Ceuta, 20 de diciembre de 2025.
Hoy es el típico día invernal. De hecho, mañana celebraremos el solsticio de invierno. Sopla un gélido viento de poniente que obliga a abrigarse para no coger frío, sobre todo cuando uno está sentado escribiendo delante del “Viejo Sabio” a las 9:30 h.

Escucho el sonido del bosque amplificado por el viento que mueve las ramas de los árboles y por el silencio que lo envuelve todo. Sin embargo, percibo que este lugar posee consciencia propia, capaz de observar todo lo que sucede a su alrededor. Nada escapa a su escrutinio.

Con los ojos cerrados durante unos segundos, siento el aire fresco, que aspiro por mi nariz y devuelvo caliente a la naturaleza. Al abrir los ojos, escucho un profundo lamento que se extiende por todo el paraje. Es un coro de voces sufrientes procedente de la propia naturaleza, que rompe el silencio dominante hasta hace un instante. Me conmueve este profundo lamento del bosque, que no entenderé hasta pasado algo más de un mes, cuando el tren de tormenta que azotó Ceuta derribó muchos árboles, entre ellos al “Viejo Sabio”.

Con el corazón estremecido tras escuchar el lamento de la naturaleza, emprendo un paseo que me lleva al alcornoque situado en la entrada del arroyo de Calamocarro. Sus hojas han adquirido un vivo color dorado, que le otorga un aura mágica.

Las nubes comienzan a abrirse y dejan que los rayos del sol alumbren y calienten la tierra. Percibo, sentado en una piedra al borde del camino, cómo la luz se desliza por la ribera del arroyo, lo que provoca el jolgorio de las aves que se esconden entre los arbustos. La expresión de alegría por la llegada de un nuevo día es un sentimiento compartido por todos los seres vivos. Yo mismo lo experimento en este momento y hasta las hojas secas del alcornoque crujen cuando les alcanzan los haces solares.
Las mariposas emprenden el vuelo y también lo hacen mi imaginación y creatividad. Ahora ando con el cuaderno abierto y escribiendo para dejar constancia de mis impresiones perceptivas, ya sea la fragancia de la naturaleza o el reflejo de las adelfas en el agua del arroyo.
