JOSÉ MANUEL PÉREZ RIVERA, ARQUEÓLOGO Y ESCRITOR
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Ceuta, 15 de abril de 2023.

De vuelta a Ceuta tras las vacaciones de Semana Santa que hemos pasado en Granada, retomo mis paseos sabatinos por la naturaleza ceutí. Lo hago, como es habitual, contemplando el amanecer desde Punta Almina. Hoy sopla viento de poniente con su inherente frescor, hoy perfumado con la limonosa fragancia de los erguenes. Los primeros rayos solares se deslizan sobre la superficie del mar hasta llegar adonde me encuentro escribiendo. Siento una gran paz y sosgiego sentado sobre uno de los escalones de la escalera que conduce al fortín de Punta Almina.

Las páginas de mi cuaderno se vuelven doradas como si hubieran completado la transmutación alquímica. En verdad es toda la naturaleza, incluyéndome a mí, la que recupera la vitalidad y esplendor gracias a las irradaciones solares. Un nuevo día comienza al toque de diana que suena en la cercana fortaleza militar del Hacho. El mar se ha transformado en una lámina de pan de oro que envuelve la esfera terrestre, mientras que las plantas pasan a ser esmeraldas y el mar una joya de lapislazuli.

Tras presenciar el amanecer me he acercado al arroyo de San José. La vegetación es abundantísima y la mayoría de las plantas lucen sus flores de las más variadas tonalidades. Destacan entre ellas las grandes flores blancas de las calas. Todas perfuman el ambiente. Escucho una sinfonía compuesta por el canto de unas aves que, poco a poco, se acercan hasta el corazón del santuario. Tiene que pasar un rato hasta que se acostumbran a mi presencia.

De pronto, el viento hace acto de presencia, como si fuera el soplo del Espíritu Santo y siento que este lugar se llena de vida. Queda de fondo un murmullo que esconde la voz de la naturaleza que se hace cada vez más audible. Me rodea una perfume embriagador indicando que la divinidad está cerca. Mi cuerpo se vuelve transparente y mi mente se reintegra en la naturaleza circundante. La misma vida que siento en mi interior es la que cubre y penetra este lugar. Es el Alma del Mundo la que percibo en este sitio mágico y sagrado.

 

Los pájaros se agitan cuando los rayos del sol penetran en el santuario. Reciben al sol con una alegría que nosotros hemos olvidado, demasiado ocupados en nuestros quehaceres diarios. Yo me contagio de la alegría de las aves y me sumo, como un espectador más, a este fascinante espectáculo de luces y sombras.

La luz rodea la hornacina de la Virgen que permanece en la penumbra.

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