Ceuta, 22 de octubre de 2023.
A diferencia de ayer, hoy el día ha amanecido cubierto y lluvioso. Se podría decir que es un domingo otoñal al que no le faltan las densas nubes, el viento, la lluvia y hasta alguna tormenta lejana. Aún así aquí estoy a las 8:10 h esperando a la aurora. Guardo la esperanza de que el sol encuentre alguna hendidura entre las nubes para asomarse y colorearlas, como nos tiene acostumbrados. Por lo que observo, ya está ensayando con sus pinceles dejando trazos rojizos sobre la línea del horizonte. Con una brocha gorda dibuja una elipse anaranjada para anunciar su ansiada llegada. La claridad se hace patente permitiendo reconocer la algodonosa forma de las nubes entre las que vuelan oscuros nubarrones cargados de agua que avanzan sobre Ceuta. Llegan del Mediterráneo, empujadas por el viento de levante que agita las ramas de los árboles para ayudarlas a desprenderse de sus hojas marchitas. Es tiempo de renovación y cambio en las vestiduras de la naturaleza.

Dicen, con razón, que los cuervos son una de las aves más inteligentes. A la salida del sol varias de ellas aprovechan el viento para realizar acrobacias aéreas subiendo en picado vertical y luego dejándose llevar por la corriente con las alas desplegadas. Las gaviotas practican el mismo juego, pero con mucho menos maestría y con sus peculiares graznidos.

Mirando al horizonte, me fijo en las distintas tonalidades de las nubes, que van del celeste sobre el mar, las grises cargadas de agua y las blancas iluminadas por el sol, todas ellas superpuestas al intenso azul del cielo.

El sol no se deja ver, pero la potencia de sus rayos rasgan las nubes y se proyectan sobre el mar erizado por el viento. Siento que sopla de levante y que, de golpe, abre las puertas de mi templo interior dejando salir a mi inspiración.
