Ceuta, 12 de abril de 2026.
Esta mañana he regresado al mirador de Santo Matoso. Parecía que el amanecer iba a ser bueno, pero las nubes cubren el horizonte. En Ceuta resulta difícil predecir la conformación de las nubes. También se anunció un fuerte viento de poniente, pero nada de esto se observa en la bahía sur de Ceuta. Puede que la situación sea distinta en la norte. A ello apunta la rapidez con la que pasan las nubes en su camino hacia el Mediterráneo. Algunas ráfagas de viento frío se cuelan por la vertiente septentrional del monte Hacho.

El cielo, que a esta hora debería lucir un intenso azul, ofrece una tonalidad blanquecina que denota la presencia de nubes bajas, poco consistentes.
Son las 7:45 h. Dentro de diez minutos está previsto el amanecer. El cielo sigue monocromo a esta hora, aunque guardo esperanza de que las nubes puedan pintarse con una gama de colores más amplia.
Algunas nubes menos densas empiezan a adoptar una coloración rosácea. En general, se nota un matiz violáceo en las nubes, pero va extendiéndose por el horizonte y ganando altura en los instantes previos al amanecer.

Tras el alba me acerco al mirador de Punta Almina y compruebo que sopla con fuerza el viento de poniente. No soy el único interesado en la situación del tiempo. Una pareja de mirlos se posa en la barandilla para observar el mar y calibrar la intensidad del viento. Cuanto más sopla, más alto vuelan las gaviotas. Sus cuerpos, entre gris y blanco, se confunden con las crestas de las olas. Pienso que disfrutan mucho con el viento.

Busco un punto de refugio del viento y del frío que encuentro en la cara oriental del faro de Ceuta. Sentado en un banco, miro al curvilíneo horizonte sobre el que va ganando altura el sol. Siento su luz y su calor, lo que reconforta mi cuerpo y mi alma. La luz eleva mi ánimo al penetrar en mi templo interior. Las campanillas rosas hacen lo mismo, abriendo sus pétalos cerrados durante la noche para proteger sus delicados estambres. Así me siento yo, como una flor que se abre para percibir la belleza de la naturaleza en estos primeros días de la primavera.

Al pensar en las flores, he recordado el bello espectáculo de las jaras de ládano en flor que cubren las laderas del monte Hacho.

Muchos de los “cestos” siguen cerrados, pero los que sí muestran sus tesoros de belleza dibujan una escena que me emociona y entusiasma. Las grandes flores blancas componen un cuadro que merece el calificativo de obra de arte.

