Ceuta, 16 de abril de 2026.
Hace tiempo que no venía al mirador de San Antonio para contemplar el atardecer. Sopla una ligera brisa de levante, que esta mañana dejaba una densa niebla en el Estrecho de Gibraltar. La subida de temperatura en el Mediterráneo es la responsable de una niebla que deja unas imágenes bellas y evocadoras.

A esta hora cercana al ocaso, todo el cielo presenta vetas blancas en el azul cada vez más intenso del atardecer. Son nubes tan finas y despejadas que con facilidad absorben los colores que nos trae la caída del sol por Occidente.

Nuestra estrella comenzó hace varias semanas su descenso rodante por la silueta del Atlante. Ya está muy cerca de transformarse en el pez que se sumergirá en las aguas del Estrecho para volver a la vida, como el pez salado de al-Khidr y Josué.

El sol, en su descenso, ya se oculta tras el Yebel Musa y su luz se expande sin obstáculo por el Estrecho, provocando una explosión de luz. Su oblicuidad marca los estratos nubosos y los pinta de blanco antes de tintarlos de dorado, naranja y rubedo.

El sol cae en el océano Atlántico llevándose los colores de la naturaleza que pone en la paleta para dibujar el cielo rosa en ambas bahías. Parte de esta tonalidad queda contenida en la ensenada del puerto de Ceuta.
Todo proviene de un fuego encendido en el punto en el que el sol accede al inframundo.
La tonalidad rosácea se expande por la cúpula celestial. Del rosa las nubes pasan al púrpura y de ahí al rojo del arrebol.

Tanta belleza conmueve y atrae a muchas personas, sobre todo jóvenes.

Los colores se repliegan a mitad del Estrecho, mostrando un rojo incandescente que, poco a poco, se apaga como las ascuas de una fogata en una noche de verano.
Cuando todo acaba, se enciende Venus, la reina de la noche.
