Churriana de la Vega, 9 de agosto de 2025.
No lo pudimos hacer la anterior luna llena, pero ésta de agosto la estamos contemplando juntos mi sobrino Rubén y yo. Es mucho mejor disfrutar de la salida de la luna acompañado, sobre todo cuando es con una persona querida. Hemos despedido el día sacando a la superficie los pensamientos y sentimientos que nos afligen, como si quisiéramos que los arrastraran al inframundo el sol moribundo.
Sopla un brisa agradable, que nos envuelve de manera delicada. La noche ha caído de golpe, al igual que un manto oscuro bajo el que se esconde la luna. Realmente quién la oculta son las montañas de Sierra de Nevada. En torno al Mulhacén se aprecia una aureola blanquecina. Esta luz difusa perfila la silueta de las cumbres.

Durante unos minutos hemos permanecido en silencio, con la mirada fija en el pico del Mulhacén. Un grito de júbilo ha brotado de nuestras gargantas cuando ha asomado la curva redondeada de la luna. Ha ascendido de forma lenta, recordando a un globo aerostático. Su tonalidad rojiza resaltaba su belleza y magia infinita. Tanto es así que he escuchado la llamada del muecín desde una de las mezquitas nazaríes, como eco lejano del tiempo de los sultanes de la Alhambra y de las almunias dispersas por la fértil Vega de Granada, hoy recorvertidas en cortijos y hoteles rurales.

La luna, en su ascenso, va desprendiéndose de su delicado vestido cobrizo dejando ver su cuerpo blanco como la nieve que en invierno cubre Sierra Nevada.

Hemos paseado a la luz de la luna sin perder vista a nuestras sombras. La oscuridad es el hábitat natural de los grillos, invisibles a la vista. Cantan a coro en la noche granadina, perfumada con la fragancia de las mazorcas y el olor a agua sucia de las acequias. El perfume de la Granada nazarí, compuesta por jazmines, arrayanes y todo tipo de árboles frutales, hace mucho tiempo que ha desaparecido, con la excepción de los jardines del Generalife.
