JOSÉ MANUEL PÉREZ RIVERA, ARQUEÓLOGO Y ESCRITOR
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Ceuta, 17 de enero de 2026.

Anoche me acosté con dolor de cabeza, algo extraño en mí. Lo achaco al resfriado o a las cerca de tres horas que estuve delante del ordenador escribiendo la colaboración semanal de Septem Nostra para el periódico “El Faro de Ceuta”. Tampoco he dormido bien, como el resto de la semana. Debe ser fruto de la reincorporación al trabajo tras las vacaciones navideñas. No obstante, me he levantado temprano para no perderme el amanecer. Hace frío, pero estoy bien abrigado. Además, apenas corre viento, que hoy procede de poniente.

Tampoco han faltado a la cita la pareja de cuervos que suele acompañarme cuando acudo a este mirador de Santo Matoso para contemplar la salida del sol.

El mar está en calma, si bien muy ligeramente rizado, sin generar olas. Es un erizamiento muy superficial.

Lo más llamativo del comienzo de este día son los algodonosos cúmulos que flotan, aparentemente quietos, sobre el horizonte. Tras ellas observo nubes menos densas que adquieren una leve tonalidad rosácea según se aproxima el momento de la salida del sol. Este cambio de coloración en las nubes coincide con el inicio del concierto que ofrecen las aves al inicio del nuevo día. Es una muestra de la alegría de la que no tardo en contagiarme. La luz regresa a Ceuta y con ella la belleza de las formas y colores de la naturaleza. El cielo recupera su tonalidad celeste y la vegetación el intenso color verde.

El sol es ocultado por los cúmulos, pero no tarda en hacerse visible. En su ascenso proyecta haces de luces que le aportan a la imagen un carácter divino. Al alzar la cámara fotográfica para captar esta imagen, recuerdo el día que mi padre y yo estuvimos fotografiando escenas semejantes desde el Camino de Ronda. Mi padre, por desgracia, ya no puede acompañarme. Sin embargo, yo sigo aquí, con su cámara colgando de mi cuello y mi mirada atenta a la belleza que contemplo y que deseo capturar para compartirla con los demás.

El sol está a punto de superar a las nubes y, en este momento, me invade esa sensación de energía vital que parte de mi ombligo y se extiende por todo mi cuerpo, causándome un placer difícil de explicar con palabras. Entonces me siento el único hombre sobre la tierra, que gira en el oscuro firmamento. Es como si Dios se sirviera de mis sentidos para recrearse en la belleza de su propia obra divina. En este momento, por fin, se asoma el sol, acompañado por los graznidos de las gaviotas y, de nuevo, por el canto de los pájaros. Cuando experimento esta emoción indescriptible, siento ganas de llorar de gozo, como si fuera un manantial del que brota el agua de manera incontenible.

Prosigo mi recorrido por el monte Hacho, que reluce como una esmeralda, gracias al verde que nos han dejado las lluvias de las últimas semanas.

Me sorprende el panorama tan despejado del Estrecho de Ceuta cuando me asomo al mirador de Punta Almina. Sin duda es obra del viento de poniente, que aquí sopla con relativa fuerza. Es un viento frío que siento en los dedos que sujetan el cuaderno mientras escribo.

Admiro el contraste entre el intenso azul del mar y el verde que cubre los acantilados, sobre los que sobrevuelan las blancas gaviotas.

En el arroyo de Calamocarro se escucha discurrir el agua por su cauce con más intensidad que el pasado fin de semana. Durante los pasados días ha seguido lloviendo, lo que explica la mayor cantidad de agua en todos los arroyos ceutíes.

El arroyo corre sorteando los afloramientos rocosos y las grandes piedras que el agua encuentra en su camino hasta el mar. En ocasiones, se ve obligada a saltar para superar los desniveles del terreno.

El paseo ha abierto mi apetito y para apaciguarlo me he sentado junto al cauce del arroyo para desayunar. En el lugar elegido, el agua hace también un descanso y en su superficial especular se miran las ramas de las adelfas.

Hoy la cascada en la que me suelo sentar a escribir cuando visito el arroyo es un caño continuo de agua que al caer genera abundante espuma blanca. Me abro camino entre las adelfas y las ramas secas de un sauce para adentrarme en un tramo desconocido del arroyo, muy bello y atractivo.

Regreso al sendero principal, abriéndome paso entre las flexibles ramas de las adelfas para dirigirme al Viejo Sabio. Lo beso y abrazo y al hacerlo siento que mis brazos se convierten en ramas y mis pies en profundas raíces que alcanzan el mismo cauce del arroyo. Percibo la alegría del Viejo Sabio por esta muestra de sincero cariño. Nuestra amistad tiene “profundas raíces”, nunca mejor dicho.

En el camino de regreso recibo una nueva invitación a observar distintos puntos del arroyo. En uno de ellos, los rayos del sol atraviesan el agua para que pueda apreciar la limpidez y transparencia del agua, ahora dorada por efecto del sol.

Me despide, de parte de las criaturas del arroyo de Calamocarro, un cantarín bulbul naranjero. Mientras tanto, el agua sigue su curso, a toda prisa, ignorante de que a pocos metros se mezclará con las aguas de la confluencia de los dos mares. Así es nuestra vida. No sabemos cuándo nos disolveremos en el alma del mundo. El gran misterio es conocer si es algo ansiado o, simplemente, un gesto de resignación. En cualquier caso, esta experiencia contribuye a la conformación de mi paisaje interior que, cuando abandone esta existencia terrenal, pasará a ser mi paisaje interior.

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