JOSÉ MANUEL PÉREZ RIVERA, ARQUEÓLOGO Y ESCRITOR
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Ceuta, 15 de noviembre de 2025.

Cumpliendo las previsiones meteorológicas, el día está amaneciendo nuboso, ventoso y algo más frío de lo acostumbrado en las últimas semanas. No esperaba contemplar un amanecer singular; sin embargo, al llegar al mirador de Santo Matoso, observo que entre las nubes y el horizonte se cuela una ancha franja luminosa de intenso color naranja. Esta tonalidad impregna la superficie del erizado mar por el viento de suroeste y las espesas nubes que cubren toda Ceuta. Una explosión de luz rojiza salpica el paisaje circundante antes de que las nubes apaguen la luminosidad del sol. Parece que la naturaleza ha querido compensar a los que hacemos el esfuerzo de madrugar para el alba en este grisáceo día.

Aprovecho las primeras luces del día para observar a los grandes alcatraces que sobrevuelan la superficie del mar o los cormoranes de oscuro plumaje que se dirigen a la bahía sur de Ceuta, así como presto atención a las gaviotas patiamarillas que disfrutan planeando cara al viento, mientras emiten sus característicos graznidos.

Viendo el mar desde esta atalaya, me invade una extraña sensación de estremecimiento por su inmensidad y por los misterios que oculta. El mar te hace sentir pequeño e insignificante. Podría engullirme a mí y a toda Ceuta en un instante.

Desde el Monte Hacho me he dirigido a la otra punta de Ceuta. Tenía muchas ganas de pasear por el alcornocal que rodea parte del poblado de Benzú. La lluvia intermitente de esta mañana intensifica la fragancia del bosque, mezcla de hojas secas, eucaliptos, flores de poleo y tierra mojada.

He seguido una estrecha senda que he recorrido unos metros, pero me he tenido que dar la vuelta al percatarme de que podría resbalarme y tener un accidente. De todas formas, el propósito de venir a este lugar era sentarme a escribir entre estos antiguos alcornoques y escuchar lo que tienen que contarme.

Apoyado en el tronco de uno de los alcornoques, el más robusto y longevo, cierro los ojos y entro, por una puerta mágica, al mundo imaginal. Sopla el viento y borra el estado actual de este lugar. Desaparecen las casas, las vallas improvisadas que separan las parcelas y toda la basura esparcida por la zona. Se borran, igualmente, los eucaliptos plantados a finales de los años cincuenta del pasado siglo XX y su espacio lo ocupan los alcornoques originales que dibujaban un abigarrado bosquete. Entre ellos diviso un barco griego que hace semanas partió del puerto de Massalia. Se dirige a Occidente para comerciar con los descendientes de la mítica Tartessos.

No es la primera vez que surcan estas aguas y reconocen enseguida la figura pétrea del Atlante dormido. Saben que es el límite del mundo conocido para la mayoría de los navegantes, pero no para ellos, que son experimentados marineros. No obstante, temen el carácter cambiante de los dioses y diosas del Olimpo. A ellos no les gusta que alteren su paz, sobre todo cuando descansan y disfrutan de la belleza del jardín de las Hespérides que se extiende por la estrecha península de Hepta Adelphoi.

Es un día despejado de poniente y un marinero cuenta con la mirada las colinas que se dibujan en la parte alta de este lugar: una, dos, tres, cuatro, cinco, seis y siete. Este marinero, junto a parte de la tripulación, se sube a una pequeña barca y se acerca a la costa. Se adentran en el bosque y buscan un sitio propicio para depositar las ofrendas que presentan al espíritu de este lugar, sagrado y mítico. Lo hacen rápido, pues no desean perturbar la fuerza vital de esta pequeña península. Así, fortalecidos por el genius loci, regresan al barco escoltados por delfines y todo tipo de aves marinas.

Vuelve el viento y me devuelve al presente. Escucho el canto de un petirrojo, que traduzco como un mensaje del alma del mundo, ¿Cómo lograr que Ceuta vuelva a ser considerada un lugar sagrado, mágico y mítico? El viento vuelve a hablar y lo escucho en silencio con los ojos cerrados. Me dice que necesitamos reescribir el relato mítico de este lugar como santuario de la vida y puerta a la eternidad.

Yo no puedo hacer otra cosa que seguir escuchando el espíritu de Ceuta y transmitiendo lo que me llega del mundo imaginal.

Tras un buen rato de escritura, me he dado una vuelta por el alcornocal o, más bien, lo que queda de él. Me he dejado llevar y he terminado sentado en una gran piedra de arenisca desde la que contemplo absorto el Atlante dormido y la bahía de Beliunex. Sopla con relativa fuerza el viento de poniente y tímidas olas rompen en la orilla. Lo que mejor percibo en este punto es una luz cegadora que se proyecta sobre el Estrecho de Gibraltar, iluminando la costa europea. También se cuela en el mar, destacando el verde esmeralda del borde costero que tengo ante mis ojos.

El sol, una vez descubierto por las nubes, incrementa su potencia luminosa y sube el tono de los colores del paisaje. Tanta belleza acongoja y dibuja una sonrisa de satisfacción en mi rostro. Me invita a cerrar los ojos y a sentir cómo el viento cimbrea mi cuerpo y trae el olor a perfume marino.

 

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