Ceuta, 5 de junio de 2022.
Son las 7:20 h del sagrado día de Pentecostés. Hace unos minutos he presenciado el amanecer en las inmediaciones del santuario de San José. Para estar a principios de junio hace algo de frío motivado por el aliento de Céfiro. He llegado aquí justo a tiempo para contemplar la salida del sol.

El Estrecho de Gibraltar está despejado por una lengua de fuego que me ha hecho recordar al Espíritu Santo sobre Ceuta. La estampa resulta estremecedora y difícil de describir con palabras. Es una lengua que pertenece al espíritu creador, Sophia, que nos habla esta mañana en la que también se celebra el Día Mundial del Medio Ambiente.
Esta noche he tenido un extraño sueño. Buscaba de manera desesperada a un sobrino y cerca del lugar donde me encontraba estaban actuando unas máquinas excavadoras derribando árboles. Advertí al maquinista que dejara de hacerlo, pero me miro con cara de indiferencia y continuó tirando abajo hermosos árboles. Uno de ello casi me alcanza, pero lo detuvo la rama de otro árbol. Cuando las máquinas se desplazaron a otra zona, puede observar que lo que estaban hacieni era excavar las raíces de un árbol con un tronco de un tamaño descomunal. El tronco estaba lleno de huellas de sierras mecánicas y de hachazos. La intención estaba clara: querían derribar el árbol de la vida y, como no podían cortar el tronco, decidieron atacar sus raíces para matarlo, por eso estaban despejando la zona de árboles y excavando con las máquinas.


Levanto la mirada de la libreta y contemplo la presencia de nubes con forma de ángeles que se acercan a Ceuta. Puede que porten el Santo Grial y lo lleven al templo sagrado que es Ceuta. Está profetizado que el tercer templo se erigirá en “la confluencia de los dos mares” que tengo delante. Los ángeles custodían la paloma blanca del Espíritu Santo.

Al avanzar unos metros por la pista de la Lastra obtengo una visión general del Estrecho de Gibraltar. Unas nubes oscuras cubren el Atlante Dormido cruzando el brazo de mar que separa Europa y África. La oscuridad de las nubes contrasta con el intenso resplandor blanco que envuelve a Ceuta. No soy el único que contemplo esta imagen. Una paloma se ha posado cerca de mí y mira en la misma dirección.


El sol ha tomado cierta altura y empiezo a notar con alivio su candor mientras me dirijo al santuario de San José. La naturaleza, por efecto del sol, exhala sus fragancias. Las plantas más abundantes son las blancas flores de las zanahorias silvestres, las rosáceas de los treboles y el morado de las viboreras y los cardos. Cuando quiero darme cuenta me encuentro con el acceso al santuario. Me recibe el incesante zumbido de las abejas.




A la capilla de Fray Leopoldo no le falten claveles. Un mirlo se cruza en el camino por el que me adentro en el espacio sagrado donde se celebra un concierto de música interpretado por un coro de aves.


La naturaleza está exultante. Un hermoso picapinos se ha posado junto al árbol que ha crecido junto a la alberca construida a pocos metros del manantial. Aún queda algo de agua, por lo que acuden muchas aves a beber y refrescarse. No es fácil fotografiarlas. Se mueven a gran velocidad. Después de unos minutos desisto y me vuelvo a sentar para escribir. Pienso en este momento que mis ratos en la naturaleza son una forma de reencontrame con lo que soy y siento. Mi voz interior es más nítida cuando regreso a la naturaleza, que me acoge con cariño. Aquí uno puede sentir con intensidad la fuerza de la vida y su extraordinaria diversidad de formas, sonidos, colores y texturas. En el ambiente se aprecia la armonía y ritmo de unos acontecimientos que discurren a una velocidad más lenta que la habitual en la denominada civilización humana.

Cada especie cumple su función. La nuestra es percibir la naturaleza, sentirla, meditar sobre ella y ser quienes expresemos con palabras toda la verdad, bondad y belleza de la naturaleza y el cosmos.
Escucho unos sonidos que proceden de la parte superior de donde me encuentro. Son ruidos que sólo podrían provocar un animal grande, como un jabalí o un perro. Me levanto y me dirijo hacia la escalera cercana por si es un jabalí y tengo que ponerme a salvo. Para mi sorpresa veo que asoma el rostro de una persona de color que me saluda y a l que le devuelvo el saludo. Mi reacción es recoger mis cosas y dirigirme hacia la salida donde me encuentro con mi amigo Pedro. Siempre coincido con él en el Día de Pentecostés. Le cuento lo que me ha pasado y decidimos ir juntos para ver de quién se trata, pero al llegar allí nos vemos a nadie, lo que resulta bastante extraño.
Pedro y yo subimos hasta la cruz y charlamos un rato. Le enseño las fotos de los ángeles y la paloma que he fotografiado esta mañana al amanecer de este día de Pentecostés. También le muestro la lengua de fuego que envolvía a Ceuta y le he narrado mi sueño sobre la destrucción del arbol de la vida. Puede que el niño perdido y que, debido a ello, he descuidado mi papel como guardían del árbol de la vida. Hoy, Día Mundial del Medio Ambiente, es una buena ocasión paara renovar mi compromiso con la defensa del patrimonio cultural y natural, así como con la tarea de resacralización de la naturaleza ceutí a partir de la reescritura del mito de la renovación de la vida. Las palabras de este mito se habían borrado con el paso de los años y está siendo mi misión reescribirlo.

Hoy mandaré mi contribución a las jornadas de historia dedicadas a la mitología del Estrecho de Gibraltar y Ceuta. Estoy satisfecho con el resultado final de este trabajo. Pienso, humildemente, que constituye una aportación novedosa al esclarecimiento del significado del espíritu de Ceuta. Hay determinados aspectos que podría haber desarrollado con más profundidad y extensión. Ya lo haré según avancen mis conocimientos. El mitotema de la renovación de la vida da para mucho.

Ahora tengo que reflexionar sobre lo acontecido en este domingo de Pentecostés. El sábado por la tarde asistí con Silvia, Alejandro y Sofía a la vigilia de Pentecostés. Me asombró la presencia, delante del altar, de una reproducción de una montaña rodeada en su base por siete velas rojas sobre la que colocaron unos óvalos que representaban a a los siete dones del Espíritu Santo. Cada una de estas imágenes contenían la figura de una paloma blanca rodeada de fuego. El don superior, cerca de la cima, era la sabiduría. A un lado de la montaña pusieron una escultura de la Virgen María.
En el atril reprodujeron el don del entendimiento. No me había recuperado de la impresión por esta manera de representar la montaña del Sinaí místico, del que se habla en uno de los Salmos, cundo escuché la lectura principal de la ceremonia: El Evangelio de San Juan (7, 37-39), titulado “ríos de agua viva”y que dice así:
“En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz diciendo: si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del espíritu que habían de recibir los que creyeran en él, pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido glorificado”. Con estas palabras resonando en mi interior, me levanté temprano el domingo de Pentecostés para contemplar el amanecer en las inmediaciones del santuario de la Virgen del Rosario en el arroyo de San José. Tal y como ya he contado, una lengua de fuego cubrió Ceuta y, poco después de salir el sol, tres ángeles custodiaron a la paloma del Espíritu Santo que se dirigía a Ceuta para alojarse en el templo asentado sobre los siete colinas vinculadas a los siete dones del Espíritu Santo. Este regreso de Sophia Aeternae hará posible, como proclaman las escrituras, que corrán “ríos de agua viva”.
Mis relatos pueden servir para abrir el cauce por el que discurra el agua de la vida destinada a revitalizar la tierra baldía. Me he convertido en la piedra filosofal, en la roca tocada por el bastón de Moisés, de la que surge un manantial de agua fresca y dulce. Ejerzo la función de al-Khidr, el hombre verde, cuyos pasos van dejando un rastro de vitalidad y sabiduría allí donde pisa.
