JOSÉ MANUEL PÉREZ RIVERA, ARQUEÓLOGO Y ESCRITOR
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Ceuta, 14 de febrero de 2026.

Día frío, con viento de noroeste. El sueño de esta noche me lo advirtió. Debía abrigarme. En el mirador de Santo Matoso se nota mucho el frío, mientras espero la salida del sol, que traerá calor y sol a la tierra y, en concreto, al lugar donde me encuentro.

La luna comienza su ciclo luminoso, después de su fase oscura, que ha marcado el inicio del mes sagrado del Ramadán para los musulmanes.

Las nubes, desagrupadas, son empujadas a gran velocidad por el gélido viento del norte. Estoy bien abrigado, pero el frío encuentra hueco para colarse en mi cuerpo.

Quedan cinco minutos para el amanecer. Los días empiezan a ser más largos. No queda mucho para el equinoccio de primavera. Este invierno está siendo especialmente lluvioso, ventoso y, en ocasiones como la de hoy, frío.

El alba viene acompañada con unas nubes de tonalidad cobriza.

Después de contemplar el amanecer, me he acercado al parque de Santa Catalina. El color verde del mar y las olas llamaron mi atención, así que quise fotografiarlas, pero el viento huracanado no me permitió subir a la parte alta del parque. El viento casi me tira al suelo, lo que me llevó a desistir. Un cercano poste de la luz había sido derribado por el viento, cerca de donde me encontraba. La situación era bastante peligrosa.

Luego me he dirigido al Atlante Dormido para contemplar su majestuosa estampa. Tras una breve visita al célebre titán petrificado, me he acercado al arroyo de Calamocarro, que sigue llevando mucha agua, pero algo menos que el pasado sábado. Esta semana no ha llovido tanto y se nota en el caudal del arroyo. En esta ocasión, no me he detenido para tomar vídeos y fotografías del arroyo, ya que mi objetivo era conocer, de primera mano, el estado del Viejo Sabio. No he notado un cambio sustancial en su inclinación, aunque me ha dado la impresión de que muestra más parte de sus raíces.

El pasado sábado no me atreví, pero hoy he subido hasta el mismo tronco del Viejo Sabio para observar su situación. Tal y como sospechaba, las grandes ramas son las que impiden que el pino bicentenario se haya caído del todo. Algunas de estas ramas están astilladas y no sabemos cuánto tiempo soportarán el gran peso del Viejo Sabio. Yo me acerco a él y le doy un beso. En su agrietada corteza se ha dibujado una sonrisa. Me he sentido más aliviado, pues he tenido la oportunidad de volver a ver su rostro. Yo siento que, pase lo que pase, está contento por la reacción ciudadana ante su grave estado de salud. Me transmite que está tranquilo, que la muerte forma parte de la vida. Lo importante, me dice, es vivir de manera deliberada y cumplir la misión que la naturaleza nos ha otorgado.

Son muchos los años los que he sido testigo privilegiado del paso de los años, las estaciones y los días. Muchas personas, sobre todo niños, han encontrado refugio del viento y del calor bajo mis frondosas ramas. Cada vez que pasaba un caminante, he sentido cómo sus ojos se alzaban para contemplarme y su corazón se excitaba ante mi porte y belleza. La naturaleza quiere que me convierta en símbolo de este lugar sagrado, mágico y mítico, me dice el Viejo Sabio.

Creo que ha logrado, me confiesa el Viejo Sabio, mi destino. Mi muerte anuncia el renacimiento del carácter sagrado de esta tierra.

Entiendo tus lágrimas, querido amigo, y las agradezco, son la expresión evidente del amor que me tienes. Tus lágrimas son, en el mundo imaginal al que pronto me trasladaré, el agua que nutre mis raíces. Allí nos volveremos a encontrar algún día. Ahora toca seguir luchando por la naturaleza de Ceuta. No he sido el único árbol víctima de las borrascas del último mes y medio. Son incontables los árboles que ha derribado el viento. Una nueva generación de árboles tiene que sustituirnos para que los bosques ceutíes recuperen su esplendor. Estos árboles deben crecer junto a una nueva generación de ceutíes que sepan hablar con nosotros.

Comparte con ellos, con los jóvenes, el contenido de nuestras conversaciones. No tengas miedo a la incomprensión ni busques el halago. Solo procura que tus emociones se materialicen en palabras capaces de conmover a quienes las lean. Yo siempre estaré a tu lado, uniendo la tierra y el cielo.

Siento al salir del arroyo de Calamocarro que el Viejo Sabio me ha transferido toda su sabiduría antes de su partida al mundo imaginal.

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