Ceuta, 6 de diciembre de 2025.
Después de contemplar el amanecer desde el mirador de Santo Matoso, me he acercado al santuario de San José, al que hace tiempo no visitaba. Da la impresión de que alguien se ha preocupado de abrir de nuevo el camino que conduce al manantial que brota en el arroyo.
Llama mi atención el silencio que inunda este lugar, que hace más perceptible el revoloteo de las aves y sus cantos. La sensación de vitalidad y paz es muy elevada en este apartado lugar de la naturaleza de Ceuta.

La alberca mantiene algo del agua de las últimas lluvias y así atrae a todas las aves del entorno. Yo me he traído mi ejemplar del libro “Catafalco. Carl Gustav Jung y el fin de la humanidad” de Peter Kingsley (Atalanta, 2025). Aquí sentado me he puesto a releer los párrafos que me resultaron más sobresalientes. En uno de ellos, Kingsley llama la atención sobre el hecho de que para C.G.Jung la fuente más importante de las ideas que plasmó en su abundante producción bibliográfica fueron sus sueños y visiones. Muchos de estos pensamientos le llegaron en su torre de Bollingen. A este respecto, Kingsley escribe que “lo que muchos pensadores no llegan a entender es que, para ciertos individuos, tener un lugar en la naturaleza alejado de las implacables presiones del maravilloso mundo moderno constituye un punto de referencia esencial de la realidad y la salida mental dentro de nuestro Disneyland psíquico colectivo” (p.108).
Kingsley confirma en su obra lo que yo descubrí hace tiempo estudiando la leyenda del al-Khidr: que “el secreto de la individuación consiste en que el único camino para descubrir el Grial es siendo el Grial, es decir, transformarte en manantial de agua de la vida” (p.115).

La pregunta clave que se le plantea al buscador del Grial es: ¿A quién sirve el Grial? La respuesta es a Dios. Dice Kingsley que “la verdadera espiritualidad consiste en encontrar el camino de regreso al paisaje sagrado, por muy terrible que sea su desolación y abandono, el cual quedó por alguna razón perdido y olvidado dentro de nosotros” (p.134).
Entiendo a la perfección lo que quiere decir Kingsley. La idea es que el espacio sagrado no podrá reconstruirse, si no lo hace primero en nuestro mundo interior. Es imaginarlo primero en el mundo de adentro, para luego proyectarlo al exterior mediante nuestra escritura, al menos en mi caso. Al hacerlo, nos convertimos en caballeros del Grial y guardianes del templo. Se trata de una labor que tenemos que hacer avanzando entre el miedo y el deseo, sin sucumbir a ninguno de ellos.
Un pasaje del libro “Catafalco”, que ha resonado con especial fuerza en mi alma, es cuando Kingsley escribe que mientras redactaba su obra “tuvo la sensación de que excavaba en las profundidades del inconsciente y se veía impelido a describir y consignar lo que encontraba mientras escarbaba el fondo del inconsciente”. Dicho de otro modo, estaba practicando una excavación arqueológica en el alma. No deja de ser una indudable sincronía que el segundo de mis libros se titule “Arqueología del alma”. Mi vida, de alguna manera, ha seguido el camino inverso al de Carl Gustav Jung. Tal y como cuenta en su biografía, “recuerdos, sueños y pensamientos”, su primera vocación fue la de la arqueología, pero un sueño le indicó que debía tomar el camino de las ciencias naturales que le llevarían a la psiquiatría. Jung nunca dejó de interesarse por la arqueología y la mitología. En mi caso, tuve claro que quería ser arqueólogo, pero siempre me ha interesado la psicología y quedé fascinado cuando leí, por primera vez, los trabajos de Jung.
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A Peter Kingsley también le interesa mucho la arqueología. En la segunda parte de “Catafalco”, titulada “El camino del ocaso”, comienza narrando el sueño que experimentó en el yacimiento arqueológico de Velia, la ciudad natal de Parménides. Fue un episodio onírico muy profundo en el que asistió a la destrucción de un bosque que le llevaba a llorar y aullar como un lobo de pena por la tala salvaje de los árboles. Cuando despertó supo que le había hablado en su sueño era “el espíritu del lugar”. Lo que le había comunicado era que, en cuanto perdemos el paisaje sagrado interior que existe en nosotros, perdemos también, de manera automática, el de la sacralidad a nuestro alrededor. Todas las catástrofes medioambientales exteriores, concluye Kingsley, provienen de la destrucción de nuestro paisaje interior, poblado de árboles y fuentes sagradas. En este sentido, Kingsley afirma que “Jung, como portavoz del desconocido espíritu de las profundidades, se erigió en la encarnación viva de Jadir, señalando de nuevo a todos el camino de regreso a la fuente de la vida”. Allí nos aguarda Sophia aeterna.

Yo he tenido la suerte de nacer en el lugar que diversas fuentes árabes del periodo medieval ubicaron la fuente del agua de la vida en la que se produjo el encuentro entre Jadir y Musa. No acabó aquí mi buena fortuna. En el año 2015 encontré la prueba de una intuición previa en la que se manifestó que Ceuta era una gruta sagrada en la que se rindió culto a la Gran Diosa. La gruta apareció y en ella se depositó un talismán con la imagen de la gran diosa en posición oferente y dando luz a una flor. Este talismán responde a la tradición de los terma (Tibet). Se trata, según explica Peter Kingsley, de tesoros espirituales que se entierran y olvidan durante los periodos más oscuros para que alguien los desentierre, o se revelan espontáneamente por sí solos, cuando llegue la hora (p.318).

