JOSÉ MANUEL PÉREZ RIVERA, ARQUEÓLOGO Y ESCRITOR
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Ceuta, 21 de noviembre de 2025.

Desde hace una semana percibo una luz más intensa en Ceuta. Es habitual que en noviembre domine el viento de poniente, que despeja el cielo de nubes y permite que penetre en el Estrecho la despejada luz del amplio océano Atlántico. No obstante, hay algo misterioso en la luz de estos días. Es una luminosidad distinta, que coincide con una mayor claridad en mi pensamiento.

El perfil de la costa europea del Estrecho es marcado y nítido, como si estuviera repasado el contorno con los pinceles de los dioses. Estos siempre son caprichosos, marcando sus trazos coloridos y luminosos de manera artística. En este atardecer han dibujado unas líneas oblicuas que nacen de la espalda del Yebel Musa y se extienden sobre la sierra del Haus, adquiriendo una intensidad tonalidad rojiza que se apaga lentamente, como las ascuas de una hoguera antes del amanecer.

La noche tenía prisa en tomarle el relevo al día. Su llegada viene acompañada del frío invernal. A diferencia de otros años, ha regresado de forma lenta y discreta.

Al caer la noche comienzan a iluminarse los astros. La primera en dejarse ver en Vega, en la vertical del canal del Estrecho. Por encima de ella observo la constelación del Cisne, con su estilizado y alargado cuerpo.

De la bahía de Algeciras emergen la Osa Mayor y, por encima de ella, la Osa Menor, a la que sigo para localizar a la estrella polar. Me siento como un navegante de la antigüedad orientándome siguiendo las estrellas. En la parte oscura del firmamento destaca Casiopea, que sirve de escudo a Perseo. Pronto dará caza a la temible Medusa que tiene su guarida en las profundidades de Calpe.

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