JOSÉ MANUEL PÉREZ RIVERA, ARQUEÓLOGO Y ESCRITOR
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Ceuta, 29 y 31 de marzo de 2025.

Con enorme ilusión el pasado fin de semana estuvimos paseando por el arroyo de Calamocarro mi hermana Tere, mi cuñado Eduardo, mi sobrino Hugo y mi hija Sofía. Antes de iniciar nuestro recorrido el sábado por la mañana, el entusiasmo de Hugo y Sofía estaba dormido, pero todo cambio cuando escucharon y vieron el agua correr por el cauce del arroyo. No tardaron en mojarse las manos y comprobar su frialdad, transparencia y pureza.

Yo iba delante comentándoles el nombre de las plantas que crecían en las riberas del arroyo y llamándoles la atención sobre sus características y procedencia. Me sorprendió que dos días después, al regresar al arroyo, aún recordaban los nombres de las plantas y de las aves que vimos y escuchamos, como el repiqueteo de un picapinos. Intentamos localizarlo con los prismáticos y lo localizamos posado en el tronco de un eucalipto.

Todo un descubrimiento para ellos fueron los pequeños saltos de agua, en especial uno al que se puede acceder desde el camino. El agua caía fuerte e iluminada por los primeros rayos solares de la mañana. Esta luz y la transparencia del agua permitía ver el gran número de renacuajos que nadaban y se apoyaban en las piedras sumergidas. Aquello sorprendió a Hugo y Sofía que enseguida quisieron refrescarse en el arroyo y probar a coger renacuajos con las manos.

Sus ojos adquirieron el brillo especial, el del asombro y la curiosidad. Escribió Rachel Carson “que si ella tuviera influencia sobre el hada madrina, aquella que se supone preside el nacimiento de todos los niños, le pediría que le concediera a cada niño de este mundo el don del sentido del asombro tan indestructible que le durara toda la vida, como un inagotable antídoto contra el aburrimiento y el desencanto de años posteriores, la estéril preocupación de problemas artificiales, el distanciamiento de la fuente de nuestra fuerza”.

El sentido del asombro ante la naturaleza requiere, según Rachel Carson, “la compañía de al menos un adulto con quien poder compartirlo, redescubriendo con él la alegría, la expectación y el misterio del mundo en que vivimos”. Nuestros niños y niñas necesitan despertar sus aletargados sentidos y aprender a ver, escuchar, oler, palpar las hojas o el frescor del agua y degustar los sabores de la naturaleza, como el gusto amargo de las vinagretas.

Cynoglossum creticum (Viniebla, Lengua de perro u Oreja de Liebre)

 

Más allá de lo perceptible por los sentidos físicos, nuestros niños y niñas deben abrirse al mundo sutil y mágico de la naturaleza y nadie mejor que hacerlo que escuchando al “Viejo Sabio”, cuyo rostro Sofía y Hugo no tardaron en reconocer en el tronco del pino centenario que preside el arroyo de Calamocarro. A unos metros de su imponente tronco excavaron un pequeño hoyo e hicieron barro, algo innato en la psique humana desde el neolítico.

 

La naturaleza también es aventura y nada mejor para experimentarla que “emboscarse”, como dice Joaquín Araujo, por caminos pocos transitados y en parte barridos por la maleza. Siguiendo uno de estas sendas borradas por la floresta, llegamos al altísimo chopo, las higueras y los chirimoyos.

De nuevo en el arroyo pasamos por debajo de las retorcidas ramas de un sauce. Hugo se fijó en unas extrañas manchas blancas en las ramas, que corresponden a hongos. Para los adultos puede que estas cosas pequeñas nos pasen desapercibidas, pero los niños y niñas, que están más cerca del suelo que nosotros “se dan cuenta y disfrutan de lo pequeño […] quizás por esto es fácil compartir con ellos la belleza que solemos perdernos porque miramos demasiado deprisa, viendo el todo y no las partes. Algunas de las más exquisitas obras de la naturaleza están a una escala de miniatura” (Rachel Carson). Para verlas necesitamos utilizar pequeñas lupas, que no pueden faltar en el equipamiento de un explorador de la naturaleza. Una lente da vida a un nuevo mundo, tal y como demostró el naturalista David George Haskell en su obra “En un metro de bosque. Un año observando la naturaleza”. La observación de la vida en la pequeña superficie de un metro cuadrado da para escribir un entretenido e instructivo libro.

Dedicamos un buen rato a observar el extraño hongo que ha colonizado las ramas de este sauce. Las intensas lluvias de las últimas semanas, y la dificultad de los rayos solares para adentrarse en este tramo del arroyo, han favorecido la aparición de estos hongos.

Más visibles a simple vista son las distintas especies de mariposas que nos acompañaron durante nuestros paseos por el arroyo de Calamocarro. Junto a su cauce localizamos un par de ejemplares de una curiosa mariposa de intenso color amarillo con el borde sus alas ribeteadas en naranja. También nos acompañó todo el camino un ejemplar de “mariposa de los muros”. El lunes por la mañana, antes de acercarnos al campo, Sofía me preguntó: ¿Sabes lo que significa que te acompañe una mariposa? No, le respondí. Pues representa a una persona que ya no está con nosotros y que ese día desea acompañarnos. Papá -me dijo Sofía-, creo que la mariposa que nos acompañó ayer era el abuelo Diego.

La última etapa de nuestra ruta por el arroyo de Calamocarro fue a la pequeña cascada que tanto les había gustado a Hugo y Sofía. Allí nos refrescamos mojándonos los pies y la cabeza. El día fue extraordinariamente caluroso y despejado. No vimos ni una nube en el cielo, ni sopla nada de viento. Disfrutamos de un esplendoroso día de primavera.

Esa noche todos dormidos de manera plácida y del tirón. La naturaleza posee una gran poder relajante y balsámico.

Ejemplar de jopo (Orobanche minor)

 

Aprovechando que el lunes era festivo en Ceuta, por el fin del mes sagrado del Ramadán, regresamos al arroyo de Calamocarro los cuatro expedicionarios y mi cuñado Eduardo. Hugo recordaba el nombre de todas las plantas que identificamos el sábado y fue el que hizo de entusiasta guía a su padre. Realizamos una ruta similar a la del sábado, pero subimos al relicto bosque de laureles por un camino alternativo. Alcanzando este punto les propuse acercarnos a la gran cascada del arroyo de la Misericordia.

La subida resultó, en algunos tramos, empinada y resbaladiza. Sin embargo, merecía la pena ascender hasta esta posición elevada en la que la intensa luz haya facilitado la floración de los majuelos y permite divisar una amplia panorámica del Estrecho de Gibraltar.

Majuelo o espino blanco florecido
Vista del Estrecho de Gibraltar desde el arroyo de la Misericordia

 

Otro aliciente para superar la exigente cuesta era enseñarles a Sofía y Hugo algunos ejemplar del “atrapamosca” (Drosophyllum Lusitanicum). Esta planta carnívora es un endemismo de Ceuta y de la bioregión del Estrecho de Gibraltar. Crece en este lugar gracias a la precipitación horizontal que nos dejan las densas nieblas que tienden a concentrarse en esta zona, sobre todo en verano.

Ejemplar del “atrapamosca” (Drosophyllum Lusitanicum)

 

La bajada hasta el arroyo no estaba exenta de peligro de resbalones y pasamos ciertos apuros para atravesar el zarzal que rápidamente tiende a cerrar los pasos abiertos por los senderistas.

Aliviados de salir más o menos indemnes del zarzal, subimos hasta la ancha pista que discurre junto a la torre medieval de la huerta de Regulares. Esto me permitió mostrar a mi familia los centenarios castaños que sobrevivieron al último gran incendio forestal que afectó a los momentos ceutíes.

De nuevo en el arroyo, Sofía y Hugo cogieron algunos renacuajos para cuidarlos en casa y observar su progresiva metamorfosis.

El regalo de despedida nos ofreció el arroyo de Calamocarro fue la posibilidad de observar los lentos movimientos de un camaleón camuflado en el cañaveral.

Las exploraciones de la naturaleza de este fin de semana con la familia han resultado muy agradables y entretenidas. No obstante, hay algo más profundo en este tipo de paseos campestres.

Yo, al igual que Rachel Carson, “estoy seguro de que hay algo más profundo, algo que perdura y tiene significado. Aquellos que moran, tanto científicos como profanos, entre las bellezas y misterios de la tierra nunca están solos o hastiados de la vida. Cualquiera que sean las contrariedades o preocupaciones de sus vidas, sus pensamientos pueden encontrar el camino que lleve a la alegría interior y a un renovado entusiasmo por vivir. Aquellos que contemplan la belleza de la tierra encuentran reservas de fuerza que durarán hasta que la vida termine. Hay una belleza tan simbólica como real en la migración de las aves, en el flujo y reflujo de la marea, en los repliegues de la yema preparada para la primavera. Hay algo infinitamente reparador en los reiterados estribillos de la naturaleza, la garantía de que el amanecer viene tras la noche, y la primavera tras el invierno”.

Esta primavera la naturaleza de Ceuta muestra su versión más bella, como los arroyos llenos de agua, la amplia diversidad de flores y de aves en migración pre-nupcial. Es el mejor momento para pasear por el entorno natural con los sentidos despiertos y la curiosidad intacta de los niños y niñas. Verlos a ellos disfrutar y pasárselo bien renueva también nuestros corazones y la esperanza de que las nuevas generaciones establezcan una relación más cercana y respetuosa con el medio natural.

LIBROS CITADOS EN EL RELATO:

  • Joaquín Araujo (2017): El placer de contemplar, Ediciones Carena.
  • Rachel Carson (2021): El sentido del asombro, Ediciones Encuentro.
  • David George Haskell (2014): En un metro de bosque. Un año observando la naturaleza, Turner Noema.

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