JOSÉ MANUEL PÉREZ RIVERA, ARQUEÓLOGO Y ESCRITOR
Museo Thyssen- Bornemisza

Ceuta, 24 de octubre de 2024.

Día muy nuboso y no tardará mucho en ser lluvioso. La temperatura ha bajado y sopla viento de levante. No entro en clase hasta tercera hora por lo que dispongo que tiempo para tomarme tranquilo un té y poner en orden mis ideas. Llevo varios días intentando descifrar la sucesión de sueños con unos rasgos comunes. El guion básico es la llegada a un hotel y la asignación de una habitación con un número que tiene que ver con el Evangelio de San Juan y el agua de la vida. En uno de los sueños llego a abrir una gruta tapiada con piedras que asocio a aquella de la isla de Patmos en la que San Juan tuvo las visiones del Apocalipsis.

En el primer sueño de la serie es una monja la que me entrega la llave de la habitación: la 737. A continuación, me acompaña al piso superior por una escalera en forma de espiral. Lo único que me pregunta es si llevo toalla.

El pasaje 7:37-38 de San Juan dice: “en el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz diciendo: “si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva”. Indudablemente, no se trata de sed física, sino de sed espiritual. Es el alma la que necesita, más que el cuerpo, el agua de la vida. Quién quita la sed es Jesús a través de su ejemplo y su palabra. Él personifica a Cristo, la arquetípica figura del ser que mantiene equilibrada las cuatro funciones de la psique: sensación, sentimiento, pensamiento e intuición.

En otro sueño me asignan la habitación 414, un número relacionado con el pasaje del encuentro de Jesús con la mujer samaritana. De esta segunda señal recuerdo poco, por lo que pocos días después se repitió de nuevo el mensaje amplificado. En esta ocasión, descubro la entrada a una antigua gruta en cuyo interior encuentro un cenobio rupestre que recuerda a la celda de San Juan en Patmos. Yo soy el encargado de documentarlo con arqueólogo.

 

 

En la siguiente parte del sueño llego de nuevo a un hotel. Mi mujer se queda en la habitación y yo subo a buscar la habitación de mis padres en la planta 4, habitación 14, es decir, la 414. Necesito mis zapatos, lo que puede interpretarse como una señal para iniciar el camino.

DUCCIO DI BUONINSEGNA Cristo y la samaritana

En el pasaje del encuentro de Jesús y la mujer samaritana se cuenta que Jesús se acercó al pozo de Jacob, un centro del mundo en el que brota el agua de la vida, como sucede en Ceuta. Jesús estaba cansado y tenía sed, pues era mediodía. Desde el punto de vista alegórico, ha alcanzado la mediana de su existencia y necesita encontrar el agua de la vida que lo revitalice y el aporte sabiduría. En ese momento aparece una mujer y es Jesús quién le pide que le dé agua. Él está solo. A la mujer samaritana le sorprende que una persona de otra tradición religiosa se acerque a ella, una pagana, para pedirle agua. En la conversación se transmite la idea de que ambos se necesitan, como acertadamente interpreta la analista junguiana Jocelyne Klasen en el estudio de este pasaje bíblico. Jesús le dice que él posee el agua que devuelve la vida. Esta es la relación que yo mantengo con la diosa. Yo necesitaba encontrarla para darle sentido a mi vida, pero ella me necesita a mí para restaurar su figura y restablecer su poder.

La diosa me dice que yo soy un manantial de agua, pero el acuífero está muy profundo y necesita un cubo para llegar a esta agua.

La diosa viene a decirle que no debe confundir el agua que sale de un pozo del agua de la vida. Así entiendo que el agua que encuentro en mi interior aliviará mi sed de sabiduría: “él que bebiera del agua que le daré será en él una fuente de agua que salté para la vida eterna”.

Se desprende de la conversación entre Jesús y la mujer samaritana que éste le pide que se una a él dejando sus creencias paganas para establecer un matrimonio sagrado entre el principio masculino y femenino y así alcanzar la coiunctionis. Es entonces cuando ella toma conciencia de que está frente al portador de la verdad y que necesita lo que Jesús le aporta.

A continuación, la mujer le dice a Jesús: “Señor, veo que eres un profeta. Nuestros padres adoraron en este monte y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar dónde se debe adorar”. La samaritana se refiere al monte Gazirim, sobre el cual los samaritanos habían construido un templo rival del de Jerusalén. Este templo fue destruido por Juen Hircano en 129.

En su respuesta Jesús dice: “creéme, mujer, que llega la hora en que, ni este monte, ni en Jerusalén adoraréis al padre”. Lo que viene a decir que el Axis Mundi, el punto central, el eje alrededor del cual todo gira está en todas partes. La idea expuesta en el Evangelio de San Juan responde a la definición de Dios como “una esfera inteligible (una esfera que conoce la mente, no los sentidos), cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna”. En opinión de Joseph Campbell, éste es el modo mitológico de ser un individuo. Eres la montaña central y la montaña central está en todas partes (J.Campbell, el poder del mito, p.126).

El centro del mundo está simbolizado por una montaña o un manantial, una fuente o una combinación de ambos. En el pasaje del encuentro de Jesús y la mujer samaritana, la manera de representar el centro del mundo es un pozo que alcanza la profundidad del inconsciente en la que se almacena la energía de la vida o agua viva.

El objetivo de la vida es, como proclama Jesús, “convertirse en una fuente que brota para vida eterna” (San Juan, 4:14) o una persona de cuyo “seno correrán ríos de agua viva” (7:37). Uno debe librarse del miedo y del deseo y volverse simplemente el punto del que proviene la fuerza vital. Tiene que haber un desprendimiento del deseo de ser apreciado y del miedo a ser rechazado. Lo único que debe moverte es la autorealización o avance en el proceso de individuación. Según Joseph Campbell, “lo que importa es dar (vida y sabiduría) y llegar a ser, y en ti tambiñen hay un punto generador de vida. Todos los mitos se ocupan de decirte eso” (J. Campbell, poder del mito, p.265).

Es significativo que Jesús le recriminara a la samaritana, como mujer pagana, que “adoren lo que no conocéis”, mientras que él y los suyos “adoramos lo que conocemos”. Tal y como dijo C.G.Jung, Dios es una experiencia y, por tanto, se le conoce a través del proceso de individuación. No es un ser externo que vive en el firmamento y resulta inalcanzable para el ser humano. Para reforzar esta idea, Jesús remarca “que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad” (22). El espíritu se manifiesta en el centro de nuestro ser, en el sí mismo. Dios habla desde dentro y desde fuera en forma de sincronicidad.

Al regresar los discípulos se sorprendieron de que estuviera hablando con una mujer. Es una manera de manifestar que el diálogo con el principio femenino era poco habitual por aquel entonces. Los discípulos le preguntaron a Jesús y había comido y su repuesta que se alimentaba al “llevar a cabo su obra”. En términos más profanos, esto equivale a cumplir con nuestro destino. Sucede, como explicó Jesús, que el segador, es decir, el que obtiene el beneficio de la cosecha no es el mismo que el sembrador. No obstante, éste se ve recompensado con un beneficio en la vida eterna. Para ilustrar esta idea dice Jesús el siguiente refrán de que uno es el sembrador y otro el segador: “yo os he enviado a segar donde vosotros no os habéis fatigado. Otros se fatigaron y vosotros os aprovecháis de su fatiga”.

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