Ceuta, 2 de noviembre de 2025.
Siempre merece la pena madrugar en Ceuta. Cuando a las 7:00 h he llegado al mirador de Santo Matoso la noche cubría a Ceuta con su manto negro en el que estaban bordada la figura de Orión con su brillante cinturón. Le acompañaban el Can Mayor, identificado por la brillante Sirio; el Can Menor y encima de mí, el reluciente Júpiter, junto a los gemelos Polux y Castor. No menos brillante lucía Venus, sobre una desgarrada cortina de nubes carmesí que se extendía por todo el horizonte. Lejos de atenuarse el arrebol, se iba ampliando por el círculo que dividía el cielo, cada vez más celeste, y el mar azul. Era un rojo similar al de una llama ardiente. El color rojizo no dejaba de tomar altura, pintando de rosa nubes hasta entonces invisibles. La tonalidad rojiza hizo que las nubes se encendieran y comenzaron a reflejarse en el mar, sobre cuya superficie volaban, en un paso continuo, las pardelas cenicientas.

La aura rosácea cubría toda Ceuta y la sierra del Haus, entremezclándose con un azul difícil de describir con palabras.

La llegada del sol fue cambiando el rosa por el dorado. El haz de luz solar se proyectaba en vertical en dirección a las nubes, que comenzaban a ocultar el cielo para, de nuevo, colorearlas. Justo al emerger el sol, apareció una numerosa manada de delfines brincando en el mar, muy cerca de la punta del Desnarigado. A mi lado, un grupo de bulbués naranjeros cantaban alegres al nuevo día. No menos contentas estaban las pardelas, que se alimentaban de peces junto a los delfines. De esta altura escuchó con nitidez los barrigazos de los delfines al caer al agua tras sus acrobáticos saltos.

Desde el mirador del Faro, he observado otro grupo de delfines que, al llegar al Desnarigado, se adentraron mar adentro.

Este tipo de espectáculos de la naturaleza son habituales en Ceuta, demostrando mi idea de que este lugar en su santuario de la vida.
El pasado viernes me embarqué en el “Bora Bora”. El día prometía, pues el mar estaba en calma. Atravesamos el majestuoso foso de las Murallas Reales para llegar a la bahía sur. Nos separamos de la costa y así pudimos observar a una pareja de alcatraces que reposaban en el mar. Seguimos navegando buscando las pardelas, pero no aparecían, excepto alguna que otra suelta.

Nos acercamos a Punta Almina y navegamos algunas millas hacia el este, hasta que atisbamos algunas pardelas pegadas al litoral y allí nos dirigimos. Fue entonces cuando las pardelas aparecieron en gran número para alegrarnos la tarde y disipar las dudas sobre el éxito de la jornada de avistamiento de aves marinas. Parecía que habían dado el pistoletazo de salida a la desenfrenada carrera de las pardelas. Desde ese momento, no paramos de verlas pasar a toda velocidad, reflejando sus bellas siluetas en un mar que parecía un auténtico espejo. Los alcatraces pasaban también muy cerca de nuestra embarcación, permitiendo captar sus estilizados e imponentes cuerpos.


Cerca de la almadrabeta observamos un gran grupo de pardelas. Cuando nos acercamos, pudimos ver que el agua borboteaba debido a la increíble concentración de peces. En esta acumulación de pescado, algunas pardelas aprovechaban para pescar y recuperar energía antes de continuar su larga y dura migración hacia el sur.



Según pasaba el tiempo, el flujo de pardelas se incrementaba. Con los prismáticos, uno de nosotros localizó un embolsamiento de pardelas. Podía haber más de trescientos ejemplares, que retomaron el vuelo al acercarnos.

Al caer la tarde, el dorado del atardecer tiñó la superficie marina. Yo situé de pie en la proa del barco, captando, de manera consciente, el momento que estaba viviendo. Envuelto en una luz cobriza, seguía con la mirada a las pardelas que, a estribor y babor del Bora Bora, se deslizaban rozando sus cuerpos y sus alas en el mar que hervía de la gran cantidad de peces que contenía. Pensé entonces en la suerte que tenía de disfrutar y atesorar experiencias tan significativas en este paraíso natural que es Ceuta. Aquí la fuerza de la vida se percibe con nitidez, si bien la biodiversidad de sus fondos marinos no es tan accesible. Quienes los conocen bien, como mi querido amigo Óscar Ocaña, insisten en llamar la atención sobre su increíble belleza.
La belleza es el rasgo más característico de Ceuta. Amaneceres, como el que he disfrutado esta mañana, inundan el alma de emoción trascendente, sobre todo cuando al salir el sol atisbas una manada de delfines.
