Ceuta, 23 de noviembre de 2024.
Al salir de casa me topé con un cielo estrellado y despejado. La luna en cuarto menguante estaba amparada bajo el esbelto cuerpo de Leo. No muy lejos, los gemelos Pólux y Cástor, cogidos de la mano, daban un paseo por el firmamento.
Cuando me asomé a la playa Hermosa me conmovió la belleza que captaron mis ojos. Entre los azules intensos del cielo nocturno y del mar en calma se abría una franja roja sobre el horizonte. Unas nubes deshilachadas en las cercanías del Monte Hacho mostraban un fuerte color rojizo.

Animado por esta imagen sentí una gran vitalidad, como si la energía cósmica hubiera penetrado en mi interior. Mi cuerpo se volvió ligero y llegué a pensar que si aceleraba el paso cogería el mismo vuelo que las aves que despertaban con sus melodiosos cantos.
Sin experimentar el más mínimo cansancio alcancé mi destino: el fuerte de la Palmera. Este es uno de mis lugares favoritos para contemplar el amanecer.

La franja rojiza que observé al asomarme a los acantilados del Sarchal tornó a naranja y se fue haciendo más ancha y luminosa. Las escasas nubes se mimetizaban con las tonalidades del alba y se reflejaban en un mar que parecía un cristal brillante. Esta mañana he apreciado una transparencia especial en el paisaje que se ha hecho más evidente al salir el sol rodeado por una aureola rubedo.

He sido testigo de un amanecer espléndido en el que el haz luminoso del sol avanzaba con rapidez hasta tocar la costa.
Hoy luce un día magnífico que devuelve a mi mente la idea recurrente de que los dioses se esmeraron a la hora de esculpir estos paisajes y decorarlos con todo tipo de detalles. El ser humano, en otros tiempos en los que aún estaba vivo el sentido de la belleza, contribuyeron a la conformación de los paisajes de Ceuta. Así abrieron caminos, como el de Ronda en el que me encuentro, o construyeron fortines integrados en el entorno, como los de la Palmera y el Desnarigado. La aniquilación de la sensibilidad estética es notoria en los edificaciones recientes que han impactado, de manera negativa, en el paisaje, como la construcción visible en la parte alta del Camino de Ronda. Se trata de un edificio deforme, mal diseñado y peor ejecutado con pegotones de cemento por todos lados. El terreno ha sido vallado sirviéndose de palets de madera. Por desgracia, este tipo de construcciones disonantes no son un caso aislado, sino que están extendidas por toda la ciudad y a las autoridades no parece preocuparle la propagación de la fealdad por todo el territorio ceutí. Necesitamos, más que nunca, cultivar el sentido y el aprecio de la belleza y que se reconozca en la naturaleza una obra divina que debemos cuidar, cultivar y, sobre todo, admirar con los ojos del corazón.

La resacralización de la naturaleza es una tarea urgente. Por ello, y como paso previo, tenemos que dirigir de nuevo la mirada hacia nuestro interior para tomar conciencia de lo que realmente somos: seres de luz encarnados en un cuerpo capaz de ver, escuchar, tocar y saborear los frutos de la naturaleza. Estos sentidos fueron diseñados para captar y apreciar la belleza que nos rodea y a expresarla en multitud de formas creativas: pintura, escultura, arquitectura y, en especial, la escritura. Esta última permite inmortalizar momentos cruciales de nuestra vida y esos instantes en los que determinadas emociones se apoderan de nuestra voluntad y nos conduce a planos de la realidad insólitos.

Cierro los ojos durante unos segundos para experimentar esa sensación tan agradable de sentirse integrado en una supraconciencia que en otros tiempos llamaron Anima Mundi o Alma del Mundo. En mi interior se abre una puerta por la que accedo a la inabarcable realidad a lo que todos, tarde o temprano, nos reintegramos.
Esta puerta a la eternidad está en cada uno de nosotros, pero también en determinados lugares como Ceuta. Puede que, como dijo Marie Louise Von Franz, estos lugares muestran una increíble correspondencia entre la geografía física y la geografía del alma. No tengo ninguna duda de que uno estos lugares es Ceuta, tal y como he espuesto en algunos de mis escritos, en en especial en mi libro “El Espíritu de Ceuta”. Me reafirmo en mi idea de que Ceuta es una santuario que contiene en su seno el manantial del agua de la vida custodiado por Sophia, la sabiduría divina. Ella no se muestra a cualquiera ni permite a todos que se acerquen hasta su presencia.
Los políticos se quejan, al igual que muchos ciudadanos, que es difícil llegar a Ceuta. Lo que desconocen es que algo intencionado por el espíritu de este lugar. Solo a determinadas personas, dotadas de sensibilidad y altura espiritual, se les facilita la llegada a Ceuta. Perciben su energía vital y su belleza, pero se van. Todo es un correr de aquí para allá, persiguiendo la fama, pero no permanecen aquí para aprender el lenguaje de este lugar, expresar su esencia y aprender lo que la naturaleza de Ceuta quiere enseñarnos sobre el sentido de la existencia.
Todo apunta a ese centro luminoso, que Carl Gustav Jung llamó el sí mismo, donde se preserva nuestro verdadero ser sutil oculto por la sombra e inaccesible por la gruesa membrana del ego formada por el miedo y el deseo. Miedo a morir y miedo a vivir; deseo de ser amado, admirado y de imponer nuestra voluntad a la de los demás.
La vida consciente es una lucha constante contra el ego, sus miedos y deseos. Procuro no escuchar los llamamientos del ego y atender los requerimientos de mi alma que me pide que actúe con desapego y que prosiga mi proceso de individuación, así como que me esfuerce en el cumplimiento de la misión para la que la naturaleza me ha creado, según se desvela en mis sueños.
