniente en atender su solicitud. Es más, después de despedirnos regresó para que le tomara otra foto, ya que la primera la hice a contraluz y no iba a salir bien. Quedé con él en enviarle las fotos por whatsapp.

Deseaba este rato de soledad y encuentro con la naturaleza para dejar constancia escrita de lo que me sucedió ayer. Es habitual que reciba señales en el día de San Francisco de Asís, por lo que estoy especialmente atento a las sincronicidades que puedan darse. La de ayer fue muy significativa. Por la tarde iba a ir al segundo día de las jornadas sobre sufismo que se ha celebrado esta semana en Ceuta y me tocaba mí escribir la colaboración semanal en “El Faro de Ceuta”. Entonces se me ocurrió que podría rescatar algunos de mis escritos inéditos, ya que no disponía de tiempo para ponerme a escribir. De todos mis libros, el que menos he dado a conocer es el que titulé “Entre Venus y Vulcano”. Me puse a ojearlo y di con un relato con la suficiente extensión y la temática adecuada para la colaboración semanal de Septem Nostra. Al leerlo pensé que el título ideal sería “el lenguaje de los pájaros”, ya que describo una experiencia mística que experimenté el 22 de abril de 2016 al observar unas golondrinas desde la ventana de mi casa. Además, citaba al lenguaje de los pájaros en este relato. Acto seguido caí en la cuenta de que el día de la publicación del artículo se celebraba el Día de las Aves.
La cadena de pensamiento me llevó a San Francisco de Asís y a su íntimo vínculo con la naturaleza y, en especial, con las aves. Sentí en ese momento que había sido dirigido para sacar del olvido este relato que yo mismo había arrinconado en mi memoria. Ya por la tarde, en la conferencia sobre el sufismo impartida por mi amigo José Luis Mullor y su mujer volvió a relucir el lenguaje de los pájaros, que dominaba Moisés, así como los grandes místicos.
