Ceuta, 30 de noviembre de 2024.
Resulta extraña la sensación de calor que he sentido al llegar al mirador de Isabel II para contemplar el amanecer. Hoy es un día de calma chicha. El viento, antes de abandonar Ceuta, ha debido dejarnos esta masa de aire caliente, tan sorprendente para esta época del año en la que el frío tendría que ser la tónica dominante.
Esta ausencia de viento permite que llegue hasta este mirador todo tipo de sonidos. A las 8:00 h todos los cuarteles de la ciudad han interpretado al unísono el toque de diana acompañado por el canto de las madrugadoras aves. El telón de fondo era un cielo que empezaba a arder y a dorarse.

El sol ha emergido tras un filtro nebuloso de tonalidad cobriza que ha extendido este color por todo el panorama. Parecía que una copa de vino tinto se hubiera derramado y mezclado con la neblina.

Según ascendía el sol la niebla seguía descomponiendo los colores y los rayos del sol se proyectaban como potencias del mismo dios Helios. Su presencia ha convertido a la bahía de Ceuta en una lámina dorada tan bella como extraña.
Un cuarto de hora más tarde el sol se ocultó detrás de las nubes sin dejar de iluminar la superficie marina y descomponer su cegadora luz en haces radiales. El día iba mostrando su carácter y personalidad. En lo alto, nubes algodonosas permitían observar el cielo azul, mientras una densa masa nubosa se extendía por todo el paisaje circundante, incluyendo el Estrecho de Gibraltar.

El disfrute de la belleza del amanecer se contrapone a la indignación que siento por la actos de vandalismo e incivismo que son evidentes en el mirador de Isabel II. Han reventado el panel informativo sobre los espacios naturales de Ceuta y todo está lleno de basura. Para deshacerme de esta incómoda sensación de indignación me adentro por el “Sendero de los Helechos”. Las lluvias otoñales han cubierto de verde el bosque y humedecen el suelo pintándolo de color marrón oscuro.

Me siento pequeño e insignificante entre los altos pinos que unen el cielo y la tierra. En las hondonadas del sendero se concentra el aroma del bosque, mezcla de madera envejecida y el frescor de las hiedras. En mi recorrido me entretengo viendo y oliendo las flores abiertas de los conejillos. Cuelgan como diminutos faroles de color verdiblanco que atraen a las abejas. Un constante zumbido se escucha entre estas llamativas flores.

Los narcisos son de una belleza exquisita y una gran elegancia. Sus largos y estilizados tallos rematan en unas coquetas y pequeñas flores de pétalos inmaculados y una corona circular que contiene estambres dorados.

Las largas y dentadas hojas de las encinas llaman también mi atención. El poleo consigue igualmente no pasar desapercibido sirviéndose de sus atractivas flores violáceas y su agradable fragancia.

Al adentrarme por el sendero he sentido que algo no iba bien en el bosque. Entonces recibí un mensaje inquietante de los pinos “con palabras anteriores a las palabras”, como escribe Richard Power en la introducción a su afamada obra “El clamor de los bosques”.

Los pinos me decían que estaban enfermos y algunos de ellos muertos. Las ramas estaban inertes, desprovistas de hojas y piñas y presentaban una tonalidad apagada. Muchas de estas ramas habían sido extirpadas de manera violenta por el viento dejando mutilados a estos desdichados árboles.
Las aves pasaban de largo por esta zona del bosque en la que la muerte se ha extendido. Entendí entonces la razón por la que me habían hecho venir hasta allí. Era una desesperada llamada de auxilio pidiéndome ayuda. Necesitan que alguien sea su voz para llamar la atención sobre su dramática situación y para requerir los cuidados que necesitan para salvar la vida de los árboles que aún sobreviven. No guardo mucha esperanza de que las administraciones auxilien a estos bellos y longevos pinos. No obstante, venciendo a mi pesimismo, decido luchar por estos pinos. La opinión pública tiene que saber lo que está ocurriendo. Nuestro bosque se muere y no parece que a las autoridades les inquiete lo más mínimo.
Aguardo expectante a lo que el espíritu del bosque me transmita, durante el sueño, el camino que debo tomar para salvar a los pinos.

Prosigo mi camino y llego a mi destino: los dos centenarios quejigos que se conservan en Ceuta. Ambos representan a las figuras mitológicas de Filemón y Baucis, quienes fueron hospitalarios con los dioses y en agradecimiento éstos atendieron su petición de permanecer juntos en forma de grandes árboles que entrecruzan sus ramas en gesto de complicidad y amor eterno. Ojalá recibiera el mismo regalo y permaneciera unido a mi amada Silvia en un abrazo infinito disfrutando de la belleza de la naturaleza.

Este lugar me resulta muy acogedor. Me gusta sentarme en el hueco creado por las raíces de Filemón, apoyando mi espalda en su rugoso tronco para dejarme raptar por la musas. De ellas habla Ralph Waldo Emerson en una de las primeras entradas de su diario. A punto de cumplir diecinueve años escribió que la esperanza de alcanzar la sabiduría y la fama se basaba en “las elevadas comunicaciones que le concedían las musas celestes. Ellas hicieron de él, a veces, el órgano de sentimientos e impresiones valientes, muy superiores a mi estado del alma habitual”.
Yo tengo la misma sensación cuando escribió en la naturaleza. Me sorprenden los sentimientos, emociones y pensamientos que acuden a mi mente y de los que tomo nota en mis cuadernos. No sé de dónde proceden, pero tengo claro que no son míos. Yo sólo soy el receptor de una entidad superior, del Alma del Mundo y del espíritu de Ceuta.Tal y como escribió Emerson en su diario, “hay horas en la historia del que piensa en las que se convierte en receptáculo de pensamientos rarios y solemnes; instante en que, con gotas más gruesas, el universo espiritual se vierte sobre el alma”. Se preguntaba Emerson, “¿Por qué no contentarse con estos pensamientos y este estado de confiere su majestad a mi naturaleza, y no abandonar la ambición de brillar en las asambleas frívolas, donde los verdaderos objetos de mi ambición no son ni respetados ni conocidos?”.

En el camino de regreso hago una parada para fotografiar un retoño de alcornoque que está creciendo al amparo de su ancestro. Da la impresión de que las bellotas rodaron por sus ramas para depositarse al borde de camino y en la tierra removida cayeron para brotar y crecer.
En los alcornoques ya están naciendo nuevas hojas. Las de este año son tiernas y de color verde claro. La renovación de la vida es permanente y me alegro de ser testigo de ello.
