Ceuta, 4 de noviembre de 2022.
A diferencia de los pasados días en los que salí a pasear, dominados por el viento de levante, hoy es un día luminoso y caluroso, tanto es así que busco la estrecha y alargada sombra de un pilar ubicado en el espigón oriental de la cala del Desnarigado. El cielo brilla con un intenso azul, mientras que las nubes, movidas por el viento de poniente decoran el horizonte meridional de Ceuta. Este mismo viento encrespa la superficie marina que adquiere un color lapizlazuli. Sobre ella se mecen algunas gaviotas despreocupadas de los turbios asuntos que nos afectan a los humanos.


Al contemplar estos paisajes pienso que Dios se esmeró en dotar a Ceuta de una belleza especial al que muchos no le dan el valor suficiente. Me complace formar parte de aquellos pocos capaces de disfrutar de este entorno privilegiado que alimenta mi alma y sana mi cuerpo y mi mente.

Cierro los ojos y me elevo con la imaginación hasta una altura que me permite contemplar la tierra como un oasis de vida en el infinito y frío cosmos. Entonces tomo conciencia del éxtasis de estar vivo y del gran milagro que es la vida. Como dice el Evangelio de Tomás, “el reino de Dios lo tenemos delante nuestra y no somos capaces de verlo”. La tierra es la imagen reflejada del mundo intermedio. Hago mi cielo a través de la contemplación de este paisaje sagrado donde la vida espiritual se hace posible.

Experimento una gran felicidad observando la intensificación del azul del mar que genera la cada vez más fuerza de la luz solar. El viento que entra en la ensenada refresca mi cuerpo y hace que mi alma se disuelva en este entorno natural haciéndome uno con él. Las profundidades del mar me llaman y me piden que haga el esfuerzo de imaginar toda la belleza que oculta a nuestra mirada cotidiana.
Resulta llamativo que en esta época del año aún lleguen medusas a las costas de Ceuta. Los síntomas del cambio global provocado por el ser humano son cada día más evidentes. En mi camino de regreso en encuentro con todo tipo de residuos y una ladera arrasada por el fuego este pasado verano. Siento dolor y tristeza por el maltrato que este lugar recibe. El espíritu de Ceuta me pide que comparta mis relatos para despertar la compasión de las personas que puedan leerme. Necesita voces que transmitan su desesperado llamamiento al cuidado de una naturaleza que no es propiedad nuestra, sino un regalo divino compartido con todos los seres vivos. El amor es la única fuerza que tenemos para revertir el daño que llevamos siglos produciendo a la Madre Tierra y a nosotros mismos. Debemos acabar con las guerras, las desigualdades sociales, la explotación del hombre por el hombre, el hambre, la desesperación de tantos y tantos que no encuentran sentido a la existencia.
El Espíritu Santo inunda de dicha y esperanza mi corazón. El camino de la vida sigue a pesar de las avatares que a todos nos afliguen. No puedo sentir sino agradecimiento por disfrutar de tanta belleza, aún con mis actuales problemas de visión.

Cuando ya no pensaba pararme, una bella mariposa se ha acercado a mí y me ha pediddo que la siga. Me ha hecho retroceder unos metros y se ha posado para mí. La parada para escribir estas líneas me permite ver la entrada a la galería subterránea en la que algunos fieles depositan ofrendas al “genius loci” personificado en Sophia aeternae. No podía olvidarme de ella antes de concluir este relato.

