JOSÉ MANUEL PÉREZ RIVERA, ARQUEÓLOGO Y ESCRITOR
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Ceuta, 25 de abril de 2026.

Hoy el día ha amanecido tan nublado que no merecía la pena madrugar para contemplar el amanecer. He preferido desplazarme a García Aldave para pasear entre la niebla que cubre la parte alta de Ceuta. No hace frío, pero la humedad es muy intensa. Me adentro en el llamado “Sendero de los Helechos”.

La humedad intensifica el aroma de la naturaleza, que en este lugar muestra un intenso olor a madera de pino. Muchas ramas de los pinos afectados por las borrascas del pasado invierno han sido apartadas en los bordes del sendero.

Abundan en este bosque de pinos los petirrojos y los pinzones. También me llega el inconfundible sonido de un picapinos.

Pinos centenarios, ya enfermos, cayeron durante este duro invierno y han tenido que ser troceados para despejar el camino. La escena es triste y dantesca. Los anillos de los troncos de los árboles denotan la antigüedad de estos pinos. Por todos lados, hay pinos caídos y troncos aserrados. Otros a duras penas mantienen la verticalidad.

De la congoja por la visión de tantos árboles muertos paso a la emoción de adentrarme en el sendero abierto entre gigantescos helechos que superan con creces mi altura. A la sombra de los helechos abundan los “botones de oro” y las centaureas.

De la rama de un brezo que se asoma al camino, parece que cuelgan pequeñas luces blancas, que resultan ser gotas de rocío. Caen sobre las hojas caídas en el camino, haciéndome pensar que está lloviendo.

Si no fuera por esta lluvia horizontal, este sitio no mostraría la vitalidad con la que deleita al caminante. Así, casi sin darme cuenta, llego a dos de los robles andaluces que aún se conservan en Ceuta. Su altura y frondosidad sobrecogen mi corazón. Todavía me alegra más saber que han tenido descendencia.

La frondosidad es tan elevada que casi cierra el camino por el que se accede a los robles. Lo logro a costa de mojarme los pantalones, debido a toda el agua que guardan las plantas.

Un alegre petirrojo se acerca a corta distancia para observarme. No sé si lo hace movido por la curiosidad ante mi presencia o atraído por el olor del bocadillo.

Después de desayunar, me he fijado en el significativo número de nuevos quejigos que  han brotado y crecido en los alrededores de estos majestuosos árboles. Su presencia es el testimonio viviente del gran bosque de quejigos y alcornoques que cubrió Ceuta en otros tiempos. La mayoría de ellos fueron cortados para hacer leña o para alimentar las caleras que se instalaron en el Campo Exterior de Ceuta.

En términos generales, la transformación radical del entorno natural de Ceuta ha resultado imparable y se ha acelerado en las últimas décadas. El racionalismo y el materialismo han avanzado a un ritmo muy superior al del romanticismo, el amor a la naturaleza, la intuición y la espiritualidad. Según escribo estas palabras, noto un progresivo incremento de la luz, como si estuviera iluminado por un poder superior. Ahora comienza a llover, aunque apenas dura unos segundos.

De nuevo se oscurece el bosque. Siempre ha habido personas sensibles que han percibido la naturaleza con los ojos del corazón y han desarrollado algún tipo de capacidad creativa para expresar su visión y emoción ante la belleza de la naturaleza. Sin embargo, el poder en el mundo ha estado dominado por personas egocéntricas, codiciosas e insensibles que se han movido por el ansia de más poder y más dinero. Piensan que el éxito en la vida consiste en acaparar dinero y propiedades, y este afán es copiado por amplios sectores de la población, condicionados por la propaganda y la publicidad. Esto sucede, sobre todo, en las sociedades llamadas “desarrolladas”. En el resto, la trastocación de las sociedades tradicionales, las ha empujado al precipicio del hambre y la marginación.

Ni siquiera en los países avanzados se disfruta de una vida plena y digna. Las condiciones laborales son deprimentes, con jornadas interminables y salarios que apenas cubren los gastos mensuales de las familias. Todo el día es un continuo ir y venir sin parar para atender múltiples obligaciones. Incluso los fines de semana, para quienes pueden disfrutarlos, se dedican a competiciones de algún tipo. ¡Cuán pocos se detienen a la simple contemplación de la naturaleza y el cosmos! Amar la naturaleza es conocerla, escucharla, aprender de ella y ser su voz para reivindicar su cuidado.

Siempre ha sido atributo de los sabios entender el lenguaje de los pájaros: los portavoces de la naturaleza. Ellos hablan mediante su canto, directamente al corazón de quienes prestan atención a sus “palabras”. Piden lo que todas las criaturas anhelan: afecto, comprensión y una vida digna.

Recorro la totalidad del sendero de los helechos, disfrutando del verde de los helechos; el rosa de las “centaureas”; el amarillo de los “botones de oro” y las pequeñas flores blancas de las “lágrimas de la Virgen”.

La niebla sigue ascendiendo, empujada por el viento de levante, apenas perceptible.

A la vuelta me he parado a contar los anillos de uno de los pinos derribados por la tormenta. He apuntado ochenta anillos, que corresponden a unos cuarenta y cinco años de edad.

 

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