JOSÉ MANUEL PÉREZ RIVERA, ARQUEÓLOGO Y ESCRITOR
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Ceuta, 20 de septiembre de 2025.

Son las 7:20 h y estoy sentado en el suelo del mirador de Santo Matoso. Sopla el viento de levante con cierta intensidad, desplazando una imponente masa de niebla que oculta los elementos más significativos del paisaje del Monte Hacho, como el faro de Punta Almina o la fortaleza.

 

La niebla se desliza por el mar ondulado empujada por el viento. A su paso la fina masa nubosa adquiere una tonalidad azulada.

El grado de humedad es tan elevado que se empañan los cristales de mis gafas, por lo que me cuesta escribir. Hasta las hojas del cuaderno se humedecen dejándolas flácidas.

Quedan veinte minutos para el amanecer y, para mi sorpresa, percibo que las nubes del fondo empiezan a adquirir una intensa tonalidad rosácea.

La claridad que acompaña al amanecer deja ver un gran y oscuro frente de nubes que al moverse hacia Ceuta permiten observar el arrebol que se extiende por el horizonte.

En los minutos previos a la salida del sol, el soplo de Euro se intensifica, como si quisiera limpiar el cielo de nubes y de la niebla, pero ambas se mantienen inmóviles. No obstante, la persistencia del viento abre un amplio claro en oriente para que pueda contemplar el amanecer.

Después de desayunar he subido hasta el monte de García Aldave, que me encuentro totalmente tomado por la niebla. Me he introducido por el camino de los helechos, almohadillado por las acículas rojizas de los pinos. El silencio que reina en este lugar me lleva a pensar que, igual, he perdido el oído. Es el canto de las aves quien me saca del equívoco.

Ando entre la niebla siguiendo la senda hasta llegar a los dos quejigos centenarios.

El ambiente parece tropical, con una humedad pegajosa y asfixiante. Escucho pasar las bicicletas y los pasos de algún que otro corredor.

La lluvia aprieta durante unos segundos y las gotas de lluvia impactan sobre las hojas haciéndolas crujir. Esta agua parece que ayuda a disipar la niebla abriendo el horizonte visual y desprendiendo una agradable fragancia a tierra y hierba mojada. Las hojas de los quejigos brillan por efecto del agua caída en forma de niebla y lluvia.

El cielo vuelve a oscurecerse y retoma la lluvia acompañada por una ligera brisa que agita las hojas de los árboles.

En mi trayecto de regreso me fijo en los primeros frutos rojizos de los majuelos y en la espesura del helechal, que supera los tres metros.

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