JOSÉ MANUEL PÉREZ RIVERA, ARQUEÓLOGO Y ESCRITOR
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Ceuta, 11 de enero de 2026.

Son las 8:08 h de la mañana y estoy, de nuevo, en el mirador de Santo Matoso. Hace frío, pero me encuentro bien abrigado con mi chaquetón y el gorro de lana que me han traído los Reyes Magos. El viento de poniente sopla con poca fuerza para erizar, de manera leve, la superficie del mar.

El cielo está despejado, aunque aprecio cierta niebla. Algunas nubes se apoyan en el horizonte y se torna de color rosa.

En un árbol cercano al mirador se ha posado un cuervo que parece llamar mi atención antes de lanzarse a volar sobre la cala del Desnarigado. La luz se va haciendo patente. Ha comenzado la hora dorada.

Espero, de manera paciente, el amanecer.

A las 8:30 h el sol hace su aparición en el horizonte. Es una gran bola dorada e incandescente, a la que cuesta mantener la mirada. Su luz resplandeciente se extiende por el mar y enciende, al unísono, los colores de la naturaleza. Reluce el intenso verde de la vegetación que cubre el monte Hacho tras las intensas lluvias de la reciente Navidad.

Al introducirme por el camino que discurre paralelo al arroyo de Calamocarro, me he alegrado de escuchar el agua corriendo por el cauce. En mi recorrido he ido grabando y tomando fotografías del agua saltando entre las piedras. Junto a una pequeña cascada me he sentado a desayunar, escuchando el crepitar del agua. Es una sensación muy agradable que vitaliza el cuerpo y el alma. No recuerdo un comienzo de año con tanta agua por el arroyo de Calamocarro. Normalmente, esta estampa se da en los meses de marzo y abril, en plena estación primaveral.

Aquí, en la soledad, acompañado por el agua saltarina, encuentro la tranquilidad anhelada para ordenar mi pensamiento. Llevo algún tiempo desganado, sin ilusión por casi nada, excepto por mis paseos de fin de semana por la naturaleza.

La educación es una labor frustrante, pues no observo un interés de los alumnos/as por la historia y, en general, por el conocimiento. Siempre hay excepciones, pero son eso, casos aislados, de alumnos/as con inquietudes intelectuales. No me quejo de las condiciones laborales de mi profesión docente. Percibo un buen sueldo y dispongo de bastantes vacaciones. Fue un golpe de suerte, acompañado de muchas horas de estudio, que consiguiera una plaza de funcionario como profesor de secundaria y, es seguro, que formaba parte de mi destino estar donde estoy. No obstante, no es menos cierto, que mi vocación es la de arqueólogo. Así me lo indican mis recurrentes sueños. Sé que en el pasado se conservan las semillas no germinadas que deberían brotar en el presente para que nazca un Mundo Nuevo, tal y como profetizó Walt Whitman. Precisamente, fueron los diarios de Whitman los que despertaron en mí la vocación de escritor de la naturaleza.

Llevo doce años saliendo a la naturaleza a escribir. Desde el primer día descubrí que mi pensamiento discurre como el agua que en este instante escucho y observo caer entre dos grandes rocas. Me sorprenden las ideas que brotan de mi mente, que parecen proceder de un manantial inagotable, cuya localización es, para mí, todo un misterio. Lo mismo sucede con mis sueños, cada vez más claros y lúcidos. Intuyo que proceden del mundo intermedio o imaginal. En esta otra dimensión permanece inalterada la imagen primigenia de este lugar y de toda la naturaleza. Al principio de los tiempos o, más bien, de manera sincrónica a la aparición de los primeros antepasados humanos, se configuró el jardín del Edén, como idea arquetípica del mundo primigenio.

Los primeros homínidos, dominados por la estructura de consciencia arcaica, estaban ligados a la naturaleza, entendida como una realidad unitaria. Con el paso del tiempo, y el desarrollo del proceso de concienciación, el ser humano empezó a proyectar sus sentimientos y pensamientos en la naturaleza y el cosmos. Fue así como surgieron los dioses y diosas. Las fuerzas de la naturaleza se personificaron en divinidades que regían el devenir humano.

En la siguiente fase de la evolución de la consciencia, se produjo un repliegue de las comentadas proyecciones a su origen: la mente humana. De esta forma, la razón fue ganando terreno al mito y a la magia. En este proceso tuvo lugar una imparable inflamación del ego, alimentado por la creciente capacidad para dominar la naturaleza y la posibilidad de disponer de una fuerza y energía similar a la atribuida a los dioses. En este momento, el ser humano dispone de suficientes armas nucleares para destruir por completo la tierra.

La disposición de una enorme capacidad tecnológica y una energía descomunal y peligrosa requiere de una presencia permanente de la sabiduría, encarnada en Sophia Aeternae. Sin ella estamos perdidos y empujados, sin freno, a un profundo precipicio. Sophia desea regresar a nuestro mundo, pero para ello necesita que le abramos las puertas de nuestro templo interior y dejemos que se aloje en la cripta de nuestro ser. Cuando esto ocurre, vuelve a brotar el manantial del agua de la vida. Llego, de esta manera, a dar respuesta a la pregunta de la localización del manantial del que surgen mis sentimientos, emociones y pensamientos: son la inspiración de Sophia Aeternae; de mi alma, que es una porción de ella; de un templo situado en la naturaleza primigenia de Ceuta, que me propongo restaurar de manera imaginativa y, si pudiera, de forma real. Este es un propósito sagrado: restaurar la naturaleza original, permitiendo que la Ceuta celestial proyecte de nuevo su plano primigenio para restaurarla.

Cuando escribo, pierdo la noción del tiempo. No sabría decir si he escrito durante cinco minutos o en el transcurso de una hora. Me ha cambiado de ubicación. Ahora estoy enfrente del “Viejo Sabio”, calentando mi cuerpo con los rayos solares que atraviesan sus ramas. La luz es extraordinaria, el aire puro y fresco. Ya han brotado las primeras vinagretas y sangres de Cristo.

Siguiendo el cauce del arroyo, he llegado a la desembocadura del arroyo en la playa de Calamocarro. El mar, azul como el lapislázuli, me atrae como un potente imán. Me siento a la orilla para absorber, como la mirada, su cegadora luz; y para observar la transparencia del agua marina.

Unas ligeras y bajas olas corren, a toda prisa, hacia la orilla, chasqueando las piedrecitas redondeadas de la orilla.

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