Ceuta, 21 de febrero de 2026.
Anoche estaba indeciso sobre el lugar que visitaría esta mañana. Hoy me desperté a las 5:08 h y seguí dándole vueltas a la cabeza. Entre otras opciones, barajé la posibilidad de pasear por García Aldave o el monte Hacho para hacer una idea de los daños provocados por las borrascas de las últimas semanas. No lo tenía claro cuando a las 7:30 h, finalmente, salí de la cama.
Preparando mis cosas, seguía pensando en todas las alternativas que rondaban mi mente y entonces recordé una frase que leí, ayer por la tarde, en el libro de Carl Gustav Carus titulado “Cartas y anotaciones sobre la pintura de paisajes”. En la segunda de las cartas que dirige a Ernst, su hijo fallecido a los cuatro años, escribe: “cuando nos tropezamos con la venerable figura de algún árbol cuya duración, que abarca siglos, nos recuerda esa vida de la tierra que cuenta siglos como por días, se adueña de nosotros una cierta serenidad en el juicio, sentimos atemperarse la inquietud de proyectos y afanes, nos adentramos en el círculo de la naturaleza y nos elevamos sobre nosotros mismos”.

Al recordar este bello pensamiento de C.Gustav Carus, todas mis dudas se disiparon y tuve claro que iba a visitar al Viejo Sabio. Era tan firme esta decisión que he venido hasta aquí sin entretenerme. Lo primero que he hecho al subir hasta el Viejo Sabio ha sido besarlo y abrazarlo, además de comprobar el estado en el que se encuentra. Algunas de las ramas que lo sostienen están quebradas y no sé cuánto tiempo aguantarán su enorme peso.
Una vez expresado mi afecto y comprobado su estado de salud, he buscado un sitio donde sentarme a escribir y a conversar con el Viejo Sabio. El lugar que he elegido es el tronco del peral situado muy cerca del pino. Estoy rodeado de helechos, que han crecido con fuerza en las últimas semanas tras las abundantes lluvias. Algunos ejemplares superan el metro de altura. Desde aquí escucho el rápido discurrir del agua por el arroyo de Calamocarro, así como el canto de las aves, entre ellas a los carboneros, chochines, y petirrojos que han encontrado refugio entre las ramas inclinadas del Viejo Sabio. No quieren dejarlo solo y con sus alegres melodías mantienen elevado su ánimo. Para reforzar su estado anímico, le cuento que no lo hemos olvidado y que estamos haciendo todo lo posible para salvarlo. Esta semana inicié una campaña de recogida de firmas para que actúen pronto las autoridades y logren enderezarlo. En apenas cuatro días llevamos cerca de cuatrocientas firmas de apoyo.
También hemos consultado a algunos expertos, que nos han dicho que lo más conveniente para que recupere su vitalidad es podar sus grandes ramas, de manera que libere parte de su peso y así pueda volver a erguirse. Nuestro plan de salvamento lo hemos expuesto hoy mismo en un artículo publicado en “El Faro de Ceuta”.
Por otro lado, mis compañeros de SEO-Ceuta, Joaquín López y José Navarrete, han participado en un programa de RTVCE en el que han comentado los problemas que actualmente presenta el pino bicentenario. En este mismo medio de comunicación, me preguntaron esta semana por la situación del Viejo Sabio y las novedades en su recuperación.
Como ves, querido amigo, no nos hemos olvidado de ti. Seguimos a tu lado, pendientes de tu delicada situación. No puedo decirte lo mismo de las autoridades. Se comprometieron a reunirse con las entidades que firmamos un manifiesto en tu apoyo, pero todavía no nos han convocado. Los días pasan y tu salud no mejora.
Quisiera visitarte con más frecuencia, pero no tengo tiempo para hacerlo. He adquirido muchas responsabilidades, entre ellas defender el patrimonio natural y cultural de Ceuta, del que tú eres un emblema. El “genius loci” o espíritu de Ceuta me ha llamado de nuevo para que lo defienda. Lo hizo en forma de serpiente saliendo de los estratos más antiguos de la historia de este lugar sagrado, mágico y mítico. El sueño fue bastante claro y debo cumplir con la misión para la que fui creado por la naturaleza. No puedo ni debo alejarme de mi destino. Es mucho lo que he recibido a cambio: una familia magnífica, estabilidad profesional y económica, reconocimiento social y, sobre todo, un sentido elevado y trascendente de la vida.
Mis paseos por la naturaleza son el alimento nutritivo para mi alma, como escribió Carl Gustav Jung. Con el paso del tiempo, he logrado refinar mis sentidos perceptivos y ver mi entorno con los ojos del corazón. Mis emociones son intensas en la naturaleza, mi sabiduría amplia y mi expresión poética elegante y cuidada.
Me quedo absorto mirando el manto verde que cubre el entorno, tejido con helechos. El agua corre por el cauce que ella misma ha abierto en su continuo paso.
Entre los helechos muestran sus flores las lágrimas de Cristo y las vinagretas que aguardan al sol para abrir sus amarillos pétalos. También han cobrado protagonismo los apios silvestres.

Hago una parada en una pequeña cascada y me fijo en la gran velocidad que lleva el agua. Me recuerda a la vida de muchas personas. Corren y corren, como si tuvieran prisa para llegar a un destino seguro, como es el de la disolución en el alma universal. Andar rápido o correr es, en nuestra sociedad, sinónimo de vitalidad. ¿Por qué no debería serlo también pararse para, simplemente, saborear la belleza? Es fácil dejarse arrastrar por la corriente. Yo mismo siento la tentación de hacerlo, pero prefiero el reposo de la escritura fluida, pero sin prisa.

Me gusta fijarme en los detalles, como en las yemas de las flores de los erguenes a punto de abrirse. Algunas ya lo han hecho y perfuman el ambiente con su limonoso aroma.


Los brezos, de oscuros troncos, decoran las puntas de sus ramas con bellas y diminutas flores blancas. Subo una empinada cuesta para fotografiarlas y me topo, en la parte alta, con un campo decorado con las flores amarillas de las vinagretas y las flores helicoidales de las vincas. Es una estampa primaveral.

