JOSÉ MANUEL PÉREZ RIVERA, ARQUEÓLOGO Y ESCRITOR
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Ceuta, 13 de diciembre de 2025.

Tal y como anunciaban las previsiones meteorológicas, esta madrugada nos ha visitado una fuerte borrasca, a la que han bautizado con el nombre de Emilia. El estruendo de los truenos ha retumbado en toda Ceuta, con una fuerza que no recordaba en muchos años, aquellos en los que, siendo pequeño, nos sentábamos, junto a una vela toda mi familia, ya que era habitual que con las tormentas se fuera la luz en la ciudad. Allí permanecíamos, con las persianas bajadas, sintiendo con intensidad lo que significan las palabras refugio, hogar y familia. Tengo la sensación de que este tipo de tormentas, tan habituales en mi niñez, han pasado a ser un fenómeno excepcional. Por este motivo, he querido contemplar la tormenta con mis propios ojos.

Mi primera parada la he hecho en el mirador de Santo Matoso. En este punto de la bahía sur se apreciaba la grisácea oscuridad que cubría a Ceuta. Las fuertes rachas de viento de levante animaban la desatada furia del mar, que rompía contra los acantilados del Hacho. Un espumoso y blanco oleaje tenía tomada la cala del Desnarigado. Las nubes discurrían a gran velocidad, descargando abundante agua a su paso e iluminando el cielo con luminosas descargas eléctricas y las explosiones sonoras de los truenos.

Desde el mirador de Punta Almina se notaba mejor el frente de lluvia y tormenta eléctrica, mientras que en oriente la situación presentaba un aspecto más calmado. El fuerte viento persistía, pero había dejado de llover.

En cuanto al estado del mar, en la bahía norte era más reconocible la gran altura de las olas que rompían contra el saliente rocoso sobre el que se asienta el fuerte del Desnarigado. Las crestas de las olas resultaban una mezcla del azul y el verde esmeralda. Esta misma tonalidad se formaba en torno a la sirena de Punta Almina, donde el viento soplaba con inusitada fuerza.

En los isleos de San Catalina es donde más se notaba la fuerza y altura de las olas. Entre ellas pescaba, despreocupado, un cormorán. Unos metros más adelante, un alcatraz se alimentaba aprovechando las aguas revueltas por el oleaje.

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