Ceuta, 19 de noviembre de 2022.
Después de algo más de dos meses he regresado al arroyo sagrado de San José. La última vez que lo hice fue días antes de mi operación de cataratas. En este tiempo he pensado mucho en este lugar y en la magia que lo envuelve.

En mi camino hasta aquí he hecho una parada para contemplar el amanecer, que ha coincidido con el toque de diana en el cercano cuartel de Ingenieros. Se puede decir que el sol ha sido recibido con honores militares.
El día está despejado y la temperatura algo baja. El viento de poniente no sólo nos ha traído la ansiada lluvia, sino que también nos ha dejado el regalo del frío que debería ser habitual en estas fechas, pero que este año se ha retrasado.
Tras mi primera semana de trabajo tras mi baja médica, mi cuerpo agradece este paseo. El bullicio del instituto, que retumba en mi cabeza, se lo ha llevado el aliento de Céfiro, permitiendo que capte el poder regenerador del silencio. Sobre él se dispone de forma melodiosa el murmullo del viento y el canto de los mirlos y de otras aves. También he escuchado, de manera fugaz, el repiqueteo de un picapinos que no se ha dejado ver.
Siento la extrañeza de una soledad buscada para reencontrarme conmigo mismo y con la naturaleza. Sin compañía humana es más fácil percibir las sensaciones de la naturaleza y sentirme parte de todo lo que rodea. El viento agita la rama de los árboles y remueve el suelo plagado de hojas marronáceas y rojizas facilitando que se esparzan fragancias otoñales.

Pienso, de manera humilde, en mi contribución a la amplificación de la conciencia de este lugar. Su mensaje es nítido: el agua que aquí brota es el de la vida y la sabiduría. Discurre a veces a la vista y en buena parte subterránea hasta desembocar en el mar y previamente mana en la fuente de la Victoria.
Nuestro corazón guarda un gran parecido con este sitio. Es un manantal inagotable de vitalidad y sabiduría que mana amor, de manera desprendida, desde su nacimiento hasta su disolución en el insondable cosmos. El agua vital va abriendo y dibujando su cauce dejando una huella profunda, como este arroyo de San José, o más modesta, apenas un surco en la tierra que no tarda en borrar el tiempo.

La naturaleza es, según San Bernaldo de Caraval, un libro interminable y sagrado escrito con símbolos en un lenguaje metafísico que nos enseña cómo vivir de forma plena y deliberada. Fue escrito por Dios para inspirarnos y acompañarnos durante nuestra existencia terrenal. Siento el afecto de los árboles y las aves que tengo cerca. Estos centenarios alcornoques son testigos de un tiempo perdido que desea ser reconocido y valorado. El rey de este arroyo me ha regalado una rama que acepto gustosamente.
