JOSÉ MANUEL PÉREZ RIVERA, ARQUEÓLOGO Y ESCRITOR
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Ceuta, 7 de febrero de 2026.

Son las 7:40 h y todavía predomina la noche. Desde el mirador de Punta Almina observo la tonalidad rojiza que va adquiriendo las nubes en el punto previsto para la salida del sol.

El arrebol se va extendiendo por todas las nubes, lo que me lleva a presentir un bello amanecer. Ansiaba un alba como el de hoy, después de tantos días cerrados y encapotados.

A las 7:50 h el rojo del arrebol se hace más intenso, adoptando un matiz violáceo.

A las 8:00 h empiezo a apreciar que las nubes asentadas en el horizonte toman una tonalidad rosácea. Suena el toque de corneta en la fortaleza del monte Hacho. Mis ojos escrutan el curvilíneo horizonte absortos ante la belleza que contemplo, pendientes de los cambios de color de las nubes altas, cuyo color rosa se proyecta en un mar verde. Esta tonalidad contrasta con el morado de las nubes que cubren la orilla europea del Estrecho de Ceuta.

En el cielo vuela un pequeño grupo de vencejos. Gracias al verde del mar se distinguen, a la perfección, los alcatraces que despegan y aterrizan en la superficie marina. Por su parte, los cormoranes aguardan su turno posados en los afilados acantilados de Punta Almina. Mientras tanto, las gaviotas sobrevuelan el fortín del mismo nombre. Otras permanecen agrupadas en los arrecifes rocosos o flotando, de manera plácida, en el mar.

En mi recorrido por el camino que conduce a la Sirena de Punta Almina, escucho el canto de los mirlos, los chochines, las currucas cabecinegras y los petirrojos.

En el arroyo de Calamocarro me recibe abundante agua, que con la fuerza que lleva estos días ha despejado el cauce de plantas. Como era previsible, tras las torrenciales lluvias de esta semana, el arroyo canaliza una cantidad impresionante de agua. He ido tomando fotografías y vídeo de este acontecimiento histórico. Al llegar al punto en el que el sendero se cruza con el arroyo, me he descalzado para atravesarlo. Unos metros más adelante, me veo obligado a sortear varios pinchudos espinos. Se trataba, no cabe duda, de una prueba iniciática.

Al avanzar por el sendero, busco con la mirada la copa del Viejo Sabio y ya, desde lejos, noto que algo le había pasado al pino centenario. Al superar el meandro que dibuja el arroyo, mi corazón se ha encogido al ver que estaba prácticamente tumbado. He subido la cuesta llorando de manera desconsolada ante la situación de mi querido amigo El Viejo Sabio. Lloraba de pena, impotencia y cargo de conciencia por no haber logrado evitar su caída, a pesar de mis escritos y del manifiesto que esta semana suscribimos las asociaciones dedicadas a la defensa de la naturaleza de Ceuta.

He rodeado sus ramas caídas para encontrar un hueco que me permita llegar a su tronco. Quiero darle un abrazo de despedida, pero mis esfuerzos han resultado infructuosos.

No creo que sea posible salvar al Viejo Sabio. Se necesitaría maquinaria pesada para enderezarlo y, previamente, sería imprescindible sostener la tierra en la que hunden sus raíces, en buena parte expuestas al aire.

Su tronco y ramas muestran una tonalidad marrón apagado que refleja los síntomas de la muerte. Yo velo su cadáver y le lloro, como cuando despedimos a un familiar o a un amigo cercano. Después de todo, este pino es afortunado, pues tiene quien le llore y le acompañe en su despedida. Sus ramas languidecen, mientras que la copa sigue apuntando al cielo.

Acuden a mi mente los recuerdos de los buenos momentos que hemos compartido, sus confidencias y enseñanzas sobre la naturaleza. No olvido el día en el que reconocí su rostro por primera vez, sus llamadas para que lo visitara y escribiera mirando sus sonrisas, la sensación al abrazar su grueso tronco. El último que le di fue el 17 de enero, ignorantes ambos de que sería el último.

No puedo contener las lágrimas por mi amigo. El único consuelo que tengo es haberlo conocido y la posibilidad de guardar su imagen en mi memoria. Él es una de las víctimas de las borrascas de este duro invierno. Quisiera que guardaran la parte de su tronco y la conservaran en este mismo lugar, como un monumento a su vida y a la naturaleza de Ceuta. Forma parte de la magia que rodea a este tipo y a la mitología de Ceuta.

Su muerte es el fracaso de una sociedad distanciada de la naturaleza, ciega ante la belleza de la tierra y el cosmos, insensible e ignorante y sin capacidad de lucha por su patrimonio natural y cultural. Asumo que mi destino es la defensa del patrimonio de Ceuta.

El tiempo ha empeorado a partir del mediodía y, sobre todo, esta noche. El cielo nocturno se ha encendido con impresionantes relámpagos, acompañados de fuertes truenos que sonaban como bombas. La lluvia repiqueteaba en el alfiz de la ventana de mi dormitorio. También han caído granizos de mediano tamaño.

Los truenos retumban en toda la ciudad con un fuerte y seco estruendo que se apaga lentamente, como la vida del Viejo Sabio.

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